La constante discusión médica sobre la definición y categorización de la obesidad ha perdurado limitando el desarrollo de posibles soluciones, el proceso de entender a esta enfermedad ha generado un aumento exponencial sobre comorbilidades y defunciones que tienen como origen su presencia en el cuerpo humano, en las estadísticas mundiales se aprecia la manera en que el organismo se deteriora de manera general lo que conlleva a los individuos a padecer enfermedades crónico degenerativas que lamentablemente han sido normalizadas dentro de la comunidad médica así como en el ámbito social e incluso político.

Definirla como enfermedad o no, es una de las discusiones que perduran en la actualidad, la justificación de su concepción se basa en los efectos negativos respecto de la salud de un individuo que vive con obesidad; lamentablemente el enfoque se basa en rasgos medibles por la medicina sentenciando y entendiendo a la obesidad como una enfermedad que hay que revertir, para lo cual -debido a la tradición médica- se debe diseñar una metodología que la revierta utilizando la herramienta de la farmacología para su tratamiento. Durante los últimos años han sido utilizados diversos medicamentos que nunca tienen como principal objetivo el combate a la obesidad, pasamos por el uso de metformina hasta llegar a Ozempic, un medicamento extremadamente caro pero prometedor en el campo de la obesidad.

Los anteriores fueron creados para el control de diabetes por lo que su objetivo de batalla por lo general es la modificación del comportamiento del páncreas y riñón, órganos afectados por la patología a la que pretenden atender, por lo tanto, tiene como efecto la reducción de peso, generalmente traducido en un desorden en la producción de insulina en personas que no sufren diabetes y percibido en una pérdida muscular (sarcopenia) que genera una apariencia de delgadez entendida como “saludable”.

Aunque todavía no existe evidencia científica sobre los daños ocasionados en el uso de estos productos en pacientes no diabéticos, algunos especialistas prevén daños en páncreas y tiroides teniendo como teorías la probabilidad de generar cáncer por su uso constante; sin embargo, el riesgo vale la pena para el campo médico, recordando el juramento hipocrático donde se coloca a la salud, ante todo, justificando los medios y los miedos.

Pero con todo este panorama de preocupación y riesgos, existe todavía un crecimiento exponencial de individuos con obesidad de todo tipo, inclusive la más grave: la obesidad mórbida donde el riesgo de la salud es de vida y muerte; ante este panorama las acciones médicas son estrictas: dieta hipocalórica (de 600 a 900 calorías por día), tratamiento farmacológico (uso de metformina, fentaminas u Ozempic si su economía lo permite), ejercicio extenuante y apoyo de algunos suplementos que aceleren el proceso para finalmente inducir a la cirugía bariátrica que promete revertir el problema; a pesar de estas acciones algunos pacientes no logran cumplir con las indicaciones y algunos otros recaen, ¿Por qué?

Los más apegados a una moral social agresiva responden que son estos mismos individuos quienes deciden enfermarse llevando a su cuerpo a situaciones extremas, algunos otros los compadecen y ofrecen medicación para resolver “su problema” y muy pocos se acercan a ellos con un trato humano. Olvidamos que en el Siglo XXI la salud ya no es vista como un proceso orgánico maquinado, estamos frente a seres humanos con vivencias propias y dolores emocionales que los encamina a un proceso autodestructivo totalmente involuntario.

Detrás de la obesidad se esconde un individuo que está sufriendo no solo el daño a su salud, nadie le ha preguntado que siente, nadie le ha enseñado a entender y reconocer sus emociones pues nos encontramos frente a una sociedad que juzga, opina, pero no soluciona, se ha priorizado el sufrimiento del cuerpo y hemos dejado atrás el dolor del alma que cada persona lleva dentro.

Sin entender exactamente lo que pasa, el enfermo de obesidad recibe regaños, es juzgado constantemente por su cuerpo, le ofrecen tratamientos que probablemente los lleve a más dolor y entonces se aísla, se oculta en medio del desastre emocional que lo mueve hacia la compulsividad, no es escuchado y se ahoga en su dolor, día a día es peor y su único consuelo es despedirse de sí mismo, cerrar los ojos y dejar que la naturaleza haga lo suyo. Pasa a ser una estadística más, otro fracaso de las ciencias de la salud, otro fracaso de la sociedad que ha olvidado que ante todo somos humanos.

Imagen que contiene alimentos, dibujo

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*Psico nutrióloga

Elsa Azucena Alfaro González