
La Razón de Ser de la Universidad
La razón de ser de la universidad son sus estudiantes. Desde luego, existen otras razones que justifican su existencia —la investigación, la creación cultural, la formación de profesionales—, pero solo en las manos de los alumnos descansa realmente el futuro de la universidad y, en buena medida, el de la sociedad.
En los últimos años, los problemas financieros —y más recientemente la violencia— han erosionado la voluntad de enseñar y aprender en la universidad pública de nuestro estado, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. El reciente feminicidio de la estudiante Kimberly Joselyn Ramos Beltrán estrechamente ligada a la comunidad universitaria ha sacudido a la Rectoría, a los alumnos y a la sociedad morelense. Este hecho trágico revela con crudeza el estado de vulnerabilidad en el que se encuentran las jóvenes estudiantes de la universidad. Al mismo tiempo, refleja una realidad más amplia: la incapacidad de las políticas sociales recientes para contener la violencia que atraviesa al país. No debería sorprendernos que los problemas del estado y de la nación terminen reproduciéndose dentro de una comunidad universitaria que también forma parte de esa sociedad.
La universidad sigue siendo, pese a todo, una institución fundamental para el desarrollo del estado y para las familias morelenses. Tener una hija o un hijo en la universidad continúa siendo motivo de orgullo y una aspiración legítima para miles de hogares. Sin embargo, en años recientes se llegó a descalificar ese impulso de superación, afán de preparación y conocimiento con el término “aspiracionismo”. Más allá del debate político, esa visión ha servido para justificar recortes presupuestales a las universidades públicas del país, incluida la nuestra, debilitando la calidad educativa y restringiendo el acceso a la cultura. Cuando las instituciones que deberían abrir horizontes se debilitan, las consecuencias sociales terminan manifestándose tarde o temprano.
En medio de una crisis persistente de empleo calificado, algunos se preguntan si un título universitario garantiza todavía el ascenso económico y social que ofrecía hace algunas décadas. Pero esta discusión parte de un supuesto equivocado. Siempre será mejor estudiar que no hacerlo. La universidad no solo proporciona herramientas profesionales. También cumple una función más profunda: libera a los individuos de prejuicios y abre el camino al pensamiento crítico. El tiempo que pasamos en sus aulas representa una experiencia de libertad intelectual, una etapa de formación que rara vez vuelve a repetirse con la misma intensidad en la vida adulta.
Por eso la universidad es, ante todo, un bien común. Y como todo bien común, debe protegerse. Protegerla significa cuidar sus espacios, fortalecer su autonomía y, sobre todo, garantizar la seguridad y el bienestar de quienes le dan sentido: sus estudiantes. Son ellos quienes, en el futuro cercano, habrán de transformar la sociedad. Pero incluso hoy, desde las aulas, participan activamente en ese cambio.

Ninguno de nosotros puede comprender la dimensión de la tragedia de Kimberly y que hoy vive su familia. Ante este hecho, debemos demandar justicia plena y llamar urgentemente a fortalecer los lazos comunitarios con perspectiva de género. Hay que subrayar que invertir en la enseñanza, difundir la cultura y la investigación, son el único medio de hacer una universidad fuerte y segura, y por ende una sociedad igualitaria.

