

Aún viven las generaciones que tuvieron como lectura obligada la novela de George Orwell, 1984, una pieza futurista escrita en 1949 que hizo a todos temer la vigilancia constante del Gran Hermano y la represión de la individualidad. Hay otras obras que exploran el tema de la vigilancia masiva tanto en la literatura como en la cinematografía (Enemigo Público, el Show de Truman, Minority Report) y la televisión (Person of Interest, Black Mirror, Mr. Robot), todas ellas con enfoques distópicos y pesimistas que ilustran los peligros de la videovigilancia masiva.
Curiosamente, en paralelo con la multiplicación de otras que alertan sobre los riesgos de una sociedad en perpetua vigilancia, durante las últimas dos décadas la sociedad occidental ha renunciado no solo voluntaria, sino entusiastamente a la privacidad, y grandes audiencias sucumben al morbo de observar a quienes lo han hecho tanto en los llamados reality shows como en canales de redes sociales que exhiben como acontecimientos cosas que serían absolutamente normales (y aburridas) de no ser por la existencia de una cámara que los transmita en vivo. Esta pérdida de los temores a la videovigilancia masiva ha obligado a la ciudadanía y los gobiernos de todo el mundo a regular la práctica para permitir la conservación de los espacios privados, la intimidad y la difusión ilegal de imágenes.
Dicho esto, debe reconocerse que la videovigilancia masiva resulta útil para el combate de la delincuencia, la identificación de riesgos y atención oportuna de desastres, la documentación de fallas que permite su posterior corrección, y otros usos deseables en sociedades cuya complejidad multiplica las amenazas a la seguridad pública y la protección de la población.
Como Morelos tiene parámetros jurídicos para la operación de la videovigilancia que son homólogos a los de la mayoría de las naciones, los peligros del abuso de la información obtenida a través de las cámaras son mínimos. Gracias a ello ha sido posible la multiplicación de los dispositivos de video y la integración de una red de videovigilancia que se fortalece cada día en casi todo el estado como un apoyo a las tareas de prevención y persecución de los delitos. El anuncio más reciente sobre esta red fue hecho este miércoles en Cuernavaca, cuyo ayuntamiento instalará 50 arcos con cámaras lectoras de placas vehiculares, similares a otros que el gobierno estatal ha colocado en las entradas del estado.
La pérdida de los temores sobre la videovigilancia o su sustitución por precauciones y controles razonables a su uso, han hecho que lo que hace un par de décadas había sido un escándalo ahora se perciba como acciones positivas a favor de la seguridad pública y la construcción de la paz.
Debe reconocerse, sin embargo, que la entidad llega bastante tarde a las nuevas tecnologías para la seguridad pública. Los descuidos, la corrupción, la desidia gubernamental que privó por más de una década en las administraciones estatales y municipales, provocaron un enorme rezago en la inversión y operación de un sistema de videovigilancia como el que requiere el estado. La falta de orden también ha favoreció la suplantación de dispositivos por cámaras clandestinas operadas presuntamente por grupos criminales para vigilar a los vigilantes, de las que hasta ahora se han retirado más de 200.

De un riesgo percibido, la videovigilancia se ha convertido en una herramienta necesaria para facilitar las labores de seguridad, protección civil y construcción de la paz; pero también se ha convertido en una muestra de cómo funciona la evolución social.

