

Inventar palabras
(Primera parte)
Una de las clases que más disfruto impartir es la de morfología. Enseñar cómo es la forma interna –el ADN– de las palabras me sirve para muchos propósitos, pero lo que más me interesa es que mis alumnos entiendan que tienen el poder de inventar palabras para nombrar cosas que aún no han sido nombradas. Siempre empiezo con la pregunta ¿para qué sirven las palabras y por qué es importante inventar nuevas?
Inventar palabras nos ayuda a desautomatizar la relación que tenemos con el lenguaje. En nuestra cotidianidad, a veces, tendemos a usar modos de habla estandarizados, homogéneos, que terminan por gastar los significados profundos de lo que decimos. En los grupos de amigos, por ejemplo, todo el tiempo se inventan palabras que derivan de chistes internos o de contextos específicos. En mi época de la preparatoria acuñamos el verbo javear, en referencia a Javo, uno de mis amigos, que tendía a complicar todas las cosas. Lo que era una sencilla tarea, que para el sentido común podía resolverse fácilmente, en su mente, se enmarañaba y se complicaba a niveles tan asombrosos, que cuando alguien comenzaba a hacer algo similar, decíamos: Estás javeando la situación. ¿Podríamos haber dicho complicar? Sí, pero esa palabra no alcanzaba a nombrar la singularidad de esa complicación. Por eso nació esa palabra.
Los teóricos recurren mucho a esto. Inventan palabras para nombrar fenómenos y conceptualizar.
Un ejemplo que eso tiene sus orígenes, cómo no, en los griegos. Se sabe que los discípulos de Pitágoras escuchaban sus lecciones sin verlo porque se ocultaba detrás de una cortina: la idea era que se concentraran en su voz y no en su imagen. Los llamaban acúsmaticos, que proviene del griego akousma (ἄκουσμα), que significa «lo que se oye» o «cosa oída». El término acousmatique fue recuperado por Jérôme Peignot en su artículo de 1960 De la musique concrète à l’acousmatique y conceptualizado más tarde a lo largo de la obra de Pierre Schaeffer. Una definición sería: aquel sonido que nos llega, pero sin que conozcamos o veamos la fuente en la cual se origina.

Este concepto fue retomado por Michel Chion en una serie de ensayos sobre el sonido en el cine. Para explicarlo, acuña más neologismos como acusmaser (la voz sin cuerpo), anacusmaser (la alianza imposible entre un cuerpo y una voz) o acusmadre, derivada del anterior, con el que designa a la perturbadora voz de la madre de Norman Bates en Psicosis.
Slavoj Žižek también ha utilizado la acusmática para ejemplificar las variantes de la noción lacaniana de objeto/voz que se emancipa de un cuerpo. Por ejemplo Charles Chaplin quien, al revelar su voz por vez primera, emula a Adolf Hitler en El gran dictador; o las palabras soeces que brotan de la boca de Regan poseída en El exorcista o la melodía que se escucha sobre el cuerpo inerte de la cantante en Mulholland Drive de David Lynch. La imagen acusmática en el cine funciona de esa forma: un cuerpo nos revela una voz ajena, lejana, fuera de escena que, sin embargo, podemos ver de cierta forma. Aparece lo que está oculto sin dejar de estar oculto.
Esta invención de palabras invita al pensamiento y a la reflexión. Nos ayudan a mirar con más atención lo que nos rodea. Palabras nuevas y palabras antiguas son, diría un poema de la tradición náhuatl de la Huasteca de Hidalgo: “una ventana, una puerta. /Un asomarse de modo distinto a las cosas divinas y humanas, / a cuanto es ser y vida en la tierra”.
Mi tercer punto sobre por qué es importante inventar palabras tiene que ver precisamente con modos de ver pero colectivos. Es un acto que nos vincula con nuestras comunidades. Los lenguajes condensan formas de pensamiento, culturas, interacciones y procesos complejos. Los niños que inventan lenguas y lo comparten con sus hermanxs y amigxs, son prueba de ello. Dice Giorgio Agamben:
el niño nunca está tan contento como cuando inventa una lengua secreta. Pero su tristeza no proviene tanto de la ignorancia de los nombres mágicos como de su dificultad para deshacerse del nombre que le ha sido impuesto. No bien lo logra, no bien inventa un nuevo nombre, tiene en sus manos el salvoconducto que lo lleva a la felicidad.
Eso me conduce a mi tercer y último punto: inventar palabras es divertido.

