

Más allá de los gustos musicales de cada uno, la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana del gobierno de Morelos parece haber encontrado una relación directa, y por lo mismo preocupante entre cierto tipo de música mexicana que hace apología del delito, y la actividad criminal violenta en torno a bailes, conciertos y presentaciones varias de los exponentes del género.
Las declaraciones del secretario, Miguel Ángel Urrutia, en su conferencia de prensa de seguridad pública este miércoles involucran a alcaldes y promotores de fiestas populares como las patronales y los carnavales, como partícipes probablemente involuntarios en actividades que ponen en riesgo grave a los asistentes y promueven la violencia y enfrentamientos entre grupos delictivos.
A diferencia del debate sobre los efectos de ciertos contenidos apologéticos de la violencia y el crimen en el mediano y largo plazos en las audiencias, en este caso se trata de un planteamiento con evidencias de casos reales en que la presentación de ciertos músicos promotores de algún tipo de contenidos ha generado choques entre grupos delictivos rivales.
Asegura el responsable de la seguridad que en municipios como Tlaltizapán se ha permitido y promovido la presentación de cantantes vinculados con grupos delictivos del norte del país que hacen apología del delito, lo que lleva el riesgo de originar enfrentamientos entre bandas criminales. Si bien se tiene el diagnóstico y eso permite instalar puntos de revisión para detectar vehículos con reporte de robo y seguir con videocámaras a los asistentes a estas presentaciones, lo que puede permitir, asegura el secretario, a cumplimentar órdenes de aprehensión de presuntos delincuentes; Morelos difícilmente puede tolerar más violencia en su territorio, por lo que la recomendación de no prestarse a la organización ni promoción de esas presentaciones parece mucho más un asunto de prevención del delito que de cualquier asomo de censura.
De sí mismos, los carnavales y fiestas patronales de Morelos han mostrado ser un riesgo de seguridad, especialmente cuando no se controla la venta de bebidas embriagantes y la cantidad de asistentes. Los hechos de violencia recientes en Jiutepec, por ejemplo, a cargo de personas comunes que, bajo el influjo del alcohol pierden la compostura y el control, evidencian lo difícil que resulta mantener la paz y seguridad para quienes acuden a estos eventos. Buena noticia es que se haya determinado establecer controles especiales para el carnaval de ese municipio en cuanto a la venta de bebidas alcohólicas y los horarios de cierre de actividades; igual se trabaja ya con los próximos carnavales en Tlaltizapán, Emiliano Zapata y Tepoztlán, donde incluso la idea es que no haya venta de bebidas embriagantes.
Pero la evidencia recogida por la experiencia nacional y que lleva a la alerta de Miguel Ángel Urrutia muestra que incluso el control en la venta y consumo de bebidas alcohólicas, por muy difícil que resulte y mucho esfuerzo que en ello se ponga, puede ser insuficiente si desde la propia organización de las festividades se incorporan factores que pueden ser generadores de violencia.

Parte de la riqueza histórica, cultural y hasta religiosa de las fiestas y carnavales en los pueblos de Morelos radica en su carácter familiar y la relativa paz en que se desarrollan. La continuidad intergeneracional de estas tradiciones, y hasta su valor como atractivos para el turismo cultural depende de la capacidad de, como decían los abuelos, “llevar la fiesta en paz”, y en ello, los organizadores y los ayuntamientos son los principales responsables.

