
María Helena González
1.
Hoy escribo con rabia. Con tristeza. Con el estómago encogido.
La joven Kimberly Joselin Ramos Beltrán fue hallada sin vida. Su nombre se suma a esa lista que ninguna sociedad debería tolerar. Cada nombre es una historia truncada, una familia devastada, una comunidad herida.
Y, sin embargo, seguimos viviendo con miedo.
Miedo de caminar solas por las calles.

Miedo de cruzar un campus universitario al atardecer.
Miedo de regresar a casa.
Miedo de que nuestras voces no sean escuchadas.
Miedo de que nuestros cuerpos sean violentados.
Ese miedo no es paranoia. Es experiencia acumulada.
2.
A pesar de los avances legislativos, de los protocolos, de los discursos institucionales y de los derechos conquistados, la violencia persiste. Eso nos obliga a mirar más hondo.
No hemos educado bien a los varones.
No les hemos enseñado a vernos como iguales.
No les hemos enseñado a cuestionar privilegios heredados.
No les hemos enseñado que el deseo no es derecho.
No les hemos enseñado que la frustración no justifica la agresión.
Seguimos repitiendo:
“Ella caminaba sola.”
“Mira cómo iba vestida.”
“¿Por qué andaba fuera a esa hora?”
En lugar de preguntar:
¿Por qué ella no puede caminar sin miedo?
¿Por qué no hemos aprendido a respetar el cuerpo ajeno?
Nos decimos entre nosotras:
“Cuídate mucho.”
“Avísame cuando llegues.”
“Manda tu ubicación.”
Y rara vez escuchamos:
“Enséñale a tu hijo a no agredir.”
3.
La investigación contemporánea en neurociencia y psicología social es clara: la agresión no es un destino biológico inevitable. Como ha señalado Leonard Huesmann (2018)*, la conducta violenta surge de la interacción entre predisposiciones individuales y contextos sociales. Se aprende. Se modela. Se refuerza.
La regulación emocional, las creencias sobre poder y género, las normas culturales y los entornos de socialización influyen decisivamente en cómo se expresa la agresión.
Si se aprende, puede desaprenderse.
Si se modela, puede transformarse.
No estamos frente a una fatalidad natural. Estamos frente a un problema educativo y cultural.
4.
La literatura y las ciencias sociales lo han dicho antes que las estadísticas. Simone de Beauvoir advirtió que no se nace mujer: se llega a serlo. Coincidía con bell hooks (así, con minúsculas quería ella) en que el punto fino no era el “odio a los hombres”, sino la transformación cultural.
Ethel Krauze ha señalado recientemente, en entrevista, que las casas son espacios donde los secretos circulan aunque no haya puertas visibles, y que el silencio puede funcionar como una forma de clausura. Esa imagen es poderosa: los hogares no son neutros. En ellos se aprende qué se nombra y qué se calla, qué se corrige y qué se tolera. Cuando el silencio encubre la violencia, la casa deja de ser refugio y se convierte en frontera; cuando la palabra establece límites y reconoce dignidades, la casa se transforma en la primera escuela de igualdad.
El silencio educa.
La permisividad educa.
La burla que no se corrige educa.
La agresión que se minimiza educa.
En nuestras casas se forman las primeras nociones de poder, de límite y de dignidad. Si el silencio protege la violencia, la casa se vuelve frontera. Si la palabra nombra el respeto, la casa se convierte en escuela de igualdad.
5.
El 8 de marzo no debe ser una fecha simbólica ni una jornada de consignas. Debe ser una revisión profunda de nuestras prácticas cotidianas.
Educar mejor a los varones no significa vigilarlos con sospecha permanente, sino enseñarles empatía, autocontrol, responsabilidad afectiva y respeto por el límite del otro.
Significa decirles que la masculinidad no se demuestra dominando.
Que el poder no se ejerce sometiendo.
Que el cuerpo ajeno no es territorio disponible.
Significa también revisar nuestras propias complicidades culturales.
Porque cada niña que camina con miedo es un fracaso colectivo.
Y cada nombre que pronunciamos este 8M es una pregunta incómoda:
¿qué estamos haciendo distinto?
¿qué estamos enseñando en casa?
¿qué estamos tolerando?
La próxima generación de niñas podrá vivir sin miedo si decidimos, de una
vez por todas, educar para el respeto y no para el privilegio.
No podemos devolverle la vida a Kimberly.
Pero sí podemos negarnos a que su nombre se diluya en la costumbre.
Y eso comienza dentro de nuestras propias puertas.
* Huesmann, L. R. (2018). An information processing model for the development of aggression. Aggressive Behavior, 44(6), 1–15.
helenagonzalezcultura@gmail.com


