

Muy aparte de sus potencialidades en materia turística, industrial y comercial, Morelos es un estado agrarista, con la mayor parte de su territorio formado por zonas rurales e indígenas, esa vocación es innegable por mucho que la realidad de los últimos sexenios haya permitido la invasión de fraccionadores, abandonado a los campesinos y olvidado lo mucho que dependemos de la tierra y sus productos.
Las celebraciones este viernes y sábado del Día del Agrónomo, la primera en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos que, en una feliz coincidencia festeja también el aniversario de su Facultad de Ciencias Agropecuarias; y la segunda en Miacatlán, con la presencia de la gobernadora, Margarita González Saravia, no fueron sencillos actos protocolarios en los que se trata de negar la realidad de crisis que atraviesa el sector agropecuario, sino una manera de recordar, refrendar y hacer públicos los compromisos que amas instituciones, la academia y el gobierno estatal, han asumido seriamente con el desarrollo, el fortalecimiento y eventualmente la prosperidad de la actividad de la gente que se dedica a la tierra.
Poner los ojos en el campo no es un asunto solamente de obligada justicia social. Se trata de un acierto económico, social, y ambiental; y así lo han entendido la administración de Margarita González Saravia y la UAEM. Parte del éxito en el rediseño de políticas públicas para el campo parte del conocimiento que aporta la gente que ha dedicado gran parte de su vida al desarrollo agropecuario, como la secretaria Margarita Galeana Torres en el gobierno estatal, pero también de generaciones de agrónomos formados en la UAEM, la mayoría de ellos provenientes de familias campesinas de Morelos. Saber qué le duele al campo desde dentro ayuda a romper vicios sistémicos en la atención al sector.
Porque es cierto que al campo le urge inversión, pero el solo asistencialismo del pasado acabó con vocaciones productivas y desaprovechó oportunidades de desarrollo. Morelos perdió muchos años en desarrollo agropecuario por malos diagnósticos y políticas erráticas que provocaron convertir la inversión en un gasto permanente, pero inoperante. Otro capítulo de ofensa es el de la gravísima corrupción que padeció el sector durante, por lo menos la última parte de la administración de Cuauhtémoc Blanco.
Hoy desde el gobierno estatal se proyectan y emprenden inversiones para mejorar los sistemas de riego, identificar las fortalezas productivas de la tierra en cada región, impulsar industrias agroalimentarias, mejorar los canales de distribución y comercialización, capacitar a los productores.
Mientras que la UAEM trabaja en investigaciones para mejorar los cultivos, fortalecer las especies, restablecer y mantener el equilibrio ecológico, optimizar el rendimiento en la producción, sanear los campos de cultivo. Mucho de este conocimiento se ha producido hace mucho en la universidad, pero ahora se ha fortalecido la vinculación con el sector agrícola, y se comunican con más eficiencia los avances científicos que pueden transformar la producción.

En el pasado, el Día del Agrónomo era apenas una efeméride a veces ensombrecida por la situación del campo; ayer, la conmemoración sirvió para presentar proyectos y refrendar compromisos; esperemos y trabajemos para que en los próximos años sea un verdadero festejo de prosperidad y celebración de éxitos rotundos.

