De frente al plato hay dos huevos estrellados, un par de salchichas de mala calidad, pan blanco tostado, un jugo de naranja ultraprocesado y un poco de pan dulce. Desayuno continental de basura. Y, sin embargo, qué bien me sabe. 

Qué bien me sabe estar en el Sunbay, en Barbados. 

El hotel será, con suerte, de tres estrellas. La mujer del mostrador tiene la cara de quien odia su vida desde hace muchos años. Pero para mí esto ya roza el milagro: una habitación sencilla, terraza con vista a la alberca, y más allá una hilera de palmeras que se recortan contra el sol cuando empieza a caer. 

¿Qué más podría pedirle yo a la vida? 

En unos minutos nos recogerán a todos los que trabajamos en el mar. Tripulantes, marineros, gente de sal. 

En el camión un hombre me reconoce por mi guitarra. 

—¿Músico? 
—Sí. 
—Vaya, hermano. Yo también me uno a la banda mañana. Soy pianista. Mi nombre es Sasha. 
—Un gusto, Sasha. De Ucrania. Yo Andrés, de México. O Andy, como quieras. 
—¿Dónde vives? 
—Ahora en Niza, Francia. Ya sabes… la guerra. 
—Entiendo, hermano. La vamos a pasar bien. 
—A la mierda eso. 
—Sí, a la mierda. 

Sasha es un pianista extraordinario. Educación formal desde los cinco años. Eso significa más de veinticinco años golpeando teclas. Una vida. 

Me causa un poco de bronca preguntarle su historia. Siempre puede ser un tema sensible. En otras ocasiones amigos ucranianos me han contado el horror de la guerra. Con mi internet limitado abro las redes sociales y hay otra guerra desatándose en México: la bronca del narco, toques de queda, la gente con miedo. 

En México siempre se anda con un poco de miedo. Nunca sabes qué día una bala decide que tu pecho es su destino. Es así. 

Pasan los días que el mar va arrastrando. Hay miedo entre los pasajeros de bajar en México. Hablé con Cinthya, camarera del No Name Bar, en Cozumel. 

—Mira, mataron a este tipo —me dice—, y las ventas se vinieron abajo. La gente de los barcos tiene miedo de bajar a México, y es nuestra mayor entrada. Tú eres nacional, tú sabes cómo es. 

—Sí —le digo—, lamentablemente sé cómo es. 

A la mañana siguiente me entero de otra guerra en otro continente. Otra lluvia de pólvora. Hay tripulantes que no pueden ser repatriados por el conflicto y quedan atrapados en el barco, suspendidos en alta mar hasta nuevo aviso. 

Todo esto ocurre mientras yo preparo el show de la noche. 

Me pregunto, con una mezcla de cansancio y desconcierto: 
¿qué mierda de mundo es este? 

El futuro ya no es una promesa, sino una moneda al aire. Me pregunto si realmente estamos en una época en que ser optimista es una actitud razonable. Yo no lo sé. 

Todo ello: Sasha, la gente sin poder volver a casa, el miedo en México, los feminicidios, la bala que tiene mi nombre. 

Acabo tan cansado de tocar el show que me duele hasta el paladar. Me voy a la cama y escucho un poco de música antes de tocar la inconsciencia. Una música bellísima de Miguel Buenrostro, inspirada en un poema de Nezahualcóyotl. 

Al menos dejemos flores, pienso. 

Qué necesario es al menos dejar un poco de flores. Si hemos de irnos —que así será— en medio del horror, que de algo sirva nuestro canto, que el piano de Sasha dure toda una vida. Que sea una manera de no herir. 

Al menos dejemos flores. Al menos dejemos cantos. 

Mañana será otro día. 

Foto: Didgeman/ pixabay.com
Andrés Uribe Carvajal