A/ Yo no sé por qué

caminos una vieja historia alemana recogida por los hermanos Grimm, «Die Bremer Stadtmusikanten», se me presenta de pronto convertida en esta torre de barro bruñido en que un alfarero de Acatlán de Osorio fue encimando un buey, un burro, un chivo, un perro y un gallo. En el punto culminante del relato, que corresponde a la torre, los cinco animales unen su música –sus voces discordantes– para ahuyentar a unos ladrones que se creen atacados por seres sobrenaturales. Una versión más del antiguo principio de la unión que hace la fuerza y… Un momento; de pronto surge una duda.

Es cierto. He visto el cuento y encuentro una diferencia: en el relato de los hermanos Grimm los músicos son cuatro: el burro, el perro, un gato y el gallo. ¿Hay algún prejuicio contra los gatos en Acatlán de Osorio? ¿De dónde salieron el chivo y el buey? ¿Se trata de una variante europea, anterior –o posterior– a la recogida por los lingüistas alemanes? O ¿es una versión local, del estado de Puebla o del alfarero mismo?

Tal vez la diferencia no tenga nada que ver con la historia. Quizá son motivos de orden plástico, no narrativo, los que dictaron esta composición.

B/ Cubre a sus criaturas

el Ángel de la Muerte. Con qué ternura sostiene los esqueletos que se encogen en posición fetal, según la antigua costumbre indígena de tantos parajes en la Tierra, para volver al seno de la Gran Madre. Dijo Sabines:

Hay que mirar los niños en la flor de la muerte

floreciendo,

luz untada en los pétalos nocturnos de la muerte.

Hay que mirar los ojos de los ancianos

mansamente encendidos, ardiendo en el aceite

votivo de la muerte.

Hay que mirar los pechos de las vírgenes

delgados de leche

amamantando las crías de la muerte.

Hay que mirar, tocar, brazos y piernas,

bocas, mejillas, vientres

deshaciéndose en el ácido de la muerte.

Novias y madres caen,

se derrumban hermanos silenciosamente

en el pozo de la muerte.

Ejército de ciegos,

uno tras otro, de repente,

metiendo el pie en el hoyo de la muerte.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido