

Déjense de tonterías: nadie está a favor del aborto por el aborto mismo. Nadie está en contra de la vida a menos que sea fanático de Hitler, Franco, Pinochet o Díaz Ordaz. Utilizar como argumento estar “a favor de la vida” es un acto tramposo. Nadie puede votar a favor de la muerte a menos que sea otro fanático de la Santa Muerte (así, con mayúsculas) u otras linduras enajenantes. Conducta absurda, propia de un pueblo enajenado y distraído.
No convirtamos esto en una discusión absurda. Los panistas fanatizados exclaman con escándalo farisaico estar a favor de la vida y se oponen a la despenalización al aborto en todas, sí, todas, sus posibilidades. Condenan sin más a las mujeres que han decidido abortar, las someten a su muy particular juicio y las envían al infierno de la culpabilidad pecaminosa. Se asumen como Obispos, Escribas y Maestros de la Ley, Fariseos…
Cada año se practican en México más de 750 mil abortos clandestinos y la 3ª. parte de ellos han acarreado complicaciones. Esto no es un tema penal sino de Salud Pública que tiene que asumir el Estado. Esto afirma la Ministra Ana Margarita Ríos Farjat. Y abunda:
“… ese alegato del derecho a la vida esconde ideas machistas que limitan la libertad de las mujeres y las castigan por interrumpir la gestación. Lleva también implícita la idea de una maternidad por castigo de la que todos pueden opinar mientras reprueban a la gestante”.
Convertirnos en jueces de nuestras prójimas que, además del estigma, la impotencia y el abandono, tienen que enfrentar una acción penal, es una actitud enferma. Los fariseos, en tiempos de Jesús, llevaron –escandalizados- al Maestro, una mujer pecadora y lo conminaron a que la condenara como marcaba la Ley de Moisés. Jesús los exhortó a examinarse a sí mismos, considerarse libres de pecado y, así, arrojar la primera piedra. Uno a uno fueron alejándose. Entonces Jesús preguntó a la interfecta: -Mujer, ¿quién te condena? -Nadie, Señor, contestó ella. -Tampoco yo te condeno, vete en paz.
No es el caso, me dirá más de un avezado lector. Sí que lo es, le responderé, en tanto que el mismo Jesús –a quien estos escandalizados panuchos presumen seguir- da una estupenda lección de misericordia, comprensión y perdón a todos aquellos que quieran convertirse en jueces de conductas ajenas.

Es éste un asunto de complicada atención en tanto que corresponde su discusión a la Medicina, a la Sociología, a la Ética, a la Política, a la Psicología. Más todavía, a la BIOÉTICA. Tiene que ver también con patrones culturales, con el papel del machismo y del sexismo en nuestra sociedad actual; con la independencia, en pleno sentido, de la mujer. Porque no se trata sólo de emitir una Ley con la pretensión de resolver definitivamente todo este entramado. Una ley -sea permisiva o restrictiva- es de hecho incompleta si no se toman medidas urgentes de política familiar, vivienda, sanidad y trabajo acompañadas de acciones educativas pertinentes. Se trata de atacar las causas de los abortos no sólo de castigar su ejercicio y de esconder las consecuencias. Todo ello implica respetar la vida.
Se trata asimismo de construir un sentido laico y libertario para la sexualidad de las mujeres, sin sentimientos de culpa, no de someter sus cuerpos al tutelaje masculino despojándolas de su voz propia para decidir por ellas. Aquí, la sacrosanta madrastra iglesia no tiene mucho que decir…lamentablemente. El Papa bien haría en defender a los niños que han sufrido ultrajes por sacerdotes enfermos, pederastas, insatisfechos, frustrados en su propia vida. No condenar el aborto per se. Otro Papa –que por cierto murió “en olor de santidad”- Pío XII, ¡nunca! abrió sus beatíficos labios para condenar la masacre que los nazis cometían día con día contra el pueblo judío (convertido hoy en un nuevo ejército nazi contra los palestinos). La Iglesia nos mintió cuando dijo que la píldora anticonceptiva causaba cáncer, que tenía pruebas científicas. Nunca condenó al tabaco porque no se trataba del sexto mandamiento. Este “pecado” es el único que atraviesa sus castísimos pensamientos.
Hace poco más de 5 años un grupo de mujeres creyentes de diferentes denominaciones emitieron un documento cuyos puntos principales decían: “Como acción y fundamento del Evangelio, Jesús proclamó la vida en plenitud para todo ser humano (Jn. 10,10). Las mujeres y los hombres de fe que defendemos el derecho de las mujeres al aborto legal y seguro, amamos y defendemos la vida en abundancia. NO PROMOVEMOS EL ABORTO más sí reconocemos la necesidad urgente de detener los abortos clandestinos que matan a miles de mujeres cada año en nuestro país, y la de evitar la muerte de niños recién nacidos abandonados en los basureros, o a los pocos meses por desnutrición, o a raíz de la explotación y el abuso… Afirmamos el respeto a las decisiones informadas y responsables de quienes toman como opción última interrumpir un embarazo no deseado… Afirmamos que el papel de las iglesias es acompañar con respeto las decisiones de las mujeres”.
Y del Estado también, añadiría yo, el cual tiene la obligación de legislar para el Bien Común o, mejor, para el bien de las mayorías y -sobre todo- de las más empobrecidas.
Por otra parte, cargamos mucha indignación y rebeldía contumaz frente a los crímenes cometidos por los delincuentes y los poderosos contra el pueblo. Al mismo tiempo, portamos la voluntad radical de no despegar los dedos del renglón en esta lucha cotidiana.

