

…una cierta soledad que acompaña, una soledad que no mata: una impecable soledad.
Luis Hernández
⎯Es un lápiz legendario ⎯me dice don Tiburón⎯. Llevo, sin mentirte, más de veinticinco años con él.
Me lo quedo viendo.
⎯¿Veinticinco años?
⎯Así como lo ves. ¿Por qué se iba a gastar si nada más lo uso para poner los pinches precios?

Había ido a pedirle prestado un lápiz justamente para ponerle precio a algunos libros, porque, como todos saben (excepto casos patológicos), a los libros se los marca con grafito, jamás con tinta; y ahí don Tiburón sonrió y sacó a colación lo de su lápiz legendario. A todo esto: generalmente trato de evitar a don Tibu porque es de esos libreros que hablan demasiado; ya me ha pasado, en días aburridísimos, incurrir en el error no forzado de preguntarle cómo va la venta, a lo que me ha respondido con sendas disertaciones que indefectiblemente pasan por escabrosos detalles extramaritales de quienes pululan a su alrededor, los vendedores de chucherías, editores, artesanas, periodistas culturales. Me pregunto si sabrá algo de mí. Me pregunto si a los demás les habrá informado de algo sobre mí, pienso mientras don Tibu especula acerca de la historia de su lápiz.
⎯Porque, ¿cuánto se le gastará al poner un precio? Deben ser contadas las veces que le saqué punta ⎯especula don Tibu, sonriendo con malicia, y de uno de los bolsillos de su camisa saca el famoso lápiz, un 2B hexagonal de madera pintada de amarillo, con goma de borrar incluida. Estiro la mano, ansioso:
⎯¿Me lo presta un segundo? ⎯y entonces veo la duda, la vieja duda, dibujada en su rostro.
De golpe, me remito a la primaria, cuando me la pasé pidiendo y perdiendo lápices prestados; era terrible: lápiz que me prestaban, lápiz que por algún motivo perdía, hasta que mis compañeros se hartaron y decidieron no prestármelos más, como una medida grupal. Con un movimiento gimnástico, don Tibu levanta el suyo:
⎯A ver… creo que le saqué punta… déjame ver, sí, sí, la primera vez debió ser en 1998 y después… después en 2006, sí señor.
No puedo ocultar la risa y don Tibu se pone serio:
⎯Qué, ¿no me crees, güey?
⎯No, es decir, sí, claro, le creo, los lápices de antaño eran mil veces mejores que los de ahora ⎯improviso, y don Tibu me sigue mirando con escepticismo, pero yo sigo recordando: tiempo después, para no joder más al prójimo, casi todos los días llegaba a la maldita escuela (ella aparece, cada tanto, en mis pesadillas) con un flamante lápiz nuevo que me preocupaba de ostentar en las narices de mis infames compañeros, pero ya para la segunda hora de clases no lograba hallarlo por ninguna parte; hasta que don Tibu suelta una carcajada:
⎯Tómalo, cabrón, tómalo, pero aguas: me lo regresas de volada, ¿eh?… ¿o quieres hacer como el pinche Changoleón? ¿Eh? ¿No te platicaron como estuvo? Ese hijo de su chingada madre…
Y mientras don Tibu relata una historia de hoteles, cervecerías, estafas y pelos, el que duda soy yo, porque, ¿y si pierdo también este lápiz? ¿Me enemistaría sin vuelta con don Tiburón, cuyo poder aquí, en el centro de este pueblo misterioso, al que no pertenezco, aún no he dimensionado con justeza? Sonrío como puedo, le doy las gracias y rápidamente le arrebato de las manos el legendario lápiz para volver corriendo a esta innombrable librería a poner los ridículos precios de los libros con manos temblorosas, nervioso y triste, sobre todo eso: triste, como si ese pedazo de madera con punta de grafito, tantas veces huidizo, me recordara que en el fondo la vida está hecha así, una pérdida tras otra, en impecable soledad.

Foto: Martín Cinzano

