Cuando en la jerga local se quería referir a que algo no ocurriría se utilizaba aquella frade de “mejor caminó el Morelotes”, refiriendo a la más o menos errante estatua en piedra del generalísimo que del centro de la plaza en Cuernavaca se trasladó luego a un costado del Palacio de Cortés, luego de vuelta y una vez más al sitio de los plateros y artesanos. Historias similares tuvieron otras estatuas de héroes locales que, en el mejor de los casos son colocadas en lugares más o menos dignos, y en los peores casos se arrumban en bodegas o se “extravían” y nadie vuelve a saber de ellas sino aquellos que se beneficiaron con su desaparición.

Los monumentos suponen ser símbolos de la identidad comunitaria. De ahí que su ubicación y hasta orientación, resulte de extraordinaria relevancia para quienes entienden un poco de semiótica, o por lo menos tienen una pizca de sentido común.

La estatua ecuestre del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata Salazar que fue creada por Carlos Kunte y Estela Ubando en la no tan lejana década de los setenta fue inaugurada como parte de los festejos por el centenario del natalicio del héroe revolucionario ícono de Morelos en México y el mundo. Para colocarla se decidió la entrada de Cuernavaca por la carretera “vieja”, la “libre”; Zapata recibía a quienes llegaban a la ciudad mientras tenía la vista hacia la Ciudad de México, como un recuerdo de su entrada triunfal a la capital de la República.

La ubicación y orientación del monumento tenían un significado mayor y eso ayudó a convertirlas en un símbolo de la ciudad, del estado, de la identidad morelense. Porque no se trata de poner estatuas porque sí, el significado es relevante. Algunas administraciones municipales ubicaron monumentos pequeños como adornos que muy pronto fueron desplazados. La de José Luis Urióstegui, en Cuernavaca, en cambio, ha procurado que, además del buen aspecto que dan a la ciudad, las estatuas signifiquen algo para la ciudad. Una especie de desagravio del ayuntamiento a los citadinos después de tantas ofensas y pérdidas de la memoria colectiva.

La ecuestre de Emiliano Zapata es el mayor monumento al Caudillo en el estado, además de que su identificación con la capital y en general con toda la entidad, la hacen el más importante de los monumentos, algo que saben los morelenses e ignoraron quienes, desde el gobierno del estado en 2018 bajo el mando de Cuauhtémoc Blanco, decidieron “aventarla” junto al Paso Exprés, donde por seis años estuvo prácticamente olvidada.

Por eso la noticia de la reubicación de la creación de Kunte-Ubaldo, no es un asunto menor, y tampoco se trata solamente de la “dignificación” de una figura que, en Morelos tiene proporciones de legendaria. En todo caso, es un asunto de recuperación de una imagen que es parte de la identidad colectiva, la devolución al espacio comunitario de lo que nos fue arrebatado, primero por un distribuidor vial que dio al traste con su vista en su ubicación inicial, y luego con una pésima decisión gubernamental que la arrumbó en un rincón que, para la estatura del símbolo, resultaba hasta ignominioso.

La gobernadora, Margarita González Saravia, ha propuesto como el nuevo hogar del monumento la Plaza de Armas General Emiliano Zapata Salazar, como se llama desde este año oficialmente a la explanada que la mayoría de los habitantes de Cuernavaca llaman zócalo. Parece un sitio inmejorable el que alojó hace años al Morelotes, la efigie en piedra de cuerpo entero del otro gran héroe del estado, el generalísimo José María Morelos y Pavón.

La decisión, asegura la mandataria, será tomada en consenso con los expertos en historia y cultura locales pero, salvo algún detalle técnico que se haya escapado, el nuevo destino para el Caudillo del Sur parece el más digno que se le podría dar en lo que sin duda será una reivindicación de nuestra memoria colectiva.

La Jornada Morelos