

Sin ánimo de menoscabar los enormes esfuerzos que realizan todos los días los maestros de Morelos por mantener a la niñez y adolescencia a su cargo en condiciones suficientes de seguridad, salud e integridad, deben reconocerse los retos enormes que atraviesa la protección a la niñez en los planteles que, si bien siguen siendo menores a lo de las calles, han contaminado la convivencia poniendo a las comunidades en situación de riesgo.
El reporte de seis casos de abuso sexual infantil en escuelas del estado durante los últimos meses del 2024, la decena de veces que en los últimos años las escuelas han quedado cerca de enfrentamientos o ataques armados, y lo cotidianos que se han vuelto los asaltos y otros crímenes contra alumnos en las calles aledañas a los planteles.
Por supuesto que es conveniente, a la luz de que los casos de abuso infantil cometidos por personas ajenas a los planteles, pero dentro de las instalaciones, revisar y fortalecer los protocolos para el ingreso de personas a los inmuebles educativos, especialmente los del nivel básico. También los hechos han probado la necesidad de retomar, con pleno respeto a los derechos humanos, la revisión de mochilas para evitar la introducción de objetos y materiales que representan riesgos para estudiantes, maestros y directivos.
Las comunidades escolares no están lo bastante preparadas (no era su función) para enfrentar los retos de seguridad que impone la realidad actual con riesgos que crecen día a día, por el bien del alumnado, pero también del profesorado y el cuerpo administrativo, es necesario tener protocolos de seguridad actualizados frecuentemente.
Pero también debe reconocerse que los mayores riesgos que enfrentan la niñez y adolescencia morelense están en la calle y en sus casas. Los datos demuestran que las escuelas suelen ser lugares mucho más seguros para la niñez que sus hogares o los trayectos que recorren para asistir a la escuela.
Si bien es cierto que los protocolos de protección a la niñez y adolescencia en las escuelas deben mejorar sustancialmente, también lo es que resulta urgente el diseño de mejores estrategias para la protección de las niñas, niños y adolescentes, en las calles y los hogares. La protección de los menores no debe concebirlos solo como estudiantes que aparecen mágicamente en una escuela, sino como seres con una vida que se integra en la casa, la calle, los centros de diversión (parques, plazas, canchas deportivas, bibliotecas, zonas de juegos) y también en la escuela.

Conviene, ya que se plantea la revisión e implementación de protocolos de seguridad escolar, plantearnos también otros medios de protección a las y los menores morelenses, cuya condición de vulnerabilidad por edad es innegable. Un programa integral y actualizado de protección a la niñez y adolescencia es urgente en un estado como Morelos, donde ni siquiera los menores tienen la garantía de acceder a una vida pacífica.
Y si bien a nadie le resulta cómodo hablar del tema y reconocer las problemáticas de la infancia y adolescencia, en un estado en que la violencia se ha vuelto tan frecuente y no distingue rangos de edad, es tiempo de iniciar una conversación seria que considere la seguridad integral, se trata de proteger a todas las niñas y niños, desde la primera infancia, y geográficamente, desde sus casas, hasta el destino que cada una y cada uno de ellos decida andar. Solo así podemos hablar de un Morelos justo, pacífico y con posibilidades de un presente más edificante y un futuro mejor; anhelos que comparten los morelenses.

