

I
Comencemos a velar armas desde ahora.
Será un sábado con nuevas consignas acompañadas de las de siempre: “¡Te dije que no, pendejo, no! ¡Mi cuerpo es mío, yo soy mía, tengo autonomía, te dije que no!”
Así que volvamos a lanzar, con la garganta poderosa, esta frase en conjunto: ¡Mujer consciente se une al contingente, nos están matando en la cara de la gente!
Encontrémonos y abracémonos a pesar de nuestras diferencias, de nuestros planteamientos feministas diversos, por eso mismo ineluctables.
Demostremos que no sólo vamos a pintar muros o a destruir fachadas de poca monta. Monumentos que quizás no deberían serlo porque hay otra historia debajo de la historia. Quiero decir antimonumentos que sí hablan, que sí dan testimonio.

Exijamos verdaderas agendas feministas, no más atole rosa o violeta con el dedo.
Hagamos de las marchas una fiesta porque si no podemos bailar, su revolución no le interesa a nadie.
Y sí, chicas, recuerden a Audre Lorde: “Mi silencio no me salvó. Tu silencio no te salvará.”
II
Demi se opera. Demi se deja vendar. Demi va que le cambien las carillas. Se pone a dieta. Redobla la rutina de ejercicio. Toma Prozac. Ve una película. Demi se mira al espejo. La cámara de oxígeno. Los recuerdos. Las anfetaminas. Las máscaras de lodo, chocolate, sangre, mierda de la mierda. Todo en aras de otra sustancia que es ella misma. Demi está segura de que esa noche sí pasará. La justicia tarde en llegar, dice Mercedes Sosa. No, Demi no sabe quién en Mercedes Sosa. Nunca va a googlear el nombre. Demi habla dos noches antes de la gran noche con Willis. Están viejos. Sueña con que uno sigue siendo duro de matar y la otra una teibolera que vuela en el tubo. La edad no perdona. El tiempo es una droga que debemos conseguir. El tiempo como inyección que nadie quiere o pide de común acuerdo con el destino. Nadie, ni Demi atada al vestido color plata, color en tendencia, como el terciopelo, la tela futurista, casi plástica; y los traseros grandes para que los atuendos de noche parezcan interpretados por sirenas. Demi tarda maquillándose dos horas, lo más difícil: tapar las ojeras violáceas. Demi espera, pero Emma Stone no dice su nombre, sino el de una actriz más joven quien con un moño rosa en la cintura le arrebata el Oscar como nos arrebatan un derecho. Demi deberá, sin duda, pedir una cita urgente con su analista de cabecera.
III
Había una vez dos reinas. La del feudo chico, en vez de gobernar, pedía justicia cuando ella debía instrumentarla. La otra, de un feudo tricolor, quería demostrar, exigiendo que la oyeran, cuánto vale su discurso.
Ninguna de las dos pudo salirse con la suya. Cuando por fin llegaron a mandar, ya no encontraron un solo peso en las bóvedas. Hacia un viento que arrancó los pétalos morados de las jacarandas y un rey realmente poderoso comenzó a dictar las misteriosas órdenes que cambiaron macabramente el universo.
*Escritora

