La Jornada Morelos / DM

Esta semana dos expresiones culturales urbanas (de esas que llaman medio peyorativamente tribus) tienen su fecha conmemorativa, así que iremos del cosplay a la música inglesa medio azotada.

Los otakus tienen su día cada 15 de diciembre, entendemos porque en esa fecha de 1983 el periodista japonés Akio Nakamori (especializado en manga y anime) uso por primera vez esa palabra para referirse a los aficionados a estas formas de arte popular, quienes comúnmente gustan del cosplay, y son medio frikis (tienen una afición desmesurada y obsesiva).

En términos muy generales, los otakus se consideran como una subcultura urbana compuesta principalmente por jóvenes de entre 13 y 25 años que muestran una gran admiración y dedicación por la cultura pop japonesa, especialmente anime, manga y videojuegos. Como ahora los K-pops pero menos emergentes o con más tradición.

La cultura Otaku llegó a México gracias a series conocidas por casi todos, Dragon Ball, Sailor Moon, Pokémon, y otras que pasaban por la televisión abierta a mediados de los noventa.

Si bien la popularidad del movimiento otaku tiene raíces y efectos muy comerciales al estar acompañada del auge del merchandising de amine y manga; sus bondades sociológicas y psicológicas son innegables pues ayuda a los jóvenes a salir de la presión, forma una identidad grupal, permite la diversificación cultural, favorece cambios sociales y mejora la autoestima en un mundo cada vez más agresivo con sus juventudes.

La búsqueda de los otakus va desde el entretenimiento inmersivo, la relajación del estrés, el desarrollo personal bajo modelos heroicos mitológicos; pero no queda ahí, porque trasciende a la construcción de interacciones sociales y creativas a través del coleccionismo de figuras, tarjetas, carteles, películas, series, videojuegos; y el cosplay que, con el precio de los disfraces, suele convertirse en un reto a la creatividad.

El reconocimiento popular a los otakus empezó con este siglo, cuando empezaron las convenciones y se popularizaron las tiendas de memorabilia y comics, puestos callejeros y otros puntos de venta que desde hace años incluyen a las grandes cadenas comerciales.

En efecto, los otakus no son inadaptados, por el contrario, parecen entender perfectamente la sociedad y su funcionamiento, aunque no por ello la aceptan.

Como en todas las subculturas, la otaku tiene clasificaciones que identifican los gustos específicos de objetos en la cultura pop japonesa.

Hay otakus especializados en las series animadas y su producción, que son ubicados como Anime Otaku; otros fanáticos de los cómics japoneses, Manga Otaku; los que se centran en los videojuegos y sus tecnologías, consolas, arcade, RPG; cosplayers que se disfrazan de sus personajes favoritos para eventos. Y ya más a fondo pueden interesarse en el armamento militar utilizado en los videojuegos, en computadoras; software y tecnología (claro, muchos ingenieros en sistemas son otakus); gastar mucho en figuras de acción.

Estos rasgos distintivos permiten identificar a los otakus reales y a quienes son solamente aficionados a algún anime, como Heidi, por ejemplo

El cosplay como pseudoterapia

El cosplay al que hemos estado refiriendo consiste en la práctica de disfrazarse de personajes protagonistas reales o sentidos de la cultura otaku presentes en anime, manga, videojuegos, etcétera. Se trata de una práctica común entre hombres y mujeres de esta subcultura y según los estudios, tiene enormes beneficios para la salud mental porque permite la expresión creativa, el escape temporal de la realidad y la identificación con personajes que pueden funcionar como modelos.

Entre otros beneficios se ha ubicado la regulación emocional y resiliencia; el manejo de emociones negativas a través de la inmersión en roles positivos, lo que fomenta el optimismo y reduce la ansiedad. Fortalece la autoaceptación y confianza; genera conexiones sociales sólidas a través de interacciones auténticas que fortalecen el bienestar psicológico.

En Morelos también hay otakus. Imagen creada con inteligencia artificial de Copilot

Los emos y su búsqueda de autenticidad emocional

El Día Internacional del Emo tiene un origen mucho menos claro; popularmente se celebra el 19 de diciembre, pero ninguna fuente seria parece saber el porqué de la asignación que ocurrió en algún momento de la primera década de este siglo.

La subcultura Emo inició en la década de los ochenta en los Estados Unidos como una respuesta al hardcore punk; bandas como Rites of spring, Embrace, con sus letras profundamente personales y emocionales, y The Cure y The Smiths con un estilo visual oscuro e introspectivo. Pero el corolario de la música emo tardaría más de una década en llegar con My Chemical Romance, Panic! at the Disco, Dashboard Confessional, y Taking Back Sunday, por mencionar solo algunas.

Con una estática fundada en color negro, ropa ajustada, flecos que cubren un ojo, maquillaje negro alrededor de los ojos, piercings en lugares que parecen en extremo dolorosos, estoperoles y spikes, los emos se fueron popularizándose hasta convertirse en una paradoja, una extendida moda que hacía frente al mainstream.

Se trata de una subcultura centrada en la música como instrumento de catarsis personal, liberación espiritual, a diferencia del punk cuya temática es profundamente política. Dado que las últimas tres décadas han sido especialmente agresivas con la individualidad juvenil, las letras Emo encontraron una forma de expresar los impactos de las familias disfuncionales, el aislamiento social, el acoso escolar (contra el que incluso se montaron grandes campañas con bandas del estilo).

La cúspide del Emo nacional se considera entre 2007 y 2008, en la glorieta Insurgentes y el tianguis de El Chopo en la Ciudad de México, gracias a bandas como Pandx, Austin TV, División Minúscula y Allison. A diferencia de lo que ocurría en otras partes del mundo, el apogeo emo en México provocó legendarios enfrentamientos con otras tribus urbanas como los punk y los darks.

La búsqueda de la autenticidad emocional; la validación sin juicios de los sentimientos; el rechazo a las normas de éxito y masculinidad rígidas; la creación de espacios de sanación en el arte y la música; y la formación de lazos comunitarios ubican a la emo como un paso necesario en la juventud de muchos; aunque en México el fenómeno ha sido especialmente suave si se compara con otras tribus urbanas como los cholos, los góticos, los punks, u otras identidades chamaquiles.

Pero la permanencia del sentimiento de melancolía juvenil y la aparente superficialidad del Emo mexicano que aparentaría ser apenas un estilo visual, han servido para que el Emo se adapte y mantenga su presencia como símbolo de resiliencia emocional, lo que les ha permitido insertarse exitosamente en la esfera cultural y sobrevivir al tiempo.

La música emo es extraordinaria pues mezcla guitarras agresivas, baterías rápidas que alternan con la profundidad sentimental de sus letras dubitativas, melancólicas, de desamor e introspección. Es un estallido de punk que presenta voces limpias y gritos, para expresar ni rabia, sino tristeza, nostalgia, muerte, abandono.

Para todos los emos del mundo, que siempre haya rolitas de My Chemical Romance para reescuchar y reaprender.

El movimiento emo se ha permitido evolucionar con el tiempo, aprovechando su adaptabilidad y la melancolía frecuente en las juventudes. Imagen creada con inteligencia artificial de Copilot

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