Fin de una entrevista e inicio de búsqueda de una nueva identidad nacional

(Segunda parte y final)

 

“A México entramos por mar, la barcaza se perdió durante 15 horas, no veíamos tierra, moríamos de la angustia entre olas del Pacífico, milagrosamente vimos al anochecer un lejano fulgor y el lanchero gritó es Salinas Cruz, (sur de Oaxaca) y hacia allá enfiló. Al poner pie en tierra, igual, nos encerraron en una casa. Como siempre, con cuidadores. Al haber cruzado varias fronteras, ya no traíamos casi dinero a pesar de que al inicio nos hicieron pagar por todo el trayecto. En vano, teníamos que seguir pagando, aunque no nos daban casi nada de comer o beber. En las casas donde parábamos, por lo general encontramos distintos grupos que, al hablar lenguas tan diferentes, ni nos entendían ni los entendíamos. Todos de varias nacionalidades, cada grupo con un pollero diferente.

“Cuando les decíamos que ya no teníamos más dinero, respondían: pues de aquí no se mueven hasta que no paguen y de ´velda chica´ (como pronuncian los cubanos esas palabras), nos duele decirte que cuando entramos a México vivimos lo peor de todo el viaje. Como ya habíamos agotado casi todo lo que traíamos para instalarnos a donde llegáramos a E.U., lo poco que nos quedaba lo escondíamos hasta en los zapatos y varias veces me vi precisada, tú sabes chica, a acostarme a fuerzas con distintos guardias. En una ocasión exploté cuando insinuaron que a mi mamá también, ahí si les grité con furia: “Puñeteros mal rayo los parta”, se sorprendieron y ya no insistieron. Pero el maltrato, los abusos y las extorsiones siguieron”.

Mientras escuchaba hablar de sus peripecias a mis entrevistados, a la vez, pensaba en el complicado momento que se vive en la frontera entre E.U. y México y así me preguntaba ¿qué va a pasar con la situación de miles y miles de migrantes mexicanos que llevan décadas allá y que al ser repatriados encontrarán un país políticamente distinto al que dejaron atrás? Al mismo tiempo recordé el magnífico libro de Marcel Proust cuyo título en francés es: A la recherche du temps perdu–En busca del tiempo perdido, novela que, aunque fue escrita entre 1908 y 1922, sigue vigente. Hoy medito en la suerte de los repatriados porque no es lo mismo recibir noticias cuando se vive en el extranjero, que vivirlas en el México que encontrarán.

Esta situación, tarde que temprano, los lanzará en busca de respuestas que los conduzca a una nueva, para ellos, identidad nacional perdida hace varias décadas. Me explico, el México de hoy, al que regresan, no es el que ellos dejaron atrás en el que, para muchos, todo hablaba de un solo partido, el PRI, ahora es igual, todo habla también de un partido pero con orientación muy diferente, no entraré a decir si el actual es mejor o no que el que ellos conocieron, pero es distinto.

Y para muchos, sobre todo los que accedieron a una superior forma de vida, tendrán que hacer un esfuerzo para reencontrarse con la conciencia que les permita acceder a su nueva identidad nacional. Para esto, no será menester que consulten con científicos, ni funcionario alguno, tendrán que recurrir a lo que nunca falla, a la HISTORIA, así con mayúsculas, porque a través de ella podrán encontrar sus raíces, ojo, no me refiero a su cultura que nunca la han perdido afortunadamente. De esta manera, podrán analizar fallas y logros obtenidos desde que ellos se fueron.

De mis tres cubanos entrevistados me despedí en cuanto la amistad que esperaban llegó por ellos, pero quien esto escribe se quedó unos momentos más ordenando mis pensamientos y reflexionando que en breve nos encontraremos pues, ante una avalancha de migrantes de varias nacionalidades que pese a que ingresaron por México rumbo a los E.U, no buscaban quedarse en nuestro país, ni les interesa México, sino que lo hicieron solo como paso, posibilidad que cada vez se alejará más. Yo me pregunto y les pregunto queridos lectores, qué va a pasar con todos aquellos con diferentes nacionalidades no solo latinoamericanos, sino también de lejanos países y continentes, diversidad de nacionalidades que fue creciendo como nunca se había visto antes. Todos traen su propia cultura e identidad porque en estos últimos meses, poco tiempo, no la han perdido.

El problema que se vive a lo largo de la frontera continuará creciendo. Por de pronto al sur de México, ojalá ya exista una frontera porque parada, quien esto escribe en Cd. Hidalgo, Chiapas, hace una década, tuve la oportunidad de asistir cuando el sacerdote José Luis Álvarez encabezó una ayuda humanitaria llevando más de 65 toneladas de víveres y diferentes insumos cuando se desbordó el Suchiate. Durante el traslado en un camión “guajolotero”, entre coros religiosos de monjitas que iban cante y cante, aproveché para entrevistar al sacerdote para mi libro Los Volcanes de Cuernavaca. Al estar frente al río Suchiate, línea divisoria entre Guatemala y México, no encontré un solo guardia u oficina de migración que al menos llevara en ese entonces registro de las entradas al país. Deseo que el Sur Profundo ya esté mejor. Nos leemos el próximo miércoles.

Desde hace años, se vienen cruzando los migrantes sin orden alguno a través del Río Suchiate, pareciera que se encuentran en un balneario y no, es la frontera entre Guatemala y México. Esta magnífica fotografía fue bajada de internet de la página del Grupo Gluc.Mx proporcionada por la autora.

Lya Gutiérrez Quintanilla