La abeja haragana, fue referida por el escritor uruguayo Horacio Quiroga en 1918 en su libro “Cuentos de la Selva”. Se trata de una abeja obrera indistinguible de todas las demás de su clase, a no ser porque se niega a trabajar y regresar a la colmena con la miel que colecta. Al contrario de otras abejas obreras, ella misma se come el poco néctar que colecta. Si no es por la reputación del autor, pensaríamos que la abeja haragana solo es fruto de su ferviente imaginación.

Las abejas obreras son una casta de abejas cuyo único trabajo es llevar el néctar de las flores a las colmenas, donde se convertirá en miel. Pasan su vida volando varios kilómetros en el campo soleado, llenando sus estómagos de néctar de las flores que encuentran. Su vida es corta y mueren sin dejar descendencia. Sus órganos sexuales nunca maduran. En cambio, las abejas reina pasan su vida en la colmena, alimentadas, cuidadas y con una vida dedicada a la reproducción. Este dimorfismo en apariencia y comportamiento ha fascinado a la humanidad desde los tiempos del naturalista y militar romano Plinio el Viejo (Siglo I d. c.).

Las abejas reinas y las obreras tienen el mismo contenido de genes, sus genomas son idénticos. Las larvas de las abejas, aunque nacen de los mismos huevos fecundados de la abeja reina, son alimentadas de forma diferente: jalea real ilimitada para las larvas destinadas a ser reinas y jalea simple y en menor cantidad para aquellas destinadas a emerger como abejas obreras. Cabría decir que en este caso “infancia -y alimentación– es destino

Los biólogos moleculares conocen que las diferencias entre abejas obreras y reinas son ante todo epigenéticas. Las abejas, presentan diferencias sorprendentes en los genes de su cerebro básico, debido a ciertas «marcas moleculares» en el ADN. Durante el desarrollo de las abejas, una enzima llamada metilasa modifica una de las cuatro bases nitrogenadas del ADN, comúnmente llamadas «letras» (A, T, G, C). Las citocinas o “C´s” adquieren un pequeño grupo químico llamado metilo. Este proceso de «metilación» actúa como un control: permite que ciertos genes se activen o desactiven, moldeando así el rol que la abeja desempeñará en la colonia, ya sea como reina o como obrera.

Aunque las abejas reina son las responsables de la reproducción en la colmena, las obreras cumplen con una variedad de tareas esenciales. En su juventud, salen al exterior en busca de alimento, pero más adelante, asumen otros roles dentro de la colmena, como el cuidado de las larvas (actuando como «enfermeras») o la vigilancia como «guardias». Curiosamente, estos cambios de comportamiento van acompañados de modificaciones en los patrones de metilación de su genoma, lo que significa que, a nivel genético, estos roles pueden ser revertidos.

La epigenética es un concepto desarrollado por el investigador de origen escocés, Conrad Waddington, en 1942, para explicar el acoplamiento diferencial entre el genotipo –la información genética de los individuos– y el fenotipo –el conjunto de características observables de los individuos. En un mismo organismo, todas las células son idénticas genéticamente y, sin embargo, ¡son tan diferentes! Comparemos las neuronas con las células musculares, o con los linfocitos de los mamíferos. Son células morfológica y funcionalmente distintas a pesar de tener el mismo genoma. Waddington intuyó que, desde el desarrollo embrionario hasta la formación de un individuo adulto, hay señales que definen el destino celular, pero también el medio que rodea al individuo tiene un papel.

Hoy la epigenética es un campo científico de gran actividad, y esencial para entender la influencia del medio ambiente en la salud, el desarrollo y la adaptación de los organismos. Logra esto a través de cambios temporales, y en ciertos casos permanentes, en el ADN sin alterar el contenido hereditario. La metilación del genoma es uno de ellos.

Quizá, en el fondo molecular del comportamiento de la abeja haragana, haya una sutil alteración del perfil de metilación de sus genes. Algo no previsto por la imaginación del escritor, y cuyo significado profundo aún tratan de descifrar los científicos.

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Víctor Manuel González