Los nuevos avances científicos en genética han intentado explicar algunos comportamientos respecto a la salud poblacional, entre ellos ha destacado el descubrimiento de las condiciones genéticas prevalentes en latinoamericanos colocándolos como una población específica con riesgos de generar obesidad abdominal, resistencia a la insulina y problemas cardiacos. Dicho aporte es capaz de explicar el origen biológico de un problema que atormenta de manera peculiar a nuestro país; lamentablemente, se convirtió en un conformismo de tal manera que la concepción de sobrepeso y obesidad se ha normalizado, así como aceptado, dentro del panorama social.

Este dato biológico es preciso unirlo junto a una explicación social, si bien es cierto que el código genético tiene cierta responsabilidad sobre los riesgos de salud, el comportamiento humano puede potencializarlo o contenerlo dentro de estándares de riesgo posiblemente como un rasgo de preocupación y actos de auto cuidado. En México se han implementado desde el ámbito político una serie de políticas públicas con enfoque de prevención debido a la preocupación mundial pero también a los costos a los que se enfrenta el gobierno ya que se ha cuantificado un gasto de 190 mil millones de pesos mexicanos referente a la atención de las consecuencias de salud que enfrenta la población debido a la obesidad, este dato representa no solo el descuido de la salud si no también la mitad del presupuesto destinado a las instituciones de salud, esto quiere decir que existen otras áreas de salud que han sido sacrificadas presupuestalmente.

La explicación biológica es entonces insuficiente frente al comportamiento de una población entera la cual pareciera adquirir confusión y desinterés por lo que retomará como ejemplo una frase que respalda la mala toma de decisiones: “la alimentación saludable sale cara”, algo muy escuchado no solo dentro de los consultorios médicos y nutricionales, si no también dentro de cualquier contexto social. Tristemente se ha relacionado la idea de que lo saludable consiste en consumir alimentos veganos, orgánicos, libres de gluten o lactosa como ideales de algo saludable olvidando que este tipo de productos más bien son considerados especializados para algunas patologías que no son abundantes en nuestra población mexicana.

Estas ideas acrecientan las excusas en la justificación económica pues la creencia compartida ha sido el método de aceptación para el consumo de alimentos carentes de nutrientes positivos para el organismo además de omitir productos que se encontraban de manera abundante en la dieta mexicana como: tortillas de maíz, huevo, verduras y frutas, los cuales si son analizados son fuentes excelentes de proteínas, carbohidratos de buena calidad y micronutrientes que promueven el balance en el buen funcionamiento interno. Además de encontrar las consecuencias en pasillos de clínicas y hospitales, espantosamente también se puede hallar en la población más indefensa a nivel mundial: la infancia, en México la prevalencia de sobrepeso y obesidad en niños de nivel primaria es de 24.3% teniendo entre manos un comportamiento muy particular, al egresar de nivel primaria (aproximadamente en edades de 12 años) la incidencia aumenta a 32.5% derivando diversas hipótesis intentado explicar la razón del empeoramiento de su estado de salud, para lo cual los datos numéricos continúan intentado alertar.

Respecto a lo anterior se encontró que solo el 16% de los niños consumen la cantidad mínima necesaria de frutas y verduras (320 gr/día), 19% no excede la ingesta de bebidas azucaradas y el 14% no ingiere cantidades preocupantes de grasa saturada, esto ilustra un problema grave en las decisiones que los adultos que los rodean están tomando, se ha omitido la ingesta variada y por lo tanto surgieron dos polos igual de peligrosos: el desinterés y el cuidado exagerado de la alimentación.

Por un lado, tenemos padres de familia justificando la situación económica como principal razón de no proveer lo que consideran “saludable” a pesar de contradecirse en una preferencia de consumo de productos y alimentos preparados industrialmente de costos no bajos frente a su negatividad de no solo buscar orientación especializada, sino también haciendo caso omiso al intento de actividades públicas que tienen como fin la enseñanza de buenas elecciones. En el otro extremo nos encontramos en hogares herméticos frente a lo que se consume, algunos de ellos con accesibilidad a los ya mencionados alimentos especializados que por lo general no tienen congruencia con el estado de salud de sus hijos, es decir, no existe la condición médica que determine su consumo.

Los dos polos comparten un mismo rasgo de desinformación respecto a la definición de saludable y al entendimiento de lo que el cuerpo necesita, creando próximas generaciones confusas frente a lo que su cuerpo realmente necesita, tendremos aquellos que vagaran por la vida con la frase “de algo me he de morir” y por otro lado tendremos la generación que considera que una posición económica determina en un 100% su estado de salud. La realidad nos encuentra en un diagnóstico o en una cama de hospital, en ese momento las consecuencias derrotaran sus ideales, posiblemente sea tarde por lo que es momento de preguntarnos ¿Cómo cambiar las perspectivas de una buena alimentación en los padres de familia? Proteger a la infancia se ha vuelto cada vez más difícil a pesar de una interminable batalla creativa por crear programas contra la idea compartida entre padres de familia con bases sin ningún sostén científico.

Imagen que contiene alimentos, dibujo

Descripción generada automáticamente *Psico nutrióloga

Elsa Azucena Alfaro González