Roberto Abad

Yo tenía 18 años y quería escribir. Así llegué al taller que impartía el escritor Francisco Rebolledo en la Casona Spencer, cuya entrada lateral yace bajo una bugambilia enorme. Nervioso, ante una docena de personas, dije que quería integrarme. El maestro no había llegado aún. Un hombre entrado en años, que vestía overol azul marino y boina café, se acercó y me ofreció una silla en la mesa. Su bigote nutrido y canoso me hizo pensar en los bigotes de la literatura: Faulkner, Fuentes, Benedetti. El suyo parecía de ese tipo, un bigote de escritor. Debe ser un buen taller, pensé.

Se llamaba José Ramón y era el dueño de las librerías La Rana Sabia –la de Rayón y la de Comonfort–. Durante esos lunes de los dosmiles en que nos reuníamos para corregir historias, él era también una especie de anfitrión que lo mismo se preocupaba por eliminar una coma de tu cuento que por traer el café o arreglar la lámpara, eterna enemiga de aquel túnel rocoso con fríos de cueva donde nos daba asilo.

En ese entonces, él escribía breves crónicas sobre pueblos, historias pintorescas con lecciones de sabiduría rural o retratos de personas del campo. Sus críticas eran pausadas; comentaba poco, pero lo que decía siempre estaba atravesado por la sinceridad de un lector que mira el corazón de las palabras. Por eso sus silencios valían la pena.

La Rana Sabia era su vida. Tras el terremoto del 85, llegó a Cuernavaca con su esposa y dos hijos, y el sábado 29 de abril de 1989, con un acervo de libros editados en la República Popular China, abrió un pequeño local en el interior del Pasaje Florencia, sobre Rayón. Luego ocupó un local que daba a la calle, donde permaneció más de dos décadas. Si uno quería un libro, no iba a la Gandhi ni a ninguna otra librería; buscaba a José Ramón y se lo pedía.

Para mí, él se convirtió en un ideal de librero (vocación de quien sabe de libros y los facilita con fervor a otros). Solía encontrarlo cada vez que iba al Centro, caminando con un periódico bajo el brazo o sentado en alguna de las mesas de La Rana, tomando café o sol. Al saludarlo, en automático comenzaba una conversación sobre algún libro que estuviera leyendo, especialmente de literatura oriental. Hasta que, en un punto insospechado, la plática daba un giro y terminaba siendo sobre Rubén Jaramillo, Mao Tsé-tung o Marx. Cuando te dabas cuenta, ya había pasado media hora. Eso. Un librero fomenta la amistad.

De José Ramón aprendí a detenerme. No fueron pocas las veces que lo encontré llevando a cabo una serie de movimientos lentos, con los brazos alzados y la mirada firme, concentrada. Ante la pregunta ¿qué haces?, empezaba a hablarme del taichí, una pasión singular que exponía a la menor provocación. No solo eso: hacía que intentaras practicarlo y, sin importar el sitio –podía ser en la banqueta, a mitad de un restaurante o en el banco–, lo acompañabas a “mover las manos como nubes”.

Con los años, cambió su boina habitual por otra con forma de rana. Tenía sentido, al menos para mí, que la portara con tanto orgullo, aunque fuera extrañísima. Me gustaba ese gesto de humor que me hacía pensar en lo serios y aburridos que éramos los demás. Así era José Ramón: miraba el mundo desde la ironía que se permiten quienes caminan en sentido contrario. No parecía envejecer, sino hacerse más joven, y su realidad, muchas veces, se sostenía de los riesgos que conlleva el ímpetu de los disidentes:

“El negocio no es fácil, aunque no faltan personas que te dicen que no hay uno solo que lo sea. En ocasiones en que estaba apesadumbrado, sacando números, indeciso entre declararme en quiebra o seguir adelante, me sentía como en medio de un río, donde el esfuerzo que significaba regresar al punto de partida resultaba ser el mismo que tratar de alcanzar la orilla opuesta”, llegó a decir.

Lector, promotor y editor de revistas zapatistas, pionero en la difusión de las artes marciales y la cultura de China en México, cofundador de la Sociedad Mexicana de Amistad con China, caminante, orador no exento de un lenguaje grandilocuente, quijotesco cuando era necesario, José Ramón se convirtió en un referente de las calles del Centro y de la vida libresca de Cuernavaca.

Poseía una curiosidad inagotable hacia las nuevas generaciones, una mirada que parecía buscar en ellas respuestas a preguntas sobre la escritura y el pasado. La Rana Sabia no fue sólo un espacio de libros, presentaciones y talleres, sino un territorio vivo donde proyectos emergentes como revistas y editoriales independientes encontraron eco, acaso como un diálogo oculto y a la distancia con su hija, Elisa Corona Aguilar, la escritora de la que más hablaba y de quien sentía profundo orgullo, radicada en Estados Unidos.

La llegada de Amazon, de otras librerías y, finalmente, de la pandemia, hicieron que la librería palideciera y atravesara una crisis que lo llevó a cerrar la sede de Rayón. Luego, en 2022, por cuestiones legales y personales, tuvo que dejar la de la Casona Spencer y, aunque La Rana siguió abierta un tiempo, sin su presencia perdió el espíritu que la hacía un gran lugar. Poco después cerró definitivamente. Ya desde antes, a él se le podía hallar en un espacio del Callejón del Libro, casi sobre Hidalgo, vendiendo los libros que le quedaban. Sin embargo, hubo, a mi forma de ver, una ruptura más profunda: tuvo que afrontar el hecho de despedirse del proyecto que lo mantenía de pie y por el cual era parte fundamental de una comunidad de lectores y artistas. Esa misma comunidad –y me duele decirlo– dejó pasar el hecho. No defendió ni abrazó la posibilidad de la existencia de un librero, quizá de los últimos que quedaban en la ciudad. Porque a las librerías las hacen las personas.

No creo ser el único que aprendió de él cosas importantes; me aferro a algunas que nunca me dijo, que nunca me sugirió, pero que supe ver y escuchar sentándome a su lado: dar zancadas pacientes, reinventarse incluso si acabas de hacerlo, acomodar las palabras pero principalmente desacomodarlas, insistir en cualquier idea si se trata de libros.

A últimas fechas, a José Ramón le entusiasmaba la recuperación de la memoria histórica familiar, sobre todo de su bisabuelo, el general José Ramón Corona, quien luchó en la intervención francesa y fue gobernador de Jalisco. Cambió la boina de rana por una gorra blanca con la leyenda Make America Read Again, y se le veía recorriendo las calles del Centro, como era su costumbre, ahora con un aire nostálgico y cansado.

El 9 de enero de 2025, al correr la noticia de su muerte, pensé en la última vez que lo vi, en junio del año pasado, durante una presentación de dos de mis libros en el Palacio de Cortés. De pronto, entró a la sala, sigiloso como mago, y se sentó. Hizo un comentario breve durante la sesión de preguntas y, al final, nos tomamos una foto con varios amigos del taller. Meses más tarde, recuerdo haber publicado en Facebook un estado sobre mi mala memoria y cómo, por ello, a veces saludaba con entusiasmo a personas que en realidad eran mis hipotéticos enemigos, sin recordarlo. Como pocas veces, respondió al post: “Despreocúpate. Eres perfectamente normal”. Me queda ese consuelo.

Porque si lo dices tú, José Ramón, entonces debe ser cierto. Gracias y hasta siempre.

Hombre parado en la calle

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Foto: Cortesía del autor

La Jornada Morelos