
Los tiempos aciagos ponen a prueba la entereza no solo de las personas, también de las instituciones. La enorme tristeza que vive la Universidad Autónoma del Estado de Morelos se ha manifestado ya de todas las formes posibles: como condolencia, preocupación, miedo y hasta rabia.
Cada expresión tiene su origen en las diferencias necesarias y siempre enriquecedoras que hay en cualquier espacio plural y pensante y son respuestas, las más de las veces legítimas, a la realidad que se ha vuelto profundamente cruel para los universitarios en las dos últimas semanas. Pero lo que viven y padecen juntos los miles de estudiantes, catedráticos, trabajadores administrativos, y autoridades universitarias los convierte en una comunidad que, a veces de formas en extremo sui géneris, comparte también los sueños, anhelos, esperanzas y proyectos para construir un mundo mejor. A pesar del dolor, más allá de los miedos, la comunidad sigue existiendo, aunque muchos al interior quisieran negarla o destruirla.
Desde el lunes y durante casi todo el martes, cuando dos contingentes diferentes salieron a manifestarse en demanda de justicia con métodos y agendas aparentemente distantes, hubo quienes apostaron a una fractura mayor de la comunidad universitaria. Una ruptura que habría permitido que el miedo, la criminalidad, la injusticia, triunfara sobre los mejores valores, las mayores virtudes sociales, que son las que debe representar la Universidad Pública.
La UAEM probablemente necesitaba una catarsis de ese tamaño, un ejercicio que permitiera expresar todo lo que sentía, porque el dolor es así y suele apoderarse de todo y contaminar hasta las mejores intenciones. Gritado lo que se tenía que gritar, es posible volver a empezar a construir a partir de volverse a reconocer comunidad, de entender que ser compañeros de sueños, de anhelos y de ambiciones, significa serlo también en las penas y en los enormes retos que aún quedan por resolverse.
La universidad es unidad en la diversidad. Y aunque hemos escuchado muchas veces la misma frase, hoy parece cobrar nuevamente sentido para la comunidad de la UAEM que paulatinamente vuelve a encontrarse y puede empezar a reconstruirse para enfrentar como una sola lo que viene que puede no ser fácil.
La seguridad de una comunidad de más de 40 mil estudiantes es un reto mayor. La extensión de terrenos universitarios, la cantidad de unidades académicas, las conductas de riesgo en que suelen incurrir los jóvenes, las amenazas del exterior, las fallas sistémicas en la seguridad pública, décadas de inatención a las causas de la inseguridad, plantean sin duda un escenario de retos enormes que no obedecen a cálculos ni temporalidades políticas, sino a la cotidiana realidad.

La UAEM deberá saber resolver en unidad, los retos. Lo ha hecho antes muchas veces y siempre ha salido adelante.

