
Netanyahu lleva treinta y tres años construyendo el caso para atacar Irán. Desde 1992, cuando advirtió ante el Knesset que Irán estaba a “tres a cinco años” de una bomba, dio discursos ante el Congreso americano, ante la ONU, y empujó a Trump a destruir el JCPOA en 2018.
También cabe señalar que Netanyahu enfrenta en este momento la peor crisis política de su carrera. El 72.5% de los israelíes cree que debe aceptar responsabilidad por el 7 de octubre y renunciar. Su coalición no alcanza los escaños para gobernar. Lleva seis años en juicio por corrupción. Y bloqueó la comisión de investigación que tres cuartas partes de su país exige. La coincidencia entre esa crisis y la operación en irán no puede ser accidental.
Lo que no tiene fundamento es la versión que circula en la opinión popular incluso entre los votantes de Trump: que Estados Unidos no tiene intereses propios en esta guerra. Que Washington es simplemente el instrumento militar de Jerusalén. Que la política exterior americana en el Medio Oriente se explica, en última instancia, por el poder de “el lobby israelí” sobre los políticos americanos.
Esa narrativa tiene un problema factual y tiene un problema moral.
El problema factual: Estados Unidos lleva intentando resolver el problema nuclear iraní desde antes de que Netanyahu fuera primer ministro. La arquitectura de sanciones, la doctrina de contención, los acuerdos y su colapso, todo eso precede y excede a Netanyahu. Marco Rubio tiene sus propias convicciones sobre Irán, sobre Cuba, sobre Venezuela, sobre el orden que quiere en occidente. Trump tiene sus propias razones para querer una victoria espectacular: la narrativa del hombre de acción, el legado, la demostración de que la presión funciona. Esa ansiedad no viene de Jerusalén. Viene de Mar-a-Lago.
La teoría del títere requiere ignorar todo esto. Requiere borrar la agencia de cuarenta años de política exterior americana, del neoconservadurismo como corriente intelectual autónoma, de los intereses petroleros y estratégicos americanos en el Golfo Pérsico, de la rivalidad con Irán que data de 1979 y que tiene causas propias. Requiere que una cantidad enorme de actores americanos, con historiales, carreras e ideologías distintas, estén todos subordinados a una sola voluntad extranjera.

Eso no es análisis. Es apuntar a quien ya consideras el enemigo y echarle la culpa por el problema más nuevo de tu existencia.
El problema moral es uno del que ya he hablado cuando se trata de criticar a Israel y probablemente moriré repitiéndolo.
La idea de que existe una red de poder judío capaz de doblar la voluntad del estado más poderoso del mundo, que opera desde las sombras a través del dinero y la influencia, que hace actuar a los gobiernos en contra de sus propios intereses nacionales es el núcleo estructural del antisemitismo moderno, desde los Protocolos de los Sabios de Sión hasta las teorías del lobby que circulan hoy con vocabulario pseudo académico.
Que el antisemitismo venga disfrazado de retórica política apuntando a intereses económicos a ambiciones de control satelital imperial, que venga lado a lado con crítica real a problemas reales no hace que deje de ser antisemitismo y no exculpa a aquellos que lo repiten
Cuando la izquierda latinoamericana, o cualquier izquierda, adopta la teoría del títere como explicación de la política exterior americana o condena al concepto abstracto del “estado de Israel”, está renunciando a entender el mundo. Porque si todo se explica por el poder de Israel sobre Washington, no hay que entender el neoconservadurismo. No hay que entender la doctrina Monroe. No hay que entender por qué Estados Unidos intervino en Guatemala, en Chile, en Nicaragua, en Venezuela, décadas antes de que el lobby israelí fuera un factor relevante. No hay que entender nada. Hay una causa única y todo lo demás es consecuencia.
El antisemitismo no solo es un prejuicio. Es una muletilla cognitiva que dispensa del análisis.
Entonces: sí, Netanyahu tiene un interés ideológico en esta guerra que lleva treinta años construyendo. Sí, tiene un interés político personal que en este momento es inseparable del ideológico. Señalar ambas cosas no solo es legítimo, es necesario para entender lo que está pasando.
Pero no, Estados Unidos no es el instrumento de Israel. Trump no es el instrumento de Netanyahu. La política exterior americana tiene sus propias lógicas, sus propios actores, sus propias contradicciones, y sus propias responsabilidades.
Confundir las dos cosas no es radicalismo. No es lucidez antiimperialista.
Es repetir, con vocabulario nuevo, uno de los prejuicios más viejos del mundo. Y los prejuicios viejos no se vuelven análisis porque los pronunciemos en voz baja.

