
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar
Fernanda Isabel Lara Manríquez
La historia de la humanidad se encuentra definida por las migraciones, éstas siempre implican una búsqueda de territorios habitables y propensos para la construcción de una buena vida, así como para la satisfacción de las necesidades más básicas, es decir, alimentación, salud, vivienda y vestido. En las últimas décadas, las desigualdades e injusticias espaciales a nivel regional entre sur global y norte global (desigualdades que se han instaurado en la superestructura de las sociedades desde la expansión de los imperios y la invasión a los territorios desde el siglo XVI), han ocasionado una ola de migrantes, desplazados forzados y refugiados huyendo de los espacios que el norte global ha explotado para preservar un modelo de desarrollo que atenta contra la vida misma, perpetúa las desigualdades y concentra las riquezas en esos mismos países que afianzaron su dominio invadiendo, asesinando, despojando y negando la otredad.
En particular para los años cincuenta del siglo pasado en América del Sur, desde la teoría social latinoamericana desarrollista con narrativa de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), es decir, desde las tesis del desarrollo cuyo principal exponente fue Raúl Prebisch, se consideraba que el subdesarrollo de las naciones de la región era resultado de la inserción desigual en el comercio internacional centro-periferia, pero se pensaba que la industrialización le conseguiría de una vez por todas al Abya Yala su emancipación y autonomía económica.
No muchos años después, para las décadas de los sesenta a setenta del siglo pasado, una pandilla de flamantes teóricos sociales latinoamericanistas; entre ellos Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos, Enzo Faletto, Fernando Henrique Cardoso, y el alemán adoptado en la región, André Gunder Frank, discutían las teorías del desarrollo con la teoría de la dependencia. A grandes rasgos ésta afirma que el problema excede el ámbito comercial, es estructural, político e histórico, además que es propio del capitalismo mundial, “se requieren varios millones de pobres despojados de sus riquezas y de su fuerza de trabajo para que existan millonarios que aparezcan en la revista Forbes. O lo que es lo mismo, y dicho en términos teóricos, “el desarrollo del centro produce el subdesarrollo periférico” (entiéndase por centro aquellos espacios que a través de su imperialismo y colonialismo desde el siglo XVI hasta la actualidad han afianzado su dominio y hegemonía, lo demás, los espacios deprimidos, despojados y culturalmente diferenciados, es periferia).

Estas lecturas son obligadas para cualquiera con pretensiones de entender la geopolítica y la opresión que prevalece en la región. Y es precisamente desde aquellas perspectivas, que a su vez ayudan a sentar las bases teóricas decoloniales, que se puede comprender la complejidad de la crisis migratoria que estamos viviendo actualmente, pero que hemos visto desde mediados de siglo pasado ¿A qué se debe tantas olas migratorias desde sur del mundo al norte del mundo? Martín Iñiguez, alias “El Profesor”, otorga algunas respuestas a esta interrogante.

En su libro, La última resistencia. Santuario en los Ángeles, explica que en la actualidad hay cerca de once millones de personas indocumentadas en Estados Unidos que se encuentran en vulnerabilidad, de los cuales cuatro millones son mexicanos. Muchas de estas personas huyen de la violencia de sus países, de la guerra, de la miseria, del hambre y de las injusticias sociales ¿Cuáles son las causas de lo anterior? Los teóricos de la dependencia nos dirían que se debe, entre otras cuestiones, a que las élites locales de la región se articularon con intereses externos, lo que profundizó la dependencia.
Por su parte, en su tesis novelada, “El Profesor” insiste en las víctimas del hostigamiento, persecución y deportación que han vivido en carne propia el racismo y la xenofobia. Dicha investigación es una muestra de cómo las olas migratorias han sido ocasionadas por el imperialismo de las naciones del norte global provocando un desplazamiento forzado que inserta presión en la búsqueda de otros espacios para habitar. Martín Iñiguez da cuenta de la guerra de baja intensidad que en Centroamérica fue iniciada, refiere como “esto significaba preparar a militares latinoamericanos, sobre todo centroamericanos, como máquinas de matar, sin sentimientos, para reprimir a los movimientos opositores a los gobiernos locales y a los intereses estadounidenses, desde sacerdotes ligados a la teología de la liberación, pasando por sindicalistas, maestros, estudiantes, hasta la propia guerrilla. Nadie se salvaba, por eso el éxodo masivo de centroamericanos se dio en los ochenta”.

Así, alrededor de un millón de centroamericanos llegaron a EE. UU. en los ochenta. Para esos mismos años dicha nación había firmado ya el Acta de Refugiados, instrumento que emanó de la Convención de Ginebra de 1949 y pensada para la protección y defensa de quienes escapan de sus países para salvar sus vidas, en cuanto EE. UU. firmó el documento, se convirtió en letra muerta y las acciones discriminatorias y xenófobas desde el Estado se mantuvieron latentes. No obstante, el libro publicado por Iñiguez en octubre del 2025 muestra la solidaridad construida en diversos santuarios para migrantes en dicha nación, dando cuenta del surgimiento de estos espacios, muchas veces de bases católicas disidentes desde la teología de la liberación.
Resulta interesante también reflexionar a partir de la tesis novelada de “El Profesor” en torno a ese “85% de asilo político que hacían las personas cuyos gobiernos no simpatizaban con los Estados Unidos [y que] fueron aceptadas, como cubanos y nicaragüenses, entre otros. La gran contradicción: tenían que venir de un gobierno antagónico para que les dieran asilo, no importaba si tenían antecedentes criminales […]”
Y, regularmente esos regímenes antagónicos son una amenaza a ese estatus inamovible donde las relaciones entre naciones hegemónicas permiten sostener un sistema desigual de intercambio mundial. El recibir a sus refugiados se convierte en un arma para la construcción de un discurso “salvador” de esos regímenes de izquierda que “amenazan el orden mundial”. Pero se trata de un orden mundial que beneficia a una pequeña élite dependiente del territorio de los países del cono sur para continuar concentrando capital a costas de la violencia y el desplazamiento forzado que, a su vez, culmina en la necesidad de migrar a esos países que los han desplazado.
Uno de los mejores ejemplos de ello es la violencia generada en espacios como Ciudad Juárez donde la contratación de mano de obra barata para la maquila, principalmente de mujeres, fue una de las causas estructurales de los casi 2,600 feminicidios ocurridos ahí entre 1993 y 2023. Adicionalmente fue causa de migraciones, dejando pueblos y espacios medios fantasmagóricos bajo la ausencia de hombres y de hombres ausentes, dejando en mayor vulnerabilidad a las trabajadoras de las maquilas.
No obstante, el libro de Martín Iñiguez nos brinda un dejo de esperanza al recordar que en EE. UU. no sólo hay ICE (Servicio de Control e Inmigración de Aduanas), sino solidaridades que se expresan; entre otras formas, a través del movimiento santuario con sacerdotes como líderes de base social a partir de esa iglesia disidente desde la teología de la liberación. Y ahí sí, sin distinción de nacionalidades “las autoridades estadounidenses harían todo lo posible por obstaculizar el trabajo de los miembros del Movimiento Santuario, incluso hasta llevarlos a la cárcel”, señala “El Profesor”.
Cada que un mexicano o una mexicana es discriminado en Estados Unidos de América no podemos evitar pensar en la ironía que implica ser vistos como peste en nuestro propio territorio, en la tierra que nos fue despojada en manos de hombres con ambiciones y deseos propios por allá de mediados del siglo XIX. Ya muchos especialistas han señalado la importancia de los trabajadores migrantes -no sólo mexicanos- para la economía yanqui y lo que pasaría si ellos dejaran de trabajar un día, ¿por qué al ser una nación guiada por la persecución constante de la acumulación, la apariencia y lo líquido no se valora el trabajo migrante?
Nos queda entonces reflexionar en los riesgos que el modo de producción y hegemonía actuales perciben en la estructura cultural y los cambios que ella puede vivir a partir de las migraciones, mestizajes e hibridaciones culturales. No es sólo el orden mundial en cuanto al modo de producción que las naciones hegemónicas plantean proteger, sino el sistema cultural que las sostiene y que hace posible que sigan de pie.
Educación rebelde y contrahegemónica que interpele y cuestione el orden establecido, así como una colectividad fortalecida son el binomio cuadrado perfecto si se quiere revertir esa desigualdad; conciencia de clase y acción colectiva, comunidad. El próximo jueves 12 de marzo en el auditorio de la Sede Plaza del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora en Ciudad de México, estaremos acompañando en esta discusión y presentación de libro al autor Martín Iñíguez.

