La abuela Teresa escuchaba extasiada los pormenores del viaje de su nieta, al tiempo que miraba una y otra vez las fotografías y postales que María le mostraba. No perdía detalle, como chiquilla curiosa preguntaba mil y un detalle de cada foto, de cada imagen, quería saber de los sonidos, los aromas que acompañaban los paisajes traídos de tan lejanos confines. Ella había nacido en un pequeño pueblo llamado Xalatlaco, ubicado al suroeste del Distrito federal, los bosques de oyamel, los rebaños de ovejas, los caballos, burros y milpas habían sido su entorno natural. Las montañas, valles y ríos que rodeaban su pueblo le eran familiares, los conocía palmo a palmo, por los cotidianos recorridos que realizaba pastoreando las ovejas, acompañando a Cosme a sembrar la milpa, a cosechar las primeras mazorcas que surgían cuando xiloteba el maíz. Pero nunca había visitado el mar y ahora que veía las transparentes aguas del caribe, con sus tonos turquesa y las blancas playas de fina arena, preguntaba cómo se sentía pisar con los pies desnudos esas maravillosas playas cubiertas de exuberante vegetación y aguas pobladas de maravillosos peces multicolores que se perdían en los bosques marinos formados por corales y vistosas anémonas. Una y otra vez, regresaba las fotografía, tan pronto tomaba una y preguntaba sobre los nombres de las plantas, regresaba a otra de la que atinaba a preguntar, sobre la calidad de las telas de los vestidos de las mestizas que aparecían en la foto. Sus ojos se abrían despidiendo un brillo especial, era como si mentalmente se trasladara al interior de la foto y las palabras de María la guiaran a través de las playas, selvas y mares… como si viviera en el lugar de los hechos, esas experiencias. La tarde transcurría rápidamente entre las anécdotas que emocionada platicaba María y la forma en la que la abuela Teresa las percibía. Su imaginación volaba y atropelladamente sugería actividades o reacciones a las situaciones que María planteaba. Era como un juego para las dos. A María le encantaba reunirse con la abuela Teresa porque revivía momentos inolvidables, pero lo más importante, disfrutaba de los agudos comentarios de la abuela, era como regresar al pasado y reflexionar sobre las actitudes, las respuestas que pudo haber dado, en lugar de lo que realmente había experimentado. Siempre pensó que de haberla acompañado su abuela, esos viajes hubieran sido mucho más ricos en experiencias y los habría disfrutado doblemente. Pero la abuela, no aceptaba dejar a Cosme solo, con los años, había pasado de ser su esposo a ser el hijo más pequeño, al que se le tiene que cuidar, atender todo el tiempo. No comía si Teresa no le servía de comer, no se levantaba si Teresa no lo despertaba, mandaba al baño, le acicalaba y vestía. Era como un bebe indefenso que depende de los cuidados amorosos de su madre. Le obedecía en todo, menos cuando llegaban sus amigos y necio, quería beber un trago de pulque o salir a deshoras de la noche a buscar a sus amigos. La vida se le había ido, los recuerdos eran sus amigos, vivía en el pasado, recordaba los tiempos de la revolución cuando el ejército entró al pueblo e intentó reclutar a la fuerza a todos los hombres y niños que a su paso encontraba. El salió huyendo y como no aceptó enrolarse, lo encarcelaron, Teresa lo visitaba todos los días en la cárcel provisional que el ejército acondicionó en la sacristía de la iglesia. Todos los días las mujeres les llevaban de comer a sus hombres. Ahora, solo eran recuerdos que se mezclaban con las fantasías de los viajes de María. Los tiempos se mezclaban, las historias se transformaban y cada vez los relatos se perfeccionaban. ¿Cuál era la verdad? la que se contaba en ese momento, con el pasar de los años, las historias se fueron acuñando, moldeando a los deseos de lo que pudo haber sido o deseado. Día a día se esculpían, se tallaban, se modificaban y surgían nuevas y renovadas. María cerró el álbum, Teresa, lanzó un hondo suspiro y mirando fijamente a María le tomó el mentón, le brindo la mejor de sus sonrisas y de pronto, sin más, lo soltó, ay hija, ¡como quisiera tener tus ojos!!! ¡Han visto tanto!!!

María de Jesús Ordóñez Díaz