medio siglo en la era del aspiracionismo individualista

 


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Douglas Milsome, Stanley Kubrick, y Ryan O’Neal, durante la filmación

de Barry Lyndon en 1973. Imagen: JohnBleasdale.com

En 2025, “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick celebró su 50 aniversario. El cineasta neoyorkino la filmó entre 1973 y 1974, durante su auto-exilio temporal en Irlanda, al que llevó a toda su familia, dado que tras ‘Una naranja mecánica’ (1971), había recibido amenazas de muerte, así como se habían registrado una serie de incidentes de violencia en Inglaterra involucrando jóvenes, y no faltaron los grupos conservadores que culparon a Kubrick de haberlos ocasionado con su obra, infundios que suelen hacerse contra el arte que se adentra a retratar los aspectos más deshumanizados de la psique y la conducta humana, tanto en las sociedades como en los entes gubernamentales e institucionales. La realidad es que el mundo siempre fue asaltado por sorpresa y nunca estuvo preparado para observar –y auto observarse- con cada ocasión en que Kubrick presentaba su imprescindible y para muchos incómodo trabajo, adelantado para aquellos años, y en muchos aspectos ciertamente también adelantado para esta era de cine estéril que juega a la segura y que nuevamente ha eliminado en la mayor parte de las grandes producciones toda noción de riesgo, controversia real, o desafío temático trascendente.

Kubrick había intentado hacer una película sobre Napoleón, pero después de años de preparación, el financiamiento colapsó. Cuando decidió entonces adaptar Barry Lyndon, ésta era una obra aún muy poco conocida. William Makepeace Thackeray publicó en 1844 la novela bajo el nombre “La suerte de Barry Lyndon”, que fue re-publicada en 1856 en una versión revisada por el autor y re-titulada “Las memorias de Barry Lyndon, Esq.

El crítico francés Michel Ciment señaló paralelismos con la historia de Napoleón, particularmente su ascenso y caída, ya que la historia de Barry Lyndon “puede condensarse de manera que refleja la del mismo Napoleón, tratándose en ambos casos de un joven isleño que ansiaba poder, atravesó océanos, luchó en una guerra continental, ascendió en la sociedad y, ya derrotado, regresó a su isla.

Guardadas las distancias de dimensión y relevancia histórica, los paralelismos existen no sólo entre el personaje ficticio de la isla de Irlanda creado por Makepeace Thackeray y el histórico emperador oriundo de la isla de Córcega, sino que Barry Lyndon como personaje es también una representación vigente del hoy día omnipresente estereotipo -tan en boga en occidente-, del aspiracionista libertario, el individualista que busca avanzar en sus ambiciones económicas y de estatus sin importar las maneras en que colateralmente afecte a las personas que conoce en su camino hacia “triunfar”; el narcisista que aspira a consolidarse como “self-made man”, que elige el modo de vida donde cada quién juega sólo para sí mismo y operando siempre el “sálvese quien pueda”.

Tan es ese el ethos en que Kubrick sumerge al espectador, que durante las tres horas que dura la película la generosidad es un elemento casi completamente ausente en los personajes, y en los escasos momentos en los que ésta sí es demostrada, el protagonista halla oportunidad de abusar de quien le ofrece techo, comida, o ayuda, para su propio avance o placer. Lo mismo ocurre con la ausencia de momentos de felicidad real, de los cuales Kubrick, casi timando, pareciera anunciar en varias ocasiones, valiéndose del carácter idílico de los suntuosos escenarios y la música, posibles momentos de gracia, pero tales avisos de encuentros de auténtica felicidad, entre Barry y su prima por ejemplo, terminan siempre más bien siendo espejismos y meros anhelos nunca realizados, especialmente durante la primer mitad de la historia, en la que el personaje titular aún es presentado con un grado de ingenuidad optimista hacia la pasión romántica que llega a veces a recordar al joven Werther de la obra de J.W. Goethe. La verdadera satisfacción o gracia siempre escapan, como la zanahoria que es siempre perseguida con entusiasmo enervante pero sin jamás alcanzarse, y cuando esta parece por fin ser asida, acontece la catástrofe.

Esa es la extraordinaria paradoja que logró Kubrick con Barry Lyndon, la de hacernos seguir durante tres horas las andanzas de un mezquino y muy a menudo mustio protagonista, libertino y constantemente mendaz, cuyo único propósito es escalar socialmente y obtener posición y riqueza, seduciendo e incluso usurpando una familia aristocrática entera y un título, para posteriormente regodearse en aún más libertinaje y crueldad. Aún así, contradictoriamente la película resulta irresistible en su belleza. Es esa la gran hazaña de Kubrick: evidenciar –como no lo había osado hacer el cine hasta entonces- el absurdo de que lo más mezquino y egoísta de las sociedades occidentales ha sido históricamente también lo más embelesado; lo más podrido de las ambiciones se encuentra dentro de lo más ricamente ataviado y presentado, y es así que el siglo XVIII recreado en la película es una serie de cuadros vivientes con un magistral uso de la luz y la composición, habiendo tomado Kubrick y el cinefotógrafo John Alcott como referencia la plástica de Hogarth, Gainsborough, o Rembrandt, acompañados por obras de Haendel, Mozart, y Schubert.

Lo suntuoso y lo sublime se presentan como fútil enmascaramiento de la serie de demostraciones de carencia ética del trágico protagonista, quien, como se ha expuesto, sin duda también es avatar del actual estereotipo del aspiracionista libertario que suscribe a ideas de anarcocapitalismo y completa falta de empatía, escrúpulos, o sentido social, representado hoy día en occidente por líderes que exhortan justamente como supuestos valores la aspiración de estatus personal por encima del bienestar social, la validación de cualquier medio –legítimo o no- para conseguir lo que se busca, lo cual vemos en las presentes tendencias Trumpistas/Mileistas de desregular absolutamente cualquier mecanismo de control de estado para favorecer más bien la hedonista persecución de metas económicas individuales. La persona por encima del colectivo, el capital económico y simbólico por encima del prójimo.

En el personaje de Barry Lyndon no hay lealtad hacia patria o bandera alguna, sino sólo al avance y satisfacción de sí mismo, tal como en la doctrina “libertaria” de nuestro presente, que desdeñosamente empuja el deterioro de los estados-nación para favorecer al capital como único estandarte. El apátrida Barry salta de servir primero al ejército británico, robando un caballo de un par de sus propios compañeros distraídos para poder desertar y luego ataviarse del azul de la armada prusiana, todo para lograr desplazarse geográficamente usando distintos ejércitos y banderas como meros vehículos para no dejar de obtener mayores ingresos. Deserta nuevamente, se involucra ambiciosamente en el juego (otra faceta favorita de la ultraderecha libertaria actual y su obsesión por los casinos y las ‘criptomonedas’) con otro compatriota suyo de mayor edad, también un irlandés libertino y prófugo, interpretado magistralmente por Patrick Magee, en un papel muy contrastante al escritor activista que interpretó en Una naranja mecánica, ahí atormentado por la irreversible violencia que él y su esposa sufren a manos de Alex DeLarge –otro de los varios oscuros protagonistas estudiados en la obra de Kubrick.

En Barry Lyndon, al final, como también se evidencia con los actuales promotores mundiales de la ultraderecha más exacerbada e individualista, el anarco-libertario se termina destruyendo a sí mismo y ante el juicio de la sociedad que atestigua su decadencia. La destrucción de la familia, patrimonio, y título que Barry Lyndon usurpa en la segunda mitad de la historia se convierte pronto en su propia condena.

En la auto-destrucción del protagonista narcisista, tanto Makepeace Thackeray como Stanley Kubrick indudablemente acertaron en la disección de la psicología mezquina y el inescapable destino del personaje que da título a la obra. Sin embargo, resulta una gran incógnita si alguna vez el novelista o el cineasta pudieron anticipar o imaginar la magnitud omnipresente que la doctrina del individualismo más abyecto ha llegado a tener en nuestros días a nivel global, definiendo victorias de corrientes políticas y líderes mundiales.

En 2025 Barry Lyndon fue restaurada y presentada en Cannes, y la colección Criterion ha editado una impresionante versión en resolución 4K y alto rango dinámico, enriqueciendo y devolviendo a la obra una riqueza y color que quizá sólo pudo apreciarse cuando fue originalmente estrenada en 1975, y que ciertamente merece revisitarse, dada su vigencia, relevancia, y mensaje precautorio hoy en un mundo de recrudecida aspiración individualista.

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Ryan O’Neal y Marisa Berenson, Barry Lyndon (1975)

Fotograma: IMDb

Horacio Socolovsky Aguilera