

Réquiem por Milo II
Hace unas semanas escribí sobre la enfermedad de Milo, el perro que me acompañó por más de 15 años. El pasado domingo 10 de noviembre, finalmente falleció. Murió en mis brazos, rodeado de otros seres que lo amaban también. El sábado se acostó en un rincón fresco de la casa, sobre una cobija que le gustaba porque olía a mí. Apolo, se acostó a su lado y les tomé una fotografía. En la mañana, Milo seguía en la misma posición. Le serví de comer, pero estaba tan plácidamente dormido, que no quise molestarlo. Me preparé café y regué las plantas, también alimenté a Apolo. Después me acerqué a ver a Milo y noté que se había orinado. Lo limpié lo mejor que pude y escuché su respiración muy pausada. Lo acaricié y se agitó; alzó su cabeza, como queriendo incorporarse, pero sus patas no reaccionaron. Noté que ya no veía nada pero olió mi mano y su respiración volvió a la calma. Le escribí a mi papá y le dije que Milo se estaba yendo.
Milo llegó a nosotros como un regalo. Don George, se lo llevó a mi papá. Ojalá tuviera una fotografía de él de cachorro. Era un solecito inquieto, imparable. Lo primero que llamaba la atención era el tamaño de su cabeza, muy grande con respecto a su cuerpo, aunque sus patas también eran regordetas. Era como si hubieran ensamblado la cabeza de un Golden Retriever sobre el cuerpo de un Cocker. Hay una forma de amar a los perros tan contundente e inmediata, sólo basta verlos a los ojos, acariciarlos y sentir su lengua sobre el rostro. Eso es todo. No hace falta nada más.
En casa de mi madre tenemos un cementerio de mascotas. Ahí hemos enterrado a muchos de los animales que nos han acompañado y que se han convertido en nutrientes para los árboles de cítricos: pericos, hamsters, un linaje de perros Norwegian elkhound y luego una legión de perros salchichas. Ahí está Triga, que murió cuando yo estaba lejos, en el bosque, también Flo, que murió agonizando en mis brazos y Raisa, la perra que tuvo rabia y prefirió azotarse antes que atacarme; ahí está Olsen, el perro más miedoso del mundo, Figo, el perro que mi mamá tuvo que robar para rescatar de maltratos, Pucca, que le regalé a mi hermana en una caja de cumpleaños, Merlina, Vaquita, Watso. No se vuelve más fácil. Cada animal deja una huella imborrable. Cuando la casa estaba llena de perritos, jugaba a cerrar los ojos y a escuchar las pisadas en el mosaico y podía adivinar quién era por el simple sonido de sus patitas.
Cargué a Milo y lo envolví en su cobija favorita. No se resistió, ni se agitó. Lo abracé todo el camino. Abracé su olor fétido y su pelaje mojado con orina, también lo amé así, con lagañas y cataratas en los ojos, con su tumor inmenso y sus uñas largas. Me sentí tan dichoso de poder estar a su lado, como él lo había hecho conmigo tantas veces. Si hubiera podido hablar, contaría todas mis pérdidas y lutos, mis peores momentos, en los que de su parte sólo recibí una sonrisa canina, un meneado de cola, un gesto de absoluta comprensión y ternura.
En una mesa fría de una veterinaria en Jiutepec estaba la última porción física de Milo frente a mí. Con pocos seres he compartido tanto tiempo, tanta cotidianidad, como con él. En su pelaje, rubio y brilloso en otras épocas, se reflejaba mi adolescencia, mis primeros noviazgos, cinco casas que habitamos juntos, amigos que iban y venían y bailes que compartió con nosotros, de madrugada, todos borrachos aplaudiéndole mientras se regocijaba con nuestra estupidez, mis novias lo quisieron más a él y si volvían era para verlo e intentar robarlo, siempre hacía sentir bienvenidas a las visitas y fue un perro que tuvo amigos de todas las especies, niños, gatos, patos, perros, fantasmas. Era amigable y generoso. Y en esa mesa fría de una veterinaria en Jiutepec, puse mi mano en su pecho y sentí el momento preciso en el que su corazón dejó de latir y una parte de mí se fue con él para siempre.



