

DE CACAHUATES Y MÁS
Formidable botana cantinera de Puebla, Oaxaca y otros lugares son esos cacahuates a los que dejan su cutícula rojiza y los asan con chiles de árbol y suficientes dientes de ajo fritos por separado, y desde luego con sal.
Dentro de mis cacahuates consentidos están los que en México llamamos japoneses, aunque nunca los he visto en Japón, pero en un restorán de China sí (y no los comen a puñitos, ¡sino con palillos, de uno en uno!). Esa pasta a base de salsa de soya que cubre a cada grano es lo que refiere a la filiación asiática. En México hay muchas marcas, todas pésimas, con una sola deliciosa excepción: esa que es casi homónima de nuestro genial pintor mexiquense de sangre japonesa (sólo cambia la z por una k). Entre las marcas nada recomendables están las que se atreven a ofrecer cacahuates japoneses ¡con limón! (vil química que embauca sobre todo a la gente menuda). Nada mejor para entretener el hambre de una larga jornada sin alimento que una bolsita de mi marca favorita.
He desarrollado la habilidad de lanzar un cacahuate al aire, verticalmente, y cacharlo con la boca. Claro que estos juegos sólo puedo hacerlos a solas o en familia, pues remiten claramente a nuestros ancestros antropoides. A nuestra perra Guayaba, una labradora güerita, la tenía muy entrenada en esa misma destreza. Casi todos los domingos la llevaba a excursionar por la Sierra del Chichinautzin, acá en Morelos, y a varios metros de distancia corría, brincaba y atrapaba el cacahuate en el aire. Podía pasarse horas haciendo esa suerte (y acabándose mis japoneses) para deleite de nuestros compañeros de caminata. Se trata del club de Las Botas Puestas (otro era La Buena Pata, amigos con los que también solía salir a caminar). Aquel es de colegas elegantes, todos parecen ingleses en safari keniano patrocinado por Banana Republic: bermudas o pantalones kaki, camisa de manga larga del mismo color, botas profesionales con gruesas calcetas, sombrero con alta tecnología para el sol, pequeña mochila North Face con cantimplora integrada accesible por un popote que trae colocado al alcance de la boca y bastones de aluminio extra ligero para caminar. (De mí, ni hablar: vestía unos viejos jeans con muchos agujeros, no de esos nuevos que se compran con hoyos prefabricados, sino ganados a pulso en mil batallas campísticas al paso de muchos años, y un alicaído sombrero de lona que como era de un color azul muy intenso lo desteñí con cloro; al haber quedado todo disparejo, solía comentar al desgaire que tenía camuflaje marino); pero ya no ando tan fachoso… Por supuesto, para comer en nuestro descanso, mis amigos llevaban lo clásico de especialistas: nueces, ciruelas pasas y uvapasas, dátiles, granola muy fina, fruta fresca y seca, chocolates y cosas por el estilo. En esos momentos de recreo yo sacaba mis cacahuates japoneses para abrir boca y Guayaba y yo nos dábamos vuelo; cuando ofrecía cacahuates, sólo Pedro Hoth siempre aceptaba (quién sabe cuánto porque le gustan y cuánto porque es el único que nunca llevaba lunch; me desquito en sus generosas invitaciones a La India Bonita, excelente restorán mexicano, de su esposa Michelle y de él). Tampoco me fallan, pues me fascinan, bolsitas de habas con cáscara y de garbanzos secos, ligeramente enchilados, que consigo en misceláneas de barriada. Y también pepitas de diversos tamaños de calabaza y de chilacayote que consigo fresquísimas en el mercado de Cuernavaca. Todos mis queridos amigos me deben considerar medio excéntrico. A Guayaba le dábamos los corazones de las manzanas y los devoraba agradecida. Algunos compadecidos le daban agua de sus cantimploras y me criticaban cordialmente porque yo no lo hacía. Cuando encontrábamos charcos bebía de ellos y si eran grandes se acostaba encima para refrescarse. Yo sostengo que a los perros (que quiero mucho y siempre he tenido) hay que darles vida de perro. Por cierto que en la nomenclatura de nuestros canes han predominado los comestibles frutales: Guayaba, Ciruela, Kiwi, Capulín, todos ya en el cielo canino. Mi actual perro no es fruta pero sí se bebe: se llama Tinto.
Y volviendo a Las Botas Puestas, cierta ocasión nos acompañó a una caminata Chloe, la hija de Roger, especialista catadora mundial de chocolates, y me tuve que comer casi a escondidas un Milky Way que llevaba de postre. “¡Eso no es chocolate!”, apuntó muy seria, y jamás logré que aceptara que, aunque no fuera chocolate, es bastante rico. Y más los Almonrís que no sé si ya volvieron a salir al mercado.
En fin, para redondear el tema de los cacahuates y sus parientes, anoto que siempre que vamos a un restorán chino me llevo una bolsita de nueces de la India para enriquecer algún platillo que incluya ese ingrediente, por ejemplo, unos camarones con salsa de miel y verduras…


