Esperanzada tela verde

Blanca Estela de la Soledad Pedroza Hernández*

Diez años viviendo en esta colonia hacen que cualquiera se acostumbre al polvo en las temporadas áridas, al cabello reseco y la piel quemada por el sol abrasador. El piso sin pavimentar, que por el clima de los meses lluviosos hace difícil de transitar, termina por llenar de lodo mis zapatos. A veces me pregunto si algún día cambiará todo esto y, sobre todo, si deseo que cambie. Las colonias aledañas, pavimentadas y con servicios de drenaje y luz, han llegado al acuerdo no escrito de que esté lugar, mi colonia, Ampliación Milpillas, es un basurero. A menudo encuentro camiones descargando escombro en los terrenos baldíos, dejando troncos y ramas secas que son quemadas en el acto. De vez en cuando veo el cadáver de algún perro espolvoreado con cal e hinchado por la descomposición. Estamos lejos de las colonias más desarrolladas, pero lo suficientemente cerca como para que puedan dejar su basura en nuestras calles. Esta imagen se contrapone con los árboles verdes, el pasto silvestre y algunos animales salvajes. Por el día, observo a una parvada de pericos surcar los cielos, y casi de madrugada, regresando del trabajo, una lechuza vuela sin emitir ningún ruido sobre mi cabeza. Sin embargo, la pandemia en el 2020 trae consigo nuevos actores: jóvenes con el torso desnudo, delgados, la piel quemada por el sol y una capa de suciedad acumulada por días sin bañarse. Las personas sin hogar son, inevitablemente, también arrojadas a las esquinas de la ciudad, llegan a parar aquí donde los árboles y los terrenos sin propiedad les ofrecen un refugio. Los observo juntando latas, botellas de plástico y cartón, todo lo que pueda reciclarse. Al inicio son pocos, pero con el tiempo se vuelven una comunidad grande, empezando a crear una nueva cotidianidad. Convivimos porque es inevitable: la vida nos ha arrojado a este lugar. En “Canto de mí mismo”, Whitman aborda la conexión que hacemos con otros humanos; allí el poeta escribió: “No pregunto al herido cómo se siente, soy el herido”. Me parece imposible padecer al otro, que la empatía logre convertirme en el herido y el enfermo, porque designarlos de esa manera los vuelve ajenos. Pienso en los actores de mi comunidad como un ecosistema que se sostiene por el apoyo mutuo. Las condiciones han traído a las personas sin hogar a buscar refugio entre los montones de escombro y basura, pero nos complementamos y creamos un cuadro, en ocasiones absurdo, que posee en común la hierba verde bajo nuestros pies. La hierba es, como diría Whitman, “un jeroglífico uniforme, que significa: crezco por igual en las regiones vastas y estrechas, crezco por igual entre los negros y los blancos (…) sospecho que es la bandera de mi carácter tejida con esperanzada tela verde”.

*Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Imagen cortesía de la autora

La Jornada Morelos