

Primera parte: La visión externa – La condena.
Entre las muchas formas de mirar un territorio, hay una que llega desde fuera y otra que nace desde dentro. Ambas construyen imágenes, ambas producen escritura. Pero mientras una se posa sobre la superficie y traduce lo que ve en clave propia, la otra crece desde la experiencia directa, cotidiana, en contacto con lo mínimo: el olor de la bugambilia seca, el zumbido de los insectos, la forma en que un venado se borra del monte.
La poesía en Morelos tiene una raíz profunda, mucho antes de que llegaran las crónicas ilustradas de viajeros europeos o las novelas de escritores de paso. Pero la mirada externa —quizá más visible, más reproducida, más citada— también dejó marcas que vale la pena revisar. Sobre todo, porque esa mirada ayudó a forjar una idea doble del paisaje: por un lado, un paraíso natural y sensual; por otro, un infierno existencial.
Alexander von Humboldt encarna la primera. En sus descripciones de Cuernavaca —la antigua Cuauhnáhuac— aparece una naturaleza ordenada, fértil, luminosa. Habla del “clima más delicioso”, de la posibilidad de cultivar frutales europeos, del encanto geográfico de la “Tierra Templada”. Incluso cuando se refiere a Xochicalco, lo hace desde una admiración científica: la colina aislada no es un sitio misterioso, sino una joya topográfica. El paisaje, en su escritura, es comprensible, útil, disponible. La flora se nombra, se clasifica. La fauna apenas si se insinúa. Nada amenaza. Todo está en su lugar. Habla de una eterna primavera, un Edén en la tierra.
El contraste es brutal con Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Allí, la misma ciudad aparece como un umbral entre dos mundos en ruina. El cónsul Geoffrey Firmin deambula ebrio por calles donde los fresnos son nidos de chillidos mecánicos, los zopilotes vuelan como insectos deformes, y los volcanes miran todo desde su mutismo arcaico. El paisaje no da tregua: es un escenario de juicio y condena. No hay armonía entre el hombre y la naturaleza, sino una espera oscura, como si cada criatura —aves, árboles, piedras— supiera algo que el protagonista ignora. Lowry construye un infierno tropical donde la vegetación está enferma y la fauna no consuela: acecha.
Entre Humboldt y Lowry, Alfonso Reyes ofrece una tercera entrada. En sus sonetos dedicados a Cuernavaca, la ciudad es descanso, retiro, pausa. No hay abismos ni paraísos: sólo la posibilidad de un respiro. Describe “tibieza vegetal”, el canto de una urraca, una nube que se desplaza. El paisaje ya no es una amenaza ni un espectáculo, sino un ritmo distinto al de la ciudad. Reyes no necesita condenar ni idealizar: le basta con detenerse un momento y dejar que el cuerpo respire.

Estas tres voces representan un tipo de mirada que, aunque foránea, ha contribuido a definir la imagen pública del estado. No porque hayan sido las primeras en hablar —ya había cantos, códices, nombres antiguos—, sino porque sus textos circularon con fuerza, ocuparon espacio, se volvieron referentes. La “eterna primavera”, los zopilotes, el clima amable o denso: todos son fragmentos de esa mirada externa que ha traducido el territorio a su modo.
Sin embargo, Morelos no se resume en esa visión. En los textos escritos desde dentro en la contemporaneidad —en los poemas que nacerán de otra relación con la tierra, más íntima, más comprometida o también de anhelo y distancia—, los animalitos y las florecitas abandonan su calidad de decorado y se convierten en metáforas de lo que significa habitar este lugar. En la próxima entrega de esta columna, revisaremos algunos poemas de escritores que han ahondado en el paisaje, la flora y fauna de esta ciudad.

