

Hace décadas había quienes consideraban que un manazo a tiempo, un “entre de nalgadas”, un grito insultante, resultaban elementos fundamentales en la educación de los niños; en aquel tiempo parecía hasta de buen gusto que, frente a algún berrinche infantil, los tutores del infante en crisis le plantaran “unas buenas”, y “otras más para que tengan porqué llorar”.
Esos comportamientos se consideraban por lo menos funcionales; pero también era una época en que funcionaban los televisores de bulbos, la leche bronca, los automóviles de ocho, diez o hasta doce cilindros. Una etapa en la historia que pasó hace muchos años por la evolución social, ese proceso que va descartando tecnologías, productos y conductas que resultaban poco convenientes, inadecuadas, ineficientes o de plano profundamente salvajes.
Los métodos de crianza por medio de la violencia física o psicológica provocaron enormes disfunciones sociales a través del tiempo. La mayoría de las historias de violentos criminales, asesinos en serie, agresores de mujeres, ebrios consuetudinarios, y otros trastornos sociopáticos entrañan historias de agresiones constantes durante la niñez de los sujetos; pero también la mayor parte de víctimas cíclicas y a veces perennes de la violencia parecen haber tenido familias que normalizaron esa violencia. En efecto, la agresión durante la etapa de formación forma lo mismo criminales que víctimas prototípicas.
Aunque hay evidencia suficiente para apoyar las ventajas formativas de los métodos de crianza positiva o respetuosa (esa que niega cualquier forma de violencia como herramienta educativa), persiste en muchos el mito sobre que una educación “suave” genera “niños de cristal” no dotados para enfrentar la dureza y crueldad del mundo moderno.
La mayoría de los expertos han desmentido esa idea. De hecho, un método de educación basado en el respeto, amor, límites claros y sin violencia física ni humillaciones evidencia tener mejores resultados en la autonomía, la empatía, la autoestima y la capacidad de tomar decisiones de manera consciente y responsable en los niños. De hecho, la fragilidad o debilidad emocional proviene justamente de quienes han sido criados en ambientes de agresión constante.
La crianza positiva no busca sobreproteger ni evitar que los niños enfrenten dificultades, sino enseñarles a manejar sus emociones, resolver conflictos con respeto y desarrollar resiliencia emocional, algo indispensable si nuestro objetivo es construir entornos de paz en que la niñez, juventud y en general la sociedad, puedan ejercer una comunicación abierta, sean conscientes de los límites y el respeto, y puedan crecer como personas emocionalmente sanas y fuertes.

La niñez no es un conjunto de juguetes para los padres, tampoco una colección de adultos pequeños, sino sencillamente niñas y niños que merecen ser respetados y escuchados, gozar de equilibrio emocional, capacidad de resistir y transformar su entorno y hacerse responsables de sus decisiones.
Por eso es bienvenida la iniciativa presentada este jueves por el diputado Rafael Reyes Reyes (Morena), que busca prohibir los castigos corporales y humillantes como métodos de crianza en Morelos. La violencia no es una herramienta para la educación en la sociedad que todos queremos.
Si vemos las cajas de bulbos como una antigualla y aceptamos los televisores LED como resultado irrefrenable de la evolución tecnológica; tendríamos que admitir también la crianza positiva como una parte virtuosa de nuestra evolución social y familiar; y la ley puede ayudarnos mucho para asumirlo de una vez y en el futuro.

