Otro de los tristes primeros lugares que heredó a Morelos la administración del exgobernador, Cuauhtémoc Blanco Bravo, es la de disposición final de la basura. Solo en sus primeros cien días en el cargo, los nuevos responsables de la Secretaría de Desarrollo Sustentable han tenido que clausurar seis tiraderos clandestinos, algunos que operaban desde hace muchos años a la vista de los habitantes de Huitzilac, Cuautla, Amacuzac, Miacatlán, Tlaltizapán; que evidenciaron el descuido de las autoridades municipales, pero también estatales en materia de manejo de los residuos sólidos y la omisión en el diseño de un proyecto integral para evitar o por lo menos reducir la contaminación que generan las mil 870 toneladas diarias de basura que se generan en Morelos; un volumen que, además, ha ido creciendo en casi 10 por ciento durante la última década.

El anuncio de la propia Secretaría de Desarrollo Sustentable sobre el cambio en los sistemas de disposición final de residuos en la mitad de los municipios del estado, 18 de los 36; es tal vez la mayor parte de la solución de un problema permanente, a pesar de estrategias impulsadas desde grupos de la sociedad civil, ayuntamientos e instituciones públicas que buscan reducir la cantidad de basura que producen diariamente la ciudadanía, su vida, negocios e instituciones.

Las iniciativas ciudadanas son enriquecedoras, sin duda, el impulso y colaboración que la gente ha dado a la prohibición de plásticos de un solo uso y materiales de unicel fue definitiva para que los ayuntamientos, y los poderes Ejecutivo y Legislativo estatal se fijaran hace tiempo en el tema; pero no ha sido relevante, por ejemplo, en la formación de una cultura de separación de desperdicios cuyo impacto es nulo debido a omisiones de los servicios de recolección que llevan a las de la gente.

Y si bien podría pensarse que Cuernavaca y Jiutepec, al ser en conjunto el mayor centro poblacional de Morelos, tendrían que enfrentar los problemas más graves en materia de recolección y disposición final de los residuos, lo cierto es que son los municipios de la periferia, en las zonas sur, oriente, norte y los Altos de Morelos, los que parecen tener el asunto menos resuelto. A Huitzilac le costó muchos años y una clausura final de su tiradero a cielo abierto en El Tezontle, para diseñar una estrategia apenas parcial de disposición de sus residuos, porque el llevarlos al relleno sanitario de Loma de Mejía en Cuernavaca debería entenderse como una solución apenas temporal. Cuautla padece un problema grave de basureros clandestinos en las orillas del río, pero también padece los efectos de la falta de inversión y cuidado en La Perseverancia; Rancho Coronel, en Tlaltizapán, padece problemas constantes para mantener la seguridad del basurero; El Jabonero, en Mazatepec, está por agotar su capacidad. Es decir, los cuatro espacios autorizados para la disposición final de los residuos en todo el estado se encuentran comprometidos de alguna forma o, en el caso de Loma de Mejía, sujetos a decisiones que rebasarían la capacidad para la que fueron planeados y con ello acortarían su tiempo útil.

La crisis de la basura en Morelos requiere un enfoque integral que mejore y combine la participación de la ciudadanía con acciones gubernamentales efectivas. Solo a través de un esfuerzo conjunto se podrá avanzar hacia una gestión sostenible de los residuos, proteger el medio ambiente y mejorar la calidad de vida de los habitantes del estado.

Y si bien esto lo sabemos hace mucho tiempo, si reconocemos la crisis de la basura en el estado, debemos empezar a considerar estas acciones como urgentes; ojalá eso se incluya en el programa integral que a finales de febrero presentará la Secretaría de Desarrollo Sustentable.

La Jornada Morelos