

Visión de Anáhuac
La narrativa de cada civilización es la que a fin de cuentas sustenta la identidad y el arraigo en el territorio. A éste respecto es que Alfonso Reyes reflexionó de manera magistral en un corto ensayo titulado como la columna de hoy, en donde primero argumenta que los hechos políticos terminan por ceder su lugar a ”los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones”. De esta manera, Reyes va hilvanando su recuento a través de cartas, comunicados y tratados del siglo XVI, sirviéndose de los recuentos de los viajes de navegadores y futuros conquistadores, quienes serían transportados “en barcos diminutos que se deslizan por una raya que cruza el mar”.
Entre las visiones más sorprendentes contenidas en aquellos documentos se refiere la vegetación paradisíaca colmada de frutas y plantas indescriptibles, destacando aquellas con geometrías excepcionales como la biznaga mexicana, los “órganos”, los magueyes y los nopales, cuyas pencas les recordaban magníficos candelabros. También se mencionan en estos registros la desecación del valle de México a lo largo de tres civilizaciones, desde Nezahualcóyotl pasando por Luis de Velasco y terminando con Porfirio Díaz, siempre con la consigna de secar la tierra para el paso de las grandes obras que separaban al preciado líquido del ecosistema general.
Es así que a través de los textos antiguos se puede reconstruir la esencia del paisaje, así como sus cambios. Reyes refiere en su ensayo la audacia del Barón de Humboldt, admirado por “…adquirir su sabiduría viajando y el hábito de escribir únicamente sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida”. La escritura de Reyes es clara y portentosa, describiendo el paisaje del Anáhuac con una fina sutileza al referirse a la laguna salada sobre la que se asienta la metrópoli, en donde se mezclan el agua dulce y la salada con “ritmos de marea”, y en donde la ciudad azteca asemejaría una “inmensa flor de piedra”.
La visión de Anáhuac refiere masas cúbicas pétreas cubierta de diseños y de grecas, pero en especial menciona tres lugares en donde se centra la vida de la ciudad: la casa de los dioses, el mercado y el palacio del emperador. Este primer cuadro estaba evidentemente rodeado de barrios con sus templos comercios y mercados secundarios. Al respecto, Bernal Díaz del Castillo comenta que el zumbar y ruido de la Plaza Mayor asombraría a los que hubieran estado en Roma o en Constantinopla, esto quizá por la intensidad de los intercambios, también abrumando a Cortés, quien recorría incesantemente el lugar sin encontrar una estrategia para dominar la efervescencia de ese pueblo.
Por último, el relato refiere los famosos jardines de Moctezuma, algo así como un vergel inconmensurable que contaba con “…diez estanques de agua dulce o salada, para todo linaje de aves palustres y marinas,” además de culebras, tigres, lobos, y leones enjaulados, a cuyo cuidado se consagraban trescientos hombres. Este magno museo de historia natural se complementaba “con aposentos donde viven familias de albinos, de monstruos, de enanos, corcovados y demás contrahechos”, dando a los jardines un carácter inaudito y prodigioso.

Reyes termina la visión reconociendo el esfuerzo comunitario a lo largo de los siglos por tratar de contener esa naturaleza indómita y violenta que caracteriza a nuestro paisaje, argumentando que lo que nos une es la raza de ayer, esa comunidad que es “…mucho más profunda que la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural, [en donde] el choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra enseguida un alma común”.
Libro descargable en :
https://www.fondoeditorialnl.gob.mx/pdfs/visionanahuac.pdf

Mapa Nuremberg de Tenochtitlan, 1524. Cortesía The Newberry Library, Chicago, Edward E. Ayer Digital Collection

