Gonzalo Lira Galván

Quizá los dos títulos más conocidos en la filmografía de Luis Estrada sean, al día de hoy, El Infierno (2010) y La Ley de Herodes (1999). Ambos retratos irónicos de un México sumido en la violencia enraizada en la corrupción promovida por la ambición de poder que la clase política parece cargar en su ADN. Sin embargo, basta echar un salto más profundo en otros títulos de su obra como Bandidos (1991), Ámbar (1994) o Un Mundo Maravilloso (2006) para sacudirnos la idea de que el cine de Estrada vive únicamente en el imaginario de la historia política de nuestro país.

Elementos de fantasía en Ámbar e historias sobre el salto a la madurez al estilo del western clásico en Bandidos muestran la influencia de directores como John Ford o Sam Peckinpah, que en la mirada de Estrada son atravesados por otras inspiraciones más literarias como la obra de Ibargüengoitia y Rulfo. Algo similar sucede en Un Mundo Maravilloso, en donde la idea de lo idílico es traicionada por el mismo ADN violento y ambicioso que sus filmes más políticos sugieren. El cine de Luis Estrada señala aquellos elementos como parte indiscutible de la experiencia humana, sin importar si la historia sucede en México u otras latitudes.

Con Las Muertas (2025), Luis Estrada da el salto directo a Netflix en formato seriado, con una propuesta que une de nueva cuenta la literatura, la realidad criminal y ciertos elementos de denuncia social. Basada en la novela homónima de Jorge Ibargüengoitia (1977), la miniserie hace uso de la ambición estética, la crudeza narrativa y el humor negro que caracterizan tanto al autor como al director. Las coincidencias estilísticas entre Estrada e Ibargüengoitia no son una sorpresa. Si bien el director siempre ha expresado su gusto por el escritor, la cercanía de Estrada con Ibargüengoitia en la pantalla se remonta a 1977, cuando José Estrada, padre del director adaptó la novela Maten Al León (1969) a una película del mismo nombre. En ese mismo año, Ibargüengoitia publicaría la primera edición de Las Muertas.

“No sé qué fue primero, si Luis se identificó con la prosa de Ibargüengoitia o le encontró sentido, pero sí creo que tienen ahí un paralelismo increíble”, comenta Mauricio Isaac, que interpreta a La Calavera, una de las empleadas y principal cómplice de las protagonistas de esta historia.

En la novela, Ibargüengoitia ficcionaliza el caso real de Las Poquianchis —las hermanas González Valenzuela—, quienes operaron una red de prostíbulos, explotación sexual y violencia en México durante los años cuarenta y sesenta. En la adaptación, estas mujeres se convierten en las hermanas Baladro, Arcángela y Serafina -interpretadas magistralmente por Paulina Gaitán y Arcelia Ramírez-, personajes que permiten explorar la ambigüedad moral, los abusos y las complicidades institucionales. 

En la serie, Estrada logra salir airoso del mayor reto a la hora de adaptar a Ibargüengoitia: preservar el tono literario del autor, que mezcla ironía, sátira y crudeza, sin caer en la simple caricatura, pero sí en un espejo incómodo de los extremos de violencia, poder y corrupción.  El director insistió en que quienes conocen el libro lo reconocerán en la serie.

Arcelia Ramírez (Arcángela Baladro) y Paulina Gaitán (Serafina) dan vida con credibilidad a personajes monstruosos y complejos que no han sido sancionados por la historia: mujeres poderosas, despiadadas, ambiciosas, con gestos de vulnerabilidad que nunca las humanizan en sentido reconfortante, sino que las hacen más terribles aún. 

Por su lado, Alfonso Herrera regresa al universo de Luis Estrada para interpretar a Simón Corona, un personaje que encarna la masculinidad tóxica, la traición y la cobardía ante la responsabilidad, elementos que funcionan como contrapunto al poder brutal de las hermanas entre sombras institucionales.

“Con Luis uno no puede perder la concentración jamás”, explica Alfonso Herrera. “Creo que es esa gran escuela y que uno tiene que pasar por ahí para recordarse por qué estudiamos cine y por qué hacemos esto”.

También Paulina Gaitán habló sobre su primera colaboración con el director. “De repente yo estaba medio perdida profesionalmente y llegar a trabajar con Luis me refrescó todo”, cuenta sonriente la actriz. “Me recordó por qué amo la actuación”.

Aunque la historia esté ambientada en los años sesenta, muchas de las heridas que describe —corrupción, impunidad, violencia de género, explotación, complicidad institucional— siguen resonando en la actualidad mexicana. La serie funciona, en buena medida, como espejo del presente.  Además, porque se trata de un autor clásico poco llevado a la pantalla con tanto cuidado, y de un director que ha construido una filmografía crítica de los discursos que construyen la historia o los cánones que rigen a la sociedad.

Cuando la ficción se inspira en tragedias como la de Las Poquianchis, siempre hay tensión entre la fidelidad al dolor real y la licencia ficticia. ¿Dónde termina la historia y dónde comienza la creación? La serie parece consciente de ello, pero será inevitable que sea objeto de debate. No es una serie cómoda ni un mero entretenimiento: invita a la reflexión, a confrontar lo que muchas veces se prefiere ignorar. Es una llamada de atención que nos recuerda que muchas de las estructuras que permitieron horrores en el pasado siguen activas, si bien bajo rostros y circunstancias distintas.

“El mundo y el universo que retrata es muy susceptible de ser comparado con el que vivimos ahora”, explica el actor Joaquín Cosío. “Es una serie actual, no es una serie vieja, no vamos a ver una serie para sentir nostalgia de aquellos tiempos. La violencia encarnada por unas hermanas, que tal vez sea lo más fantasmagórico de todo, que sean protagonistas unas mujeres y quienes encarnan toda la descomposición de ese universo, pero en realidad la corrupción que impera es completamente contemporánea y yo creo que Luis es una de las cosas que más le pudieron haber interesado para hacerla”, concluye.

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Fotos: Netflix

La Jornada Morelos