Morelos es un territorio multicultural y diverso, lo ha sido así desde tiempos antiguos. Su ubicación geográfica y las bonanzas de la naturaleza han abonado a ello. En el México precortesiano, nuestra entidad albergó a los olmecas que se asentaron en el oriente de la entidad pero también en Gualupita y sus ojos de agua en Cuernavaca. La acrópolis de Xochicalco que floreció brevemente tras la caída de Teotihuacán, supuso un punto de encuentro de civilizaciones prehispánicas que no en vano modificaron y unificaron ahí el calendario que los rigió. El ascenso del señorío de Cuauhnahuac derivó no solo en el sometimiento de nuestro actual territorio al imperio mexica, sino también en lazos de sangre que unieron a locales con fuereños, siendo el referente más destacado el de Moctezuma Ilhuicamina, quien fue hijo de Huitzilíhuitl, y de Miyahuaxihuititl hija del señor de Cuauhnahuac.

Durante el virreinato, el territorio que hoy es Morelos fue parte del trayecto del Galeón de Acapulco, mal llamado Nao de China, en su momento la ruta comercial más importante de la humanidad, uniendo el lejano oriente con el puerto de Sevilla. Entonces no fueron pocos los personajes que por diversos motivos pisaron el suelo morelense. Entre ellos estuvieron San Felipe de Jesús, protosanto de México, así como el samurai Hasekura, embajador del imperio japonés ante la corte española y ya en el ocaso del virreinato al Barón von Humboldt, a quien se atribuye haber bautizado a Cuernavaca como un sitio donde la primavera es eterna.

El turbulento siglo XIX, engrosó la relación de viajeros extranjeros en Morelos, rubro que ha sido ampliamente difundido y documentado. La pluma de personajes como la marquesa Calderón de la Barca, Ulysses S. Grant, Carl Kevenhuller y Paula Kollonitz dieron cuenta del paraíso que fue Morelos. Pero más allá de los visitantes, Morelos fue tierra fértil para extranjeros que quisieron hacer de la entidad su patria chica. Los españoles por razones históricas y culturales fueron los decanos de las colonias extranjeras. Destacó Pío Bermejillo, quien llegó después de consumada la independencia y que sé consolidó como uno de los hombres más prósperos del México decimonónico. Bermejillo fue entre muchas cosas, un acaudalado empresario azucarero y su familia fue víctima de los cruentos asesinatos en las haciendas de Chiconcuac y San Vicente en 1856, hecho que se atribuyó intelectualmente a Juan N. Álvarez y derivó en la ruptura de las relaciones diplomáticas con España.

Amainadas ya las aguas durante el porfiriato, las colonias extranjeras comenzaron a establecerse en el próspero y pacificado Morelos. A los españoles se sumaron, como se mencionó recientemente en este espacio, los británicos. La Revolución del Sur, significó no solo un éxodo de extranjeros, sino también de morelenses, no en vano para 1920, Cuernavaca tenía siete mil habitantes y Cuautla cuatro mil. Sin embargo, el presidente Calles y el embajador Dwight Morrow pusieron a Cuernavaca de moda y no solo regresaron los turistas, sino los extranjeros a establecerse de manera definitiva en Morelos.

Destacaron la colonia americana, seguida por la española que curiosamente se nutrió primero de quienes vinieron a “hacer la América” de talante conservador y franquista seguidos después en la década de los treinta por los exiliados republicanos. Unos y otros dejaron honda huella en Morelos, asimilándose y contribuyendo a la grandeza de Morelos, aquí se ha dado cuenta de personajes como Don Manuel Suárez, Don Serafín Larrea, Don Agustín Nieto y Constancia de la Mora.

La comunidad judía, aún presente, no pudo estar mejor representada que por Leon Davidoff y su esposa Ruth Mizhari, personajes entrañables y recordados en Cuernavaca. La colonia japonesa, iniciada por Kaichi Abe Matsumura en los días más cruentos de la revolución, se ha robustecido y no son pocos los nikkeis que hoy viven en Morelos, una página oscura de la historia local lo representa el hecho de que la histórica Hacienda de Temixco fue campo de concentración de japoneses, muchos de ellos ya mexicanos, durante la Segunda Guerra Mundial.

A todos los anteriores se sumaron extranjeros de todas las latitudes, no era sorpresa encontrar en Morelos a libaneses, rusos y polacos. La céntrica calle de Guerrero en Cuernavaca, que fue por varias décadas el referente comercial de la ciudad, era sin temor a exagerar una suerte de Torre de Babel donde convergieron comerciantes de todos los rincones del planeta.

Mención aparte merecen los italianos, desde la reina María José de Saboya que vivió buena parte de su exilio en Cuernavaca, hasta familias como los Piazzezi y los Sachi, hoy continúan representados por Marco Certo y su Instituto Botticelli.

La segunda mitad del siglo pasado, representó un auge en la colonia americana, hecho que ha sido ampliamente documentado por Paco Guerrero Garro, así como con la presencia de “Snowbirds” canadienses. Desafortunadamente la inseguridad que priva en Morelos, aunado a la anarquía urbana y la falta de servicios médicos de calidad, ahuyentaron a estas colonias, no a otras latitudes, sino a localidades mexicanas con mejor calidad de vida como lo son San Miguel de Allende, Ajijic y otros destinos de playa.

Hoy la ausencia o disminución de colonias extranjeras es una clara muestra de los mucho que ha perdido Morelos, de los que se debe recuperar, sin embargo, queda la semilla sembrada por tantos extranjeros que eligieron a Morelos como su segunda patria a través de los muchos morelenses de ascendencia extranjera, quienes desde su discreta y particular trinchera bregan por un Morelos mejor.

*Escritor y cronista morelense.

Foto en blanco y negro de personas en una calle

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Calle de Guerrero, Cuernavaca, fuente: Cuernavaca Antiguo. Cortesía del autor

Roberto Abe Camil