
Una marcha universitaria y otra no tanto…
Los edificios de la rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y el Palacio de Gobierno fueron severamente dañados por una ira juvenil que, embozada, rompió cristales, realizó pintas, lanzó papeles encendidos, en búsqueda de un culpable por la desaparición de la joven estudiante Kimberly Joselin. Gritaban justicia, pero lo que buscaban era venganza, “no quién se las debe, sino quién se las va a pagar”. Porque el mal se manifiesta con toda su contundencia, pero quienes lo cometen suelen ir ocultos, así que los activismos en estos casos suelen dirigirse a las personas equivocadas.
La marcha condoliente
Hubo dos marchas, la primera pacífica, condoliente, entristecida por el crimen contra una compañera, contra una parte de la comunidad que representa al todo. La comunidad universitaria, alumnos, docentes, administrativos y autoridades, caminaron hasta la Plaza de Armas de Cuernavaca y rindieron los honores a la desaparecida.
Ese grupo inicial sintió la impotencia, el vacío que deja la delincuencia en cada una de sus víctimas. Exigió castigo a los responsables del crimen, también mayor seguridad y empezó incluso desde antes de su caminata a trabajar para devolverle algo de paz a la universidad. Eran cientos, o miles, pero el número se vuelve irrelevante en términos de legitimidad.
Exhibieron un dolor que lograron compartir con quienes observaban, con quienes han acompañado el caso desde hace diez días que son demasiado largos en estas circunstancias.

La violenta marcha
Luego llegaron los otros, entre quienes estaban los que hicieron destrozos el lunes en la Torre de Rectoría y la mantienen “tomada” exigiendo un diálogo al que no parecen estar tan dispuestos. Las consignas ya no eran de justicia sino de venganza y de una imposible restitución (imposible porque en la vida de las víctimas directas e indirectas del crimen nada vuelve a ser igual). Los clamores por la destitución de autoridades universitarias, y mucho más la barbarie que intentaron sembrar a su paso, pintaron sus intenciones por completo.
Cierto que muchos de los estudiantes que participaron en esa movilización tenían buenas intenciones y utilizaron la segunda marcha como vehículo para un mensaje elemental: “que alguien nos cuide”; pero su clamor se perdió entre las demandas gritadas por el enojo y los deseos de añejas venganzas. Se aprovechó la indignación para colocar una agenda política de grupos que transitan del cálculo de poder a la misoginia.
Como la Rectoría de la UAEM y el Ejecutivo morelense son tolerantes y proclives al diálogo, toleraron las afrentas, a lo mejor recordando aquello de que “son solo edificios” los que se han dañado. Pero los radicales del movimiento no buscan diálogo sino ruptura, “ver al mundo arder” y eso en nada ayuda.
Son, los grupos radicales, siempre vectores de los intereses políticos de alguien más, ya sea porque los financian o porque encuentran en ellos un ariete para vehicular sus intereses tanto dentro como fuera de las instituciones, en este caso, la UAEM.
Reaccionar con la cabeza fría
Ni el Ejecutivo ni la Rectoría han caído en las provocaciones.
El lunes, la rectoría determinó desalojar el Campus y permitir las protestas de los radicales. Determinó aplazar el diálogo con los grupos hasta que hubiera las condiciones para hacerlo (a este paso puede tardar mucho tiempo). El martes la rectora Viridiana Aydeé León Hernández le recordó a la comunidad que en la UAEM “no hay espacio para la división, hay espacio para la libre manifestación de las ideas… para el debate, para el disenso. Hay espacio para construir”.
El secretario de Gobierno de Morelos aseguró que se respeta la manifestación pacífica (aunque parece que su concepto de pacífico es mucho más amplio que el de la mayoría), y aseguró que (aunque por motivos de seguridad se evacuó a parte del personal que trabaja en Palacio de Gobierno), el funcionariado estuvo ahí y escuchó a los universitarios.
Javier García Chávez, el jefe de la oficina de la Gubernatura, aseguró que los daños provocados por los manifestantes fueron mínimos. “Aquí estuvimos todo el tiempo mostrando disposición para dialogar… no nos escondemos, estamos dando la cara… Estamos generando los puentes de comunicación con los grupos que están en la Universidad… Estamos dando la cara porque no nos sentimos culpables de absolutamente nada”.
Ni la universidad ni el gobierno de Morelos, en efecto, son culpables de la desaparición de Kimberly Joselin. Los reclamos de la comunidad universitaria son añejos y se han catalizado con el crimen, pero la violencia en cualquiera de sus formas sigue siendo reprobable y para nada representa a la comunidad universitaria, de ahí los necesarios deslindes, los llamados a la paz y a construir a partir de lo que se tiene.
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