

Los jinetes del Apocalipsis cabalgan libres y tendidos sobre la faz de la Tierra. Nadie parece querer detenerlos y los dejan hacer de las suyas. Netanyahu, Trump y sus corifeos, gobernantes de varios países, se perfilan en este espectro mortal suponiendo que las fatalidades que siembran no los tocarán y los dejarán invulnerables e incólumes.
La lista es larga. Meloni en Italia, que desdice toda conducta libertaria de las féminas que han sacrificado su existencia en favor de los más necesitados. Viktor Orban de Hungría cuyo poder se reafirma frente a un pueblo que parece no querer tomar su destino en sus manos aun después de haber padecido tantas calamidades. Los gobernantes de Alemania e Inglaterra quienes, con absolutas sinrazones, niegan el reconocimiento a Palestina como Estado libre y soberano, haciéndose cómplices del genocidio, del exterminio de todo un pueblo.
Y la Francia que duele por tantas intensas experiencias vividas que la destacaban como una sociedad crítica e independiente y que hacía gala de su profundidad de pensamiento. Cómo se extraña a Simone de Beauvoir y a Jean Paul Sartre; a Gramsci, a Bertrand Russell…a Herbert Marcuse, a Günter Grass que exclamaba: “La sociedad necesita de una Literatura que se inmiscuya en el discurso cotidiano, que exponga sin piedad las fechorías de los poderosos y muestre a los jóvenes los límites de las Utopías radicales. Siempre hace falta un Arte que, como Oskar con su Tambor, despierte a las conciencias adormecidas”.
Esta es la Europa actual sometida a los intereses del Imperialismo yanqui, calculadora de mezquindades que le impiden no solo romper sino castigar con dureza al gobierno criminal y perverso de Israel aceptando que los dineros son siempre más importantes que las vidas humanas. Lea esto que dijo un tal SMOTRICH, ministro de finanzas de Netanyahu: “Nadie en el mundo nos permitirá matar de hambre a 2 millones de personas, aunque sea legítimo y moral (¡!)”. Ahora indígnese, por lo menos.
Aquí en nuestra América pululan gobernantes que justifican y hasta promueven las injusticias. Milei, de Argentina es un vivo ejemplo, su trastorno le conduce a la abyección y a la ignominia. Noboa, de Ecuador instalado fraudulentamente, se doblega al imperialismo con alegría lacayuna. La Sra. Dina, del Perú mantiene al presidente legítimo en la cárcel castigando su atrevimiento de querer gobernar a su pueblo con toda legitimidad. Bukele, de El Salvador, hace negocio maltratando ciudadanos de países hermanos en sus cárceles, en obediencia a Trump, su amo y señor, es su perro guardián.
Los grupos y partidos de la recalcitrante Derecha no soportan a los presidentes de Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, Venezuela, Cuba ni a la Presidenta de México. Difunden, en todo tiempo y lugar, y por todos los medios, la mentira, la calumnia, la falsedad con absoluta desvergüenza y descaro. Después, se confiesan, van a misa y comulgan, se dan golpes de pecho, recitan plegarias y letanías, se encomiendan a todos los santos y rezan rosarios juntando sus castas y libidinosas manitas.

Esta es la máxima del filósofo griego Epicuro: «Vana es la palabra del filósofo que no sirva para curar algún sufrimiento de los seres humanos»… en plena sintonía con las palabras del profeta Oseas puestas por el Evangelio de Mateo en boca de Jesús: “Misericordia [compasión] quiero, no sacrificios”.
Bien podría repetir la afirmación que le hiciera Herbert Marcuse a Jürgen Habermas cuando se encontraba en el hospital unos días antes de su muerte: “¿Sabes, Jürgen? Ahora sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales; en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los demás”.
Y Sócrates: “El mal uso del lenguaje induce el mal en el alma”. No estaba hablando de gramática. Hacer un mal uso del lenguaje es utilizarlo como lo hacen los políticos y los anunciantes, con fines de lucro, sin asumir responsabilidad por su significado.
El lenguaje utilizado como medio para conseguir poder o ganar dinero sale mal: miente. Pero… El lenguaje utilizado como fin en sí mismo, para cantar un poema o contar una historia, va hacia la verdad. Debe importarnos el significado de las palabras, lo que dicen y cómo lo dicen.
Las palabras son nuestro camino hacia la verdad y la libertad, y por eso deben usarse con cuidado, pensamiento, miedo y deleite. Usándolas bien se fortalecen las almas. Los narradores y poetas se pasan la vida aprendiendo esa habilidad y el arte de utilizarlas bien. Y sus palabras hacen que las almas de sus lectores sean más fuertes, más brillantes y más profundas». Ursula K. Le Guin.
Por todo ello, decía Albert Camus: “La función de los Intelectuales es la explicación de las palabras a fin de moderar las mentes y de calmar los fanatismos”.

