El miércoles de la semana pasada las plataformas de streaming publicaron como cada año su wrap, que no es otra cosa que una serie de diapositivas con un diseño bastante simplón que nos explican con información en números, la música que más hemos escuchado este año. Casi siempre suelo compartir mis números y artistas top en mi Instagram por inercia social, pero también como una manera de dibujar la silueta de quién soy a los ojos de otros contactos con los cuales no suelo compartir mucho, y menos un entorno sonoro. Si lo piensas, es un ejercicio interesante, se puede conocer mucho a una persona por lo que escucha, inclusive por el momento de vida que está pasando.

Este año mi artista más escuchado fue Ólafur Arnalds, y en segundo lugar fue Kanye West y Ty Dolla Sign.

Algo de lo que me percaté este año, es que en algún momento no sé cuándo específicamente, cambié mi forma de escuchar música, hace unos años comprar una bocina me parecía algo indispensable, gasté una buena cantidad de dinero buscando una de la mejor calidad y definición, ahora rara vez la prendo, supongo que tiene que ver con mi forma de vivir tan transeúnte, de lugar en lugar, pero también de cobrar conciencia y respeto que creo merecen las personas con las que convivo, muchas de ellas ya tienen suficiente con escucharme practicar mis instrumentos.

Hace poco una amiga me sinceró: Los músicos están locos, en serio, viví con un guitarrista clásico, y en pandemia estaba apunto de volarme la cabeza, todos los días encerrada con él, mientras practicaba un fragmento de dos compases por horas, por horas! Yo lo quería mucho pero de verdad me taladraba el cerebro.

Lo interesante es que me he dado cuenta de que los artistas que más escuché esté año fueron reproducidos 100% a través de mis auriculares Edifer W800BT, y ambos artistas fueron sonados en situaciones de profunda intimidad; leer y hacer ejercicio, es decir en esos momentos dónde procuro no hablar con nadie, y estar conmigo. Por un lado Ólafur Arnalds me es indispensable para leer, así como para escribir, y por otro lado Kanye West me es indispensable para hacer ejercicio, sin estas dos actividades probablemente yo me volaría los sesos.

Algo que siempre me preocupa mucho es salir de casa sin mis auriculares, de hecho me inquieta más que salir sin cartera, necesito de una manera u otra poder controlar mi entorno sonoro, dictar a qué ritmo mis pasos se encaminan entre baldosa y baldosa, entre vereda y árbol.

Cuando tengo mis auriculares puestos hago de mi entorno una pecera de calma y armonía, un palacio del cual sólo yo tengo llave. Es como si privatizara el espacio público para poder existir en él sin perderme entra la multitud y el ruido que reclama anular tu individualidad.

Mis auriculares son la entrada a mi privacidad, a un mundo que es sólo mío, y que mantengo en secreto, como los pensamiento que sólo viven en mi cabeza.

Escuchar música en mis audífonos se ha vuelto un acto de intimidad, es como si me desplazara sobre este mundo a un tiempo ajeno al del resto, un tiempo más dulce en el que alcanzo el borde del universo mientras me sumerjo bajo agua en el refugio de todo lo que creo ser o he sido.

Andrés Uribe Carvajal