En busca de la mazorca perdida

 

En días pasados, durante la discusión en la Cámara de Diputados de la reforma al artículo cuarto de la constitución, que declara al maíz como elemento de identidad nacional, e impide la siembra de maíz genéticamente modificado (GM) en México, la diputada federal Vianey García enarboló una mazorca de maíz morado como símbolo de la diversidad de las razas de maíz existentes en México. Ella cuenta que le

le costó mucho trabajo encontrar precisamente esa mazorca, entre tantas parcelas del centro del país. Parecería que por culpa de la siembra del maíz GM, los maíces morados están desapareciendo. En realidad, los motivos de la pérdida de variedades locales de maíz son otros. Entre ellos, el abandono del campo, la falta de un mercado económico para estas variedades de maíz, y la dificultad de su cultivo frente al maíz blanco y amarillo.

El maíz morado, en efecto, es una de varias entre las 64 razas locales de maíz que la hoy relegada Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) definió en su catálogo. La extensa biodiversidad del maíz se debe a su adaptación a los contrastantes climas, suelos y disponibilidad de agua, y a la labor de domesticación milenaria de los antiguos habitantes del país. En contraste, las líneas de maíz GM tienen diversidad restringida y están hechas con fines específicos, como la resistencia a insectos (maíz Bt) y al herbicida glifosato (maíz roundup). A estas variedades GM se les llama transgénicos puesto que llevan una pieza de ADN de otra especie incorporado en su genoma mediante técnicas de ingeniería genética. Es esta precisamente, la fuente de la controversia durante los últimos años, sobre su siembra y consumo, donde concurren intereses comerciales, seguridad, política y su posible impacto al medio ambiente y a la salud. En el fondo se trata de dos prácticas agrícolas diferentes y que pueden ser complementarias, una vez definidas las condiciones ecológicas, económicas y de seguridad para su aplicación.

Las políticas sobre el maíz GM en México oscilan desde 1998 cuando se emitió una moratoria para impedir su siembra, hasta la Ley de Bioseguridad formulada en 2015. Recientemente el gobierno mexicano intentó restringir la importación de maíz transgénico de EE. UU., pero fracasó al no poder demostrar los efectos adversos del maíz GM en la salud, de acuerdo con el panel de controversias del Tratado de Libre Comercio de América del Norte –TMEC en su versión actual. Sí fuera el caso, proteger las razas nativas de maíz es un argumento mucho más defendible ante el TMEC, aún cuando la evidencia de introgresión de segmentos de ADN de maíz GM en razas de maíz nativas sea inconsistente.

Excluir el cultivo del maíz GM en el país no garantiza la introducción de genes del maíz GM a través de la importación de granos para consumo animal e industrial. En cambio, desalienta la investigación y la incorporación de nuevas tecnologías de genética molecular para la mejora genética del maíz y otros cultivos. La construcción genética de organismos GM es un proceso sumamente regulado, pero el comportamiento ecológico y evolutivo de los mismos no está estudiado adecuadamente. La investigación sobre las variaciones genéticas de las razas de maíz y su relación con la adaptación local es escasa, así como también los procesos de entrecruzamiento genético entre plantas GM y silvestres. Es allí donde las políticas del estado mexicano podrían hacer una diferencia importante.

En tanto que el discurso político se mantenga en la retórica de “sin maíz no hay país”, dejando la investigación científica de lado, cualquier reforma o decreto será insuficiente para los problemas de alimentar al país en el futuro. Restituir a la CONABIO sería un paso importante y de justicia, para avanzar en el uso y conservación de la biodiversidad del maíz en beneficio de todos.

*Científico hasta en los huesos (vgonzal@live.com)

Imagen: https://www.biodiversidad.gob.mx/diversidad/alimentos/maices/razas-de-maiz. CONABIO.

 

Víctor Manuel González