
Iván Illich. De la expectativa en los profesionales a la recuperación de la esperanza
Vivimos en una época saturada de expectativas en las habilidades de los profesionales universitarios —que dizque saben lo que hacen— y desafortunadamente, cada vez más empobrecida de esperanza en los corazones de la gente sencilla. La expectativa es hoy un producto administrado por profesionales: expectativa de crecimiento, de salud, de educación, de salvación tecnológica, de inclusión gestionada. Expectativa de libertad controlada por profesionales bien escolarizados. La esperanza, en cambio, ha sido expulsada del horizonte político y filosófico por considerarla moralina ingenua, premoderna o irracional. Este artículo propone una postura inspirada en el capítulo final de La Sociedad desescolarizada de Iván Illich titulado: “Renacimiento del hombre epimetéico”, para invitarnos a explorar un tránsito necesario y pasar de la expectativa: pasiva, calculada, dependiente, a la recuperación de la esperanza como virtud política, moral y comunitaria.
1. La expectativa como dispositivo de control.
La expectativa moderna no es una actitud inocente, es un mecanismo de gobierno. Se espera del sistema lo que el sistema promete: más educación, más salud, más tecnología, más seguridad. Esta expectativa produce obediencia, aplazamiento y resignación. El sujeto espera, mientras delega su capacidad de acción. En este sentido, la expectativa es profundamente compatible con el capitalismo industrial ecocida de nuestros tiempos modernos, al mantener bajo control a las personas orientadas hacia un futuro administrado por expertos de instituciones profesionales, por universitarios obedientes.
2. La contraproductividad de las promesas.
Siguiendo a Illich las instituciones modernas se vuelven por si mismas contraproductivas cuando superan ciertos umbrales. Las expectativas en ellas depositadas no sólo fracasan, sino que producen lo contrario de lo prometido: más educación genera ignorancia certificada; más medicina enfermedades iatrogénicas; más desarrollo económico es más pobreza modernizada. La expectativa, al no cumplirse, no se transforma en crítica constructiva, sino en frustración cíclica y creciente.

3. Esperanza y desobediencia.
La esperanza auténtica no nace de la promesa institucional, sino del acto de desobediencia creadora. Desde la tradición del humanismo radical, la esperanza emerge cuando el ser humano asume su condición de sistema abierto, perfectible e inacabado. No espera que el mundo cambie por decreto, actúa para hacerlo habitable: justo, pacífico, igualitario. En este sentido la esperanza es inseparable de la libertad y autonomía, pero también del riesgo.
4. Recuperar la escala humana
La esperanza sólo puede habitar en escalas humanas. No se deposita en megaproyectos, algoritmos de inteligencia artificial o planes sexenales, sino en comunidades concretas, prácticas vernáculas, vínculos de reciprocidad. Illich nos recuerda que la convivialidad, no es una vuelta ingenua al pasado, ni un ideal romántico e irrealizable, sino una condición material para la esperanza. Sin control comunitario de las herramientas, la esperanza se evapora.
5. Tiempo, esperanza y mesianismo laico
La modernidad convirtió el tiempo en cronograma controlador y la espera en ansiedad productiva. Frente a ello, el humanismo radical recupera una noción mesiánica laica: no un fin de la historia, sino interrupciones en contra del orden injusto. La esperanza no es expectativa de futuro, sino presencia activa en el ahora, como el “ocio”: un tiempo sustraído a la lógica de la producción.
6. Esperanza contra progreso
Mientras el progreso promete salvación acumulativa, la esperanza se funda en límites. Reconocer límites —energéticos, ecológicos, técnicos— no es pesimismo, sino condición de posibilidad para una vida buena en comunidad. La esperanza crítica sabe que no todo lo técnicamente posible es humanamente deseable.
7. Educación de la esperanza
No se trata de escolarizar la esperanza, sino de desescolarizar la imaginación. Educar para la esperanza implica desmontar la fe en las certificaciones, recuperar el aprendizaje situado y reapropiarnos del saber como práctica compartida entre semejantes. La esperanza se aprende viviendo amorosamente, no aprobando exámenes de obediencia.
8. Política sin ilusión, pero con esperanza
La política contemporánea oscila entre el cinismo y la ilusión. La esperanza crítica rechaza ambos extremos. No promete para gobernar ni gobierna para administrar expectativas. Se expresa en prácticas de cuidado, justicia distributiva y cotidiana, y sobre todo, en resistencia activa y no violenta. Es una política modesta en medios, pero radical en fines.
Conclusión y exhorto
Pasar de la expectativa a la esperanza es un gesto político profundamente subversivo. Significa abandonar la dependencia del sistema sin caer en la pasividad o el nihilismo absurdo. La esperanza, entendida desde la óptica del humanismo radical, no es optimismo obtuso, ni fe ciega en el progreso: es una forma de lucidez activa. En tiempos de colapso ecológico, dominación tecnológica y desencanto político, recuperar la esperanza no es un lujo moral, sino una necesidad histórica para volver a hacer el mundo habitable: justo, pacífico e igualitario.


