La Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) vive un momento muy difícil. El dolor que causa a la comunidad la desaparición de Kimberly Joselin, quien fue vista por última vez hace ya más de diez días, es comprensible y lo comparte toda la sociedad morelense. La herida es aún más honda porque el primer detenido relacionado con los hechos es otro estudiante de la misma institución quien presuntamente se dedicaba a otras actividades ilícitas. 

Desde ese dolor, la verdadera comunidad universitaria supo portarse a la altura. Se ha colaborado con las investigaciones, se acompaña a la familia de la víctima, se refuerza la estrategia de seguridad, se dialoga al interior y al exterior. 

No ha sido fácil en estas circunstancias. Los choques verbales entre autoridades y la legítima representación estudiantil; los distanciamientos y reencuentros con las instituciones de seguridad pública y procuración de justicia son muestra del dolor enorme de una institución que forman miles de personas adultas, pensantes.  

Pero para algunos eso no ha sido suficiente. Grupos ajenos a la institución, invitados por algunos elementos internos cuyo interés no es encontrar a la joven desaparecida ni mejorar la seguridad al interior de la UAEM, perpetraron actos vandálicos en el Campus Norte, deslegitimando el dolor y las acciones que la comunidad realiza para encontrar a Kimberly, recobrar la paz, y autoprotegerse. 

Se trató de un artero ataque a la institución perpetrado por quienes no tienen mayor interés en la búsqueda y localización de Kimberly, y en cambio pretenden exhibir errores que la UAEM no ha cometido porque no son de su competencia; porque la universidad no es una fuerza policiaca, tampoco es una fiscalía; y porque sigue perfeccionando lo que le toca, dentro de sus límites, hacer de la universidad un lugar más seguro; algo que solo puede ocurrir con la concurrencia de toda la comunidad universitaria. 

La vandalización de las instalaciones de la Facultad de Contaduría y Administración y de la Rectoría no son expresión del dolor universitario sino un cálculo político, una intentona por debilitar a la UAEM, un instrumento para sacar raja política del dolor ajeno; lastimar a una comunidad profunda y legítimamente dolida; y probablemente, permitirse seguir perpetuando actividades ilegales al interior de la institución. 

La presencia de esos embozados, los vándalos, los destructores de todo, ha sido frecuente en movilizaciones universitarias siempre con las mismas consignas, siempre con los mismos orígenes y siempre siguiendo a las mismas personas que el estudiantado universitario tiene bien identificadas y a quienes no ha respaldado nunca. 

Porque ya se les conoce y se les rechaza, la UAEM tuvo que declarar el Código Rojo, y mudarse a clases virtuales “con el objetivo de salvaguardar la integridad de los estudiantes, del personal docente y de las instalaciones” desde la tarde de ayer y hasta nuevo aviso. 

La afrenta a la comunidad universitaria, sin embargo, no debe distraerá a nadie de las preguntas fundamentales ¿Quién y porqué segaron la vida de una joven universitaria? 

La Jornada Morelos