
“No te entendimos”: la violencia colonial contra las lenguas indígenas
El pasado 2 de marzo, durante la presentación del serial deportivo “México Imparable – Raíces de Tierra”, realizada en la zona arqueológica de Monte Albán, la destacada corredora rarámuri Lorena Ramírez fue invitada de honor. Es una de las corredoras de resistencia más notables de México, ganadora de competencias de ultradistancia y representante internacional de la tradición atlética rarámuri, cuya práctica del correr forma parte de una larga herencia cultural y comunitaria. Tomó la palabra ante el público y habló en rarámuri. Cuando terminó su intervención, el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara Cruz, respondió con una frase que dice más de lo que aparentemente dijo: “no te entendimos tu… en tu idioma… en tu lengua, pero sí vimos tu expresión y la invitación que nos hiciste para participar… en este evento nacional”.
En los días posteriores, organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos lingüísticos criticaron sus palabras, señalando que en un evento que pretendía reivindicar las llamadas “raíces” culturales de la nación ni siquiera se hubiera previsto la presencia de una persona intérprete que pudiera traducir al español.
El problema no radica únicamente en una frase desafortunada. El acontecimiento revela algo más profundo: la persistencia de una estructura colonial en la forma en que el Estado mexicano organiza el espacio simbólico. En un evento que buscaba celebrar las “raíces” culturales del país, una mujer indígena fue invitada a hablar, pero no se generaron las condiciones mínimas para que su mensaje, en su lengua, pudiera ser comprendido por una mayoría hispanoparlante. La responsabilidad de “hacerse entender” recayó así en quien hablaba rarámuri y no en la institución que organizaba el acto.
Esa inversión de responsabilidades —en la que el rarámuri aparece como obstáculo y no como un derecho lingüístico— constituye una de las formas más persistentes de violencia colonial y una de sus trampas epistémicas más sutiles: no es la que impide hablar, sino la que establece de antemano qué lenguas pueden ser escuchadas y cuáles no son consideradas legítimas para la comprensión pública.
En México ocurre algo revelador: al español se le llama “idioma”, mientras que las otras se nombran simplemente “lenguas”. Lingüísticamente no existe diferencia entre una y otra. Sin embargo, esa distinción deja ver una jerarquía históricamente arraigada. La “lengua” evoca naturalidad o primitivismo; el término “idioma”, en cambio, sugiere complejidad, civilización y razón.

Esta jerarquización, oculta en la propia nominación, tiene consecuencias concretas en la forma en que se organiza el espacio público. La respuesta del gobernador condensa, quizá sin saberlo, una larga historia de colonialismo lingüístico: la lengua indígena aparece como el problema, cuando en realidad el problema es cómo, durante siglos, se ha configurado un espacio público excluyente en el que el español es la única lengua considerada legítima para la interlocución política.
En ese contexto, la presencia de Lorena Ramírez termina siendo instrumentalizada: aparece como figura decorativa que legitima un discurso nacionalista que sigue reproduciendo una lógica racista y colonial.
Hay además un detalle revelador. Lorena Ramírez es rarámuri, originaria de la Sierra Tarahumara, en el norte del país. Sin embargo, su participación ocurrió en un acto celebrado en Monte Albán, en Oaxaca, uno de los centros más importantes de la antigua civilización zapoteca. La distancia geográfica e histórica entre ambos contextos parece no importar cuando se trata de representar “lo indígena” en el discurso nacional. El nacionalismo cultural suele privilegiar el pasado arqueológico —las ruinas, las civilizaciones antiguas, las “raíces”— mientras que los pueblos indígenas contemporáneos aparecen integrados como símbolos de continuidad cultural. Tradiciones, lenguas y pueblos separados por siglos y miles de kilómetros terminan reunidos en una misma imagen indiferenciada.
Quizá ahí reside una de las paradojas más persistentes del nacionalismo mexicano: celebra el esplendor de las civilizaciones originarias, pero no siempre está dispuesto a escuchar, en el presente, a quienes todavía hablan sus lenguas. Mientras el pasado indígena es exaltado como patrimonio, las lenguas indígenas vivas siguen siendo tratadas como un problema de comunicación. Y esa distancia —entre la raíz celebrada y la voz contemporánea que no se escucha— es todavía una de las formas más sutiles de la violencia colonial.
Añado un par de líneas para expresar mi solidaridad con el movimiento estudiantil de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos en el contexto de la situación que atraviesa. El estudiantado de las universidades públicas sigue siendo de los actores que generan y articulan algunos de los discursos más críticos sobre la vida pública y sobre las demandas sociales más urgentes.
* Doctor en filosofía, posdoctorado UAEM


