La Maldita Primavera

 

Salí de mi casa con unos shorts y un suéter ligero, convencida de que había vencido al invierno. Error de novata.

Seis grados. SEIS.

Para alguien que nació en un pueblo cañero en México, donde la tierra literalmente arde, seis grados es un frente frío extremo con alerta de sacar los cobertores “San Marcos” y preparar litros de chocolate caliente.

Pero aquí, en el noreste de Estados Unidos, seis grados es casi verano. La gente guarda los abrigos, desempolva los bikinis y empieza a preparar piñas coladas con sombrillitas.

La semana pasada, el sol brillaba y me dejé engañar por la ilusión de que lo peor del invierno había pasado. Me puse los audífonos, seleccioné Cuando calienta el sol de Luis Miguel y salí a caminar feliz, como quien cree haber cruzado la meta después de correr desnuda un ultra maratón en el Polo Norte.

Y entonces, la realidad me alcanzó en forma de Caroline, mi vecina de 86 años, una mujer dura que lo ha visto todo, se las sabe todas y nunca se queja.

Ese día, cuando la vi en la entrada de su casa, me acerqué a saludarla.

—¿Cómo estás, Caroline? ¿Estás contenta?

Ella arqueó una ceja y preguntó:

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? —dije, como si mi pregunta no fuera lo más obvio del mundo—. ¡Mira el sol! ¡Hemos sobrevivido al invierno!

Caroline se rio.

—¿Quién te dijo eso? El invierno no se ha terminado.

Y ahí, con la naturalidad de quien te explica que el agua moja, me habló de la falsa primavera.

Yo solo había escuchado hablar de “la maldita primavera”, un concepto sagrado en la cultura popular mexicana, cortesía de Yuri. Pero jamás nadie me dijo que también existía una falsa primavera.

Caroline me explicó que cada año, en medio del crudo invierno, hay una semana de días de sol engañoso. Que parece que la primavera ha llegado, pero en realidad es solo un atisbo de que hay luz al final del túnel.

—Es un regalo de Dios para que no perdamos la cabeza —me dijo con una sonrisa.

Por un momento, la odié. Me había robado la alegría de pensar que el buen tiempo había llegado para quedarse.

Mientras volvía a casa, me sentí igual que aquella vez que, después de meses de terapia para controlar mi carácter de Godzilla, pensé que ya era una persona zen.

Respiraba profundo, respondía con calma, todo muy namasté, hasta que una señora en un estacionamiento se bajó de su coche a gritarme maldiciones y golpear histérica mi ventanilla porque, según ella, estaba mal estacionada.

Yo intenté respirar profundo, pero a los pocos segundos ya estaba fuera del coche, gritando y amenazándola con romperle hasta las ganas de existir si no dejaba de acosarme.

La mujer salió corriendo, aterrada.

Yo volví al coche, me giré hacia mi hijastra y le dije:

—Perdóname, cariño, perdí los papeles. Lo único que me consuela es que tardé casi 30 segundos en reaccionar.

Ella me tocó el hombro y, aguantando la risa, dijo:

—No pasa nada, pero… siento decirte que empezaste a decir malas palabras en español en menos de cinco segundos y, para el segundo diez, ya estabas fuera del coche.

Esa misma noche llamé a mi terapeuta, con la misma sensación con la que volvía de hablar con Caroline, sabiendo que había ganado batallas, sí, pero que la guerra aún no había terminado.

Fue justo ahí cuando entendí que la falsa primavera no es solo un fenómeno climático. Es una prueba recurrente de la vida. Un golpe de realidad que nos recuerda en qué punto del camino estamos y nos pasa a todos.

Crees que ya superaste a tu ex hasta que lo ves con la misma con la que te puso el cuerno, una versión tuya comprada en TEMU. Y sabes que no es amor, pero ahí está tu ego protestando.

Crees que ya dejaste atrás esa amistad tóxica hasta que una notificación en Instagram te muestra que sigue subiendo indirectas. Y tu corazón vuelve a doler.

Crees que ya estás en paz con tu soltería hasta que recibes la invitación de boda de una amiga y, sin quererlo, tus demonios preguntan ¿y tú cuándo, bonita?

Crees que ya sanaste la relación con tu madre hasta que, en una conversación, suelta un comentario de los suyos que se siente como una patada en las pelotas.

La falsa primavera es ese momento en el que pensabas que ya cruzaste la meta, solo para que una foto inesperada, una frase inoportuna o el insomnio a medianoche te recuerden que la calma es un lujo temporal y que aún queda camino por recorrer.

Esa tarde regresé a mi casa, guardé los shorts y quité Cuando calienta el sol. Me mentalicé para el frio y la nieve que, inevitablemente, volverían.

Sonreí mientras ahora escuchaba La maldita primavera, con una nueva perspectiva.

Porque ahora sé que el calor, así como mis avances en terapia, no fueron un engaño.

Fueron solo un recordatorio de que el sol existe, de que hay luz al final del túnel, de que, si somos pacientes, si seguimos poniendo empeño en mejorar, en aprender y en dejar ir todo aquello, o aquellos, que nos hacen daño, eventualmente el frio, el dolor y el invierno emocional se irán.

Y de que, tarde o temprano, la paz, el sol y la felicidad siempre vuelven.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara