La movilización magisterial y el saldo para el SNTE

 

La movilización de varios miles de maestros morelenses el viernes no tendría que ser analizada solamente como una muestra de rechazo a la iniciativa de reforma a la ley del ISSSTE como está planteada en la Gaceta Parlamentaria (un rechazo que comparten incluso los maestros que no participaron en los bloqueos, manifestaciones y paros), también tiene un componente esencialmente político que busca revivir liderazgos magisteriales que fueron arrollados en la elección del comité seccional del SNTE en Morelos en febrero del 2023 por la planilla que encabezó el actual dirigente estatal, Joel Sánchez Vélez.

Por lo menos tres componentes deben considerarse en el análisis del impacto que seguramente tendrán las movilizaciones al interior del sector educativo de Morelos cuya relevancia está no solo en la función social de las miles de escuelas públicas en el estado, sino también en ser operado por el gremio más grande y con mayor capacidad de organización en el estado: primero es el desgaste natural que sufre cualquier representación política a la mitad de su encargo; segundo, la disfuncionalidad del poder que ha ejercido el SNTE a partir de octubre pasado; y tercero, el uso de los mismos métodos antiguos para tratar de desactivar movilizaciones que se organizan en formas aparentemente novedosas.

Joel Sánchez Vélez y su comité seccional cumplieron dos años en la representación del magisterio en Morelos, la famosa “luna de miel” de que hablan los analistas políticos concluyó hace rato ya y trajo consigo el desgaste que han provocado el saber que, aún con las buenas intenciones que pudiera tener, el funcionariado de la representación sindical no es mágico ni infalible, pero también una colección de factores externos que afectan las relaciones laborales del magisterio (un ente complejo, suspicaz y exigente) y su patrón el Estado (formado por los gobiernos estatal y federal que tampoco son infalibles y comparten suspicacias, politización, complejidad y exigencia). Los saldos para la dirigencia no son totalmente satisfactorios en tanto ha tenido que cargar con determinaciones nacionales que no han gustado a muchos grupos específicos del magisterio.

La enorme legitimidad con que llegó la dirigencia, junto a la alianza que se hizo desde la campaña con Morena y sus candidatos, incluida la gobernadora, Margarita González Saravia, sirvieron para redimensionar la participación política de un grupo específico del magisterio en Morelos. No solo se lograron, a través del partido Nueva Alianza posiciones en una diputación local, alcaldías y regidurías, también se pudo acceder a acuerdos para colocar en la administración de la educación básica en el estado, a varias figuras identificadas más con el sindicato que con la nueva dirección del instituto. Es una práctica vieja, el SNTE siempre que ha podido busca y logra influir en las determinaciones políticas en el sector mediante cuadros específicamente formados para ello. Desde hace años hemos advertido del enorme riesgo que ello entraña pues la práctica diluye la frontera no solo deseable, sino necesaria, entre el patrón y la representación de los trabajadores. Si un funcionario identificado con el SNTE afecta los derechos laborales, la calidad del servicio educativo, comete errores costosos, el sindicato difícilmente podrá señalarlo. Y eso ha ocurrido no solo ahora.

El SNTE también deberá revisar los medios por los que respalda las quejas y demandas de los trabajadores de la educación. Buena parte de las quejas del magisterio desde hace muchos años está en la extraordinaria lentitud con la que se resuelven sus quejas y demandas, si es que eso ocurre. Parte del monstruo burocrático que es la educación en México crea un enorme pantano que entorpece el movimiento de los trámites de respuesta a quejas y demandas legítimas de los trabajadores. Poco puede hacer contra eso otra estructura burocrática inmensa, sobre todo si los representantes de escuelas, delegaciones y los secretarios del comité seccional se dejan absorber por esos lodos. Tampoco ha servido el tratar de detener las movilizaciones promoviendo el desprestigio de quienes las encabezan. Cierto que decenas de vivales del magisterio suelen sacar beneficios personales, a menudo poco éticos o legales a partir de vociferar en las marchas y enfrentar a funcionarios públicos, pero eso lo saben los maestros y les importa bastante poco cuando hay malestares reales en las bases magisteriales. Más allá de los intereses particulares de algunos dentro de las marchas, debe admitirse el enojo de los trabajadores derivado de políticas públicas que, por su mal diseño o terrible forma de comunicarse, agreden a los trabajadores. En esto el SNTE debe ser autocrítico, pero también señalar puntual y claramente los errores de los diseñadores de leyes y políticas públicas. La clave está en la acción en territorio, algo que no todos en el sindicato practican, hay quienes ni siquiera lo intentan.

Visto así, si el sindicato en Morelos no hace un ejercicio de revisión interna, es muy probable que no hayamos visto la última movilización que los rebasa. Las molestias de los trabajadores de la educación no son poco frecuentes, se trata de un sector sumamente crítico e hipersensible; y los pendientes de política educativa siguen siendo enormes, lo que implica mayores diferendos con las autoridades en el corto y mediano plazos. Si el sindicato mantiene sus prácticas actuales, difícilmente podrá encabezar todas las nuevas demandas del magisterio. Y aunque es posible que personajes como Yossmin Castillo, Alejandro Trujillo y Felipe Castro, no vuelvan a encumbrarse como dirigentes de grandes sectores del magisterio morelense, hay muchos más liderazgos que pueden surgir de las bases y convertirse en representaciones más eficientes para grupos específicos del magisterio, algo que ocurrirá como frecuentes prácticas de ensayo y error mientras más cerca queden las elecciones para relevar la dirigencia sindical.

@martinellito / martinellito@outlook.com

Daniel Martínez Castellanos