¿Therian, un clamor ante el vacío de sentido? 

En México y en otras partes del mundo, principalmente hispanohablante, algunos jóvenes se identifican emocional o espiritualmente con animales y se reconocen bajo la etiqueta de therians. En esta reflexión intento identificar las posibles raíces de este fenómeno más allá de un “disfraz” o capricho pasajero.  

El término therian proviene de la palabra therianthropy, una idea con raíces culturales griegas que alude a la mezcla simbólica entre humano y animal. Este concepto es adoptado por jóvenes que sienten una conexión interna con un animal, como su teriotipo, y actúan caminando en cuatro patas, portando colas y máscaras inspiradas en ese animal. Este impulso identitario es un gesto simbólico en una sociedad en la que adolescentes y jóvenes se sienten desarraigados.  

El therian, asume un patrón entre la generación que creció con un ruido constante de información, estímulos y presiones digitales. Las redes sociales tienen algoritmos diseñados para captar y retener atención, por lo que se relega la cultura popular con sus símbolos y valores. Esto da como resultado que prácticas antes marginales lleguen rápidamente a audiencias masivas.  

¿Por qué ciertos jóvenes abrazan identidades como esta? Si observamos desde una condición cultural que todos compartimos, reconocemos que vivimos saturados de ruido y carentes de sentido. Pasamos horas conectados a las redes, aunque desconectados de una comprensión profunda de quiénes somos o para qué estamos aquí.  

Las redes sociales alimentan estímulos rápidos como memes, modas, narrativas virales, likes que erosionan las fuentes tradicionales de sentido, como lo son la comunidad real, los proyectos de vida duraderos, los rituales compartidos y los vínculos humanos. En ese vacío existencial, cualquier narrativa viralizada cobra fuerza. 

Esta búsqueda de identidad responde a una necesidad profunda de pertenencia y significado. En movimientos juveniles anteriores, el sentido podía encontrarse en la música o en causas colectivas. En los años setenta, por ejemplo, el fenómeno de los Beatles marcó a toda una generación que se identificó con su música, su estética y el cabello semilargo; muchos jóvenes se cohesionaron en torno al movimiento contra la guerra de Vietnam o la lucha por los derechos civiles. Hoy, esa búsqueda de identidad se expresa en identidades performativas, llamativas y virales. 

Hoy, las redes sociales funcionan como amplificadores de emociones intensas: curiosidad, rechazo, asombro. Los algoritmos premian lo extraño y lo dramático, y en esa lógica, fenómenos como el de los therians, aunque minoritarios en escala real, se convierten en eventos virales. 

Esto, a su vez, genera reacciones encontradas: desde burlas y estigmatización hasta propuestas serias para proteger a estas personas de acoso escolar y social, como ha ocurrido en el Congreso de Nuevo León. La polarización es inevitable; unos ven en ello una broma o un abuso de la tecnología, otros una expresión legítima de identidad. 

El punto esencial de esta reflexión es que la aparición de estos fenómenos tiene que ver con el anhelo humano universal de pertenecer, de ser vistos, escuchados y de encontrar un lugar, incluso simbólico, en el mundo. En un contexto donde el hiperconsumo mediático entumece la reflexión, donde la violencia reemplaza al diálogo comunitario, los jóvenes buscan llenar su vacío de sentido y significado en respuestas cómodas como el fenómeno therian.  

Más que ridiculizar o patologizar, se requiere una conversación social madura sobre lo que estos movimientos nos están diciendo como sociedad. Porque detrás de cada máscara, cada gesto animal, hay una voz tratando de decir: “Existo, y necesito algo que dé sentido a mi existencia. ¿Usted qué piensa? 

José Antonio Gómez Espinoza