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Pocos hombres en la política morelense tenían las virtudes de Juan Salgado Brito. El fallecimiento de quien para miles de morelenses era amigo, y para muchos otros alguien con quien se podía dialogar para llegar a acuerdos, representa una pérdida no solo para su familia y para el servicio público, también para la política que empezaba apenas hace un año a restaurarse en el estado después de años de desuso e improvisación.

Nacido en Temimilcingo, un pequeño pueblo en Tlaltizapán, al sur de Morelos, Juan mostró desde muy niño el liderazgo, la voluntad de superación, y aprendió política en su pueblo, en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y en la arena pública. A los 25 años ya era diputado local por primera vez y desde entonces no soltó la política como forma de vida, convivencia y construcción de un Morelos mejor.

Juan Salgado Brito fue, en efecto, el último de una generación de políticos que desde el siglo pasado se formaron para ser mucho más que líderes, gente de Estado; diseñadores de estructuras, instituciones, políticas públicas y medios de mejor convivencia y servicio público.

Era un personaje extraño en la vida pública del siglo XXI que se volvió tan pragmática, tan breve y canibalesca que permitía filtrarse a cualquiera, banales, fuereños, inadaptados, delincuentes y hasta futbolistas. Pero Salgado Brito siguió construyendo ejemplo, legado y enseñanzas, tanto que se volvió necesario para la reivindicación de la actividad política como forma de conducción de la administración pública.

Salgado Brito no solo era dialoguista, simpático, lleno de anécdotas y bromas, hombre de familia, funcionario público dedicado, buena persona, además tenía una cualidad que aparecía casi perdida en la política moderna (no solo localmente, también en el país y en el mundo). Juan gozaba de ese juicio político al que refería Isaiah Berlin como la cualidad de reconocer los momentos, los impactos, los futuros de las decisiones que se toman y ejecutan.

Decía el filósofo ruso-británico: “Si existiese una ciencia confiable del pronóstico del tiempo político, esto sería condenado, sin duda, por ser un procedimiento demasiado subjetivo. Pero… semejante ciencia, aun sin ser imposible en principio, está todavía sumamente lejos. Y actuar como si existiera ya o si ya esperase a la vuelta de la esquina, representa una tara tremenda y gratuita para todos los movimientos políticos, cualesquiera que sean sus principios y cualesquiera que sean sus propósitos-desde los más reaccionarios hasta los más violentamente revolucionarios- y lleva a sufrimientos evitables”.

Por eso, según el propio Berlin la cualidad del buen juicio político es tan poco frecuente. Juan la tuvo toda su vida y supo aplicarla en cada uno de sus cargos públicos, desde los más graves hasta los más ligeros; por eso es tan difícil encontrar un personaje público, líder social, funcionario público que se expresara mal de Salgado Brito, o que se niegue a reconocer su espíritu de diálogo, apertura, congruencia y honestidad; por eso también se le despidió entre aplausos en Palacio de Gobierno y en la sede del Congreso.

Juan Salgado se ha ido y su legado estará en peligro siempre que se desentienda, malentienda o ignore. Si algo enseñó Juan a Morelos es que la política es un acto de amor, trabajo y pasión, pero también de carácter e inteligencia.

El político morelense es irremplazable, en efecto, pero sus enseñanzas y su ejemplo deberán ser suficientes para continuar rescatando la política a favor de la gente.

Descansa en paz, Juan Salgado Brito; que sean tu ejemplo y tu enseñanza los que ahora trabajen incansablemente.

La Jornada Morelos