

Las políticas de control y restricción de las bebidas alcohólicas nunca han tenido buena acogida. Desde la antigüedad más remota, el uso de bebidas embriagantes ha estado ligado a los festejos, a la tradición religiosa, a la cohesión social, y a la vida cotidiana de todas las sociedades del mundo.
No son pocos los historiadores y críticos que asocian la creación de grandes obras de la humanidad con la embriaguez de sus autores. Pero el consumo de alcohol en demasía también ha probado ser un terrible generador de violencia en la casa, en la calle, en plazas y locales donde se expende.
En el balance final, resultan mucho más graves los crímenes que pueden asociarse al alcohol que las creaciones que de su consumo podrían derivar. Son pocos los Hemingway, los Lowry, los Rimbaud, los Poe. Tampoco hay muchos Van Gogh, Lautrec o Manet; y en cambio abundan quienes, en el arrebato del delirio alcohólico han cometido terribles crímenes o actos destructivos contra sí mismos o contra inocentes víctimas.
Las historias de prohibición de las bebidas alcohólicas no tienen finales felices, durante la época de “sobriedad” en los Estados Unidos, por ejemplo, crecieron los grupos de mafiosi que se convirtieron en material para cientos de películas y algunas series televisivas, pero también de miles de muertes asociadas al crimen organizado.
A muchos años y miles de kilómetros de aquellas trágicas leyendas, en el Morelos actual, y el de hace por lo menos una década, el consumo de alcohol está asociado con hechos violentos frecuentes, en lo doméstico y lo callejero (más del 70% de los que se cometen en el estado); con el consumo de otras sustancias adictivas y con el control y operación de grupos criminales que manejan o influyen en la operación de bares y antros clandestinos o legales.
Esta condición de altísimo riesgo es el argumento de muchas Buenas Conciencias para promover la prohibición definitiva de la venta y el consumo de bebidas embriagantes. En la realidad, sin embargo, nadie promueve eso, en cambio, autoridades y sociedad parecen coincidir en la urgencia de establecer nuevos controles y recuperar los que siempre han existido sobre el consumo de bebidas alcohólicas.

Los controles tienen que ver con los espacios y tiempos en que pueden comerciarse vinos y licores, pero también con el público a quienes puede venderse. Desde el gobierno del estado y con el respaldo de prácticamente todos los ayuntamientos, se plantea que la reducción de horarios, la erradicación del clandestinaje en la venta, y la mayor vigilancia sobre los centros que expenden alcohol para el consumo en sitio o para llevar, pueden reducir el consumo y con ello el riesgo de violencia.
Y aunque hay quienes pueden dudar de la medida las recientes experiencias parecen darles la razón. En Jiutepec, por ejemplo, las fiestas previas al carnaval, sin control en la venta de embriagantes, fueron marcadas por riñas y hechos violentos, días más tarde, ya con la reducción durante el carnaval, los incidentes fueron mínimos. Tepoztlán vivió, después de muchos años, un festejo muy controlado en el expendio de bebidas alcohólicas y con ello un carnaval pacífico y familiar.
La idea es que esta experiencia se replique en todo el estado y con ello puedan inhibirse las apariciones demasiado frecuentes de los morelenses broncos. Ninguna de las medidas de prohibición, por cierto, serían necesarias si los usuarios practicaran en consumo responsable, algo que también tendría que empezar a fomentarse y educarnos para ello.

