

Las nuevas generaciones estamos creciendo con una mayor conciencia de nuestro alrededor y nuestro ser en común, pese al modelo económico neoliberal de las últimas décadas, o más bien, a consecuencia del impacto de éste en nuestras vidas, jóvenes y no tan jóvenes hemos dejado de romantizar la explotación laboral disfrazada de trabajo duro, entendimos que el discurso meritocrático disfraza las desigualdades estructurales y somos cada vez más consientes del impacto negativo en el entorno natural a causa de la sobre producción y consumo descontrolado en este sistema. Esa conciencia también nos ha ido llevando a cuestionar nuestro antropocentrismo: la especie humana no es la única que habita este planeta, convivimos con otras especies y merecen vivir en armonía al igual que las personas.
Esta reflexión me dejó Flow, la película dirigida por Gints Zilbalodis[1] ganadora del Óscar a la mejor película de animación con un guión coescrito por Matiss Kaza, y que tuve la oportunidad de ver estas vacaciones a través de una plataforma de streaming.
De manera poética y con una exploración sonora extraordinaria, Flow rompe con las historias protagonizadas por animales no humanos, no hay diálogos que humanizan a los animales, son ellos mismos ladrando, maullando y graznando acompañados del sonido del río, la lluvia o el viento.
A través de este maravilloso trabajo sonoro en el que no hacen falta las palabras, es claro el estudio, amor y conocimiento de los movimientos y expresiones de un gato. En los ochenta minutos de duración nos mantenemos alerta de las estrategias de supervivencia empleadas para subsistir a la fuerte inundación que pareciera el fin del mundo.
Durante este recorrido en el que diferentes especies unen esfuerzos y se aventuran juntos en una embarcación, podemos ver que los humanos estuvieron ahí: objetos celosamente resguardados por un Lémur, grandes construcciones o un gatito que se resguardaba en una casa amueblada antes del desastre.
El capibara, el perro, el gato, el lémur y el pájaro secretario, sortearon toda serie de obstáculos para enseñarnos que nadie se salva sólo, que es preciso confiar en los otros para salir abantes en esta tragedia que lleva todo a su paso. Sin diálogos y a través de puros sonidos de animales que fueron grabados realmente, pudimos vivir la competencia, el desánimo, la envidia, el miedo, el dolor, la ausencia y la empatía. Pero no de la misma manera como los viviríamos los humanos, aquí se expuso un comportamiento simple, intuitivo y colaborativo.

¿Qué será de estas tierras sin un día deja de existir la especie humana? Nuestras creaciones quedarían nadando por ahí, seríamos tal vez sólo un recuerdo, una huella, y de nosotros depende qué tipo de huella queremos dejar en este breve tránsito.
Flow está llena de símbolos. Además del trabajo creativo en la narración y exploración de los personajes y su relación con el entorno, esta película tiene la característica de haber sido creada por un software gratuito de código abierto llamado Blender. Un programa que cualquier persona puede utilizar si lo descarga en su computadora.
Su realización llevó cinco años y medio y es una producción independiente. Zilbalodis contó que especialmente el gato y el perro labrador están inspirados en sus propias mascotas, a quienes les agradeció públicamente después de ganar el Óscar, además de agregar en twitter ahora X: “Muchas gracias, no tengo palabras, Miaau!”
Como todo producto artístico, las personas espectadoras decodificamos los mensajes con base en nuestra subjetividad y experiencias, sin embargo, es innegable el peso también espiritual del tratamiento estético, el ritmo y el tiempo que Zilbalodis elige para contar esta historia.

Fotograma de “Flow”
-
Zilbalodis es originario de Letonia, lugar donde también se realizó la película. El guión fue co-escrito con Matiss Kaza y se estrenó el 24 de enero de este año. ↑

