

Yo no sé de pájaros,
Conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Alejandra Pizarnik
Pedro Santiago Dahl se pasó buena parte de su vida, 57 años para ser exacto, viviendo las historias con las que redactaría una especie de memoria, concentrado de lo que él consideró no sólo lo más significativo que experimentó en todos esos años, sino aquello que le parecía podría despertar en quien lo leyera cierto interés. Nunca llevó algún diario, ni tomó notas que le sirvieran para recordar lo vivido. Su método, si así se le puede llamar, consistía en dedicar cerca de una hora, antes de internarse en el sueño, a sintetizar en su memoria lo que había vivido en el día. Con frecuencia, esa memoria también se alimentaba en sus sueños, aunque muchas veces con el riesgo de que se entremezclara lo sucedido con lo que aún estaba por suceder. “Hoy tengo sortilegio”, les decía a sus únicos dos amigos del pueblo, con quienes tenía la confianza para compartir ese y otros misterios.
La lectura y una endemoniada habilidad para armar y desarmar todo tipo de herramientas (planchas, refrigeradores, tocadiscos, licuadoras, tostadoras de pan, lavadoras, bicicletas, motores de toda clase de vehículos, para mencionar unas cuantas) fueron el sostén de su vida. Con la lectura equilibró su vida emocional y alimentó la ilusión de vivir lo que jamás podría vivir. Era una ilusión no exenta de pesares, sobre todo porque tenía la tendencia a mimetizarse en personajes con vidas plagadas de adversidades, como la del desdichado Franz Biberkopf, que un día sale de prisión con la firme creencia de convertirse en un hombre bueno, pero la vida lo somete a todo tipo de tentaciones, haciéndolo fracasar una y otra vez. La lectura de Berlin Alexanderplatz lo mantuvo en ascuas varios días, con la esperanza de que Franz pudiera encontrar el camino del bien. La omnipresencia del narrador, la riqueza en las descripciones, la ironía y los juegos de palabras con los que Alfred Doblin hilvanó esta historia perturbaron a Santiago Dahl durante varios años. De ese desasosiego vino a salvarlo, ¡quién lo podría imaginar!, la poesía de Alexandra Pizarnik.

En cuanto a las habilidades para armar y desarmar todo tipo de aparatos, las aprendió de la observación y de esa práctica conocida como “Palos de ciego”, es decir el típico método de ensayo y error. Desde niño, Pedro desarrolló un sentido de la curiosidad que no pocas veces lo metió en problemas, es decir algo de lo más común, pero que en su caso solía resolverse en buena lid, porque jamás se quedó con un tornillo extra a la hora de armar lo desarmado.
Su recuerdo más lejano es el suceso que vivió cuando tenía cuatro años y conoció a Nicholas Dahl, su abuelo materno, un alemán al que no le entendía lo que decía, pero sí lo que sentía, expresado por una sonrisa noble y amorosa. Ese momento, que nunca más volvió a repetirse, quedó grabado en su memoria. El abuelo había viajado desde Gengenbach, Alemania, una aldea poblada de flores, para despedirse de su hija. Aunque era aún fuerte y sano como para emprender esa travesía, que le tomó varias semanas, en su pensamiento tenía la certeza de que la muerte estaba muy cerca. Pero no estaba triste, sino solamente preocupado. Quería abrazar a su hija y conocer a su nieto, Pedro Santiago Dahl.
El libro donde Pedro Santiago Dahl reunió los principales sucesos de sus 57 años de vida tiene un título inquietante: Memorias invertebradas o los silogismos del olvido. Su estilo es sencillo y no se entretiene en llenar de datos sus recuerdos, prefiere la poesía como recurso amable para quien se tope con un libro de 742 páginas y una puntuación escasa. De hecho, no hay un punto y aparte en esta travesía. Para muestra, este botón:
Han transcurrido 57 años desde aquella tarde de junio en que conocí a mi abuelo materno, Nicholas Dahl Seller. Yo estaba durmiendo la siesta y su mirada me despertó. Algo poderoso y sensible tenía esa mirada, que como una caricia amorosa envolvió ese presente y lo dejó intacto, como si esencia de ese ser extraño estuviera acompañada por la de todos sus ancestros, en esa ceremonia del adiós, que al mismo tiempo era un amuleto que me acompañaría toda la vida. Alas de mi soledad.

Cuatro Árboles, Egon Schiele.

