Hay una multiplicidad de formas de ser y de estar en el mundo. Es la cultura el medio por el cual se modelan estas formas. Se delinea así nuestra percepción, valores, costumbres, creencias. Y muchas de esas formas están revestidas de diferentes tipos de violencia. Es el caso de la construcción social de la masculinidad hegemónica porque no solo subordina y subyuga a las mujeres, sino que los últimos estudios en masculinidades han dejado claro que ese tipo de construcción es también nociva para los hombres.

La masculinidad hegemónica es aquella que ensalza la figura del macho mexicano: aquel que cosifica a las mujeres, que normaliza y ejerce diversos tipos de violencia hacia ellas, como la económica, física, psicológica, o que incluso considera que puede propinar la muerte; en este último acto de barbarie se halla profundamente interiorizada la idea de posesión y, desde luego, de inferioridad de la vida de las víctimas.

La línea entre las diferentes modalidades de violencia muchas veces se vuelve delgada porque, en lo general, nuestra cultura, en conjunto con las instituciones, ha legitimado de cierta manera a ese tipo de masculinidad; impactando en el terreno de lo público y lo privado de la vida de las personas, con consecuencias negativas para las mujeres, sobre todo, aunque también para los hombres.

Y, si pensamos más a fondo, ¿a qué sociedad sana y razonable, o por lo menos con ganas de avanzar, le convendría mantener a la mitad de su población bajo un esquema de dominación y de condicionamiento de su plena libertad? Porque las consecuencias de la violencia y subordinación de las mujeres tienen un alto costo para toda la sociedad: con tantos y tan variados obstáculos para ejercer su profesión, la maternidad, la sexualidad plena, el goce de una vida social sin el temor de ser agredida en cualquier momento; todo ello hace que el ser mujer se vuelva una carrera de supervivencia.

Entonces, a mediano y largo plazo, tenemos sectores disminuidos a la mitad de su capacidad ahí donde no se igualan las condiciones de existencia entre hombres y mujeres. Estamos hablando tanto de pérdida de potencial en fuerza de trabajo, intelectual, creativa, que a fin de cuentas se refleja, precisamente, en un empequeñecimiento de las instituciones y de todo el conjunto social.

Las posturas conservadoras y machistas no logran atisbar ni en un panorama remoto que seguir perpetuando la masculinidad hegemónica encarnada bajo las características del machismo contribuyen al retroceso del mundo en el que viven.

Por otro lado, actualmente ya hay una nutrida investigación en cuanto a la búsqueda de otras maneras de ejercer la masculinidad, algunas de ellas definitivamente pretenden dejar de lado todos los lastres de violencia a que hemos estado acostumbradas/os. Si este cambio se vuelve constante y paulatino, desde luego presenciaremos mejoras en diversos sectores sociales.

Es importante hacer notar que cada persona es pieza del engranaje social. Abrirse a cuestionar de qué maneras nos relacionamos y cuánto de ello contiene actos o actitudes violentas en el terreno del género es importante. Hoy es por demás sabido que negar derechos, promover la violencia y subyugar a otras vidas es sinónimo de perpetuar a una sociedad ignorante y retrógrada.

*Red Mexicana de Mujeres Filósofas / UAM-I

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Imagen Gemini IA. Estereotipo de macho mexicano promovido en la época del cine de oro mexicano.

Alicia Valentina Tolentino Sanjuan