
Anatomía de un Narcoestado
Shylock no pedía dinero. Pedía una libra de carne humana, cortada del cuerpo del deudor, del lado más cercano al corazón. Shylock es el personaje central de El mercader de Venecia, la obra que Shakespeare escribió hace quinientos años sobre deuda, poder y lo que le ocurre a una sociedad cuando el sistema deja de tener humanidad y empieza a tener solo intereses. La mayoría la lee como tarea de secundaria y la olvida al día siguiente. Yo no puedo olvidarla porque cada vez que abro las noticias de México, Shylock sigue ahí.
Porque en México no hace falta deber nada para que te cobren. Basta con estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, o con negarse a pagar la cuota al cártel de turno. El crimen organizado aprendió hace décadas que matar sale barato y que el Estado, en la mayoría de los casos, no va a cobrar la factura. Más de 100,000 personas desaparecidas en lo que va del siglo. Más de 30,000 homicidios registrados solo en 2023. Cifras que deberían paralizarnos y sin embargo ya casi no interrumpen el café de la mañana. Las leemos, asentimos, seguimos “scrolleando”. El contrato de carne sigue vigente.
El narco nació en el vacío que dejó un Estado que le prometió a millones de personas que «echarle ganas» bastaría. No bastó. Nunca ha bastado para demasiada gente. Y cuando el sistema formal falla de forma sistemática, el sistema informal no llega como amenaza sino como respuesta a la falta de educación, de oportunidades y de trabajo. El crimen organizado no compite con el Estado. Ocupa el espacio que el Estado abandonó. Y llega con la promesa de que, si entras, hay un lugar para ti y un sueldo para llegar a fin de mes. Eso no lo justifica. Pero sí lo explica. Y atacar el problema sin entender sus raíces es como tomar ibuprofeno para un tumor.
Y de ahí nació un negocio que hoy mueve entre treinta y cuarenta mil millones de dólares al año, más que el presupuesto federal completo destinado a educación pública en el país. Es flujo real que entra, circula y se reinvierte en edificios, fraccionamientos y desarrollos inmobiliarios con precios que no cuadran con ninguna lógica de mercado formal. El dinero sucio no desaparece. Le ponen Suavitel, sale oliendo a primavera y pide que le llamen inversión inmobiliaria. Y para eso necesita toda una cadena de gente dispuesta a no hacer preguntas: contadores, notarios, desarrolladores y bancos que miren lo justo. No es magia, es lavado puro y duro. Y funciona porque el gobierno, en lugar de impedirlo, le abre la puerta y cobra su debida comisión.
Mucha gente dice que no es parte del problema porque no consume droga. Puede que tengan razón en esa parte. Pero el negocio hace mucho que dejó de depender solo de lo que se mete por la nariz, fumas o te pinchas en vena. Por ejemplo, en Michoacán, los productores de aguacate pagan cuota para trabajar su propia tierra como si fuera un impuesto más, calculado junto al fertilizante y al agua. Ese costo llega al súper, tú lo compras, lo machacas con limón y todos tan contentos. El sistema no se rompe. Se adapta. Y nosotros nos convertimos en parte de la cadena sin haber firmado nada, solo por haber comprado aguacate porque no concebimos la vida sin guacamole.

Pero no nos engañemos pensando que esto es un problema de clases bajas. Por ejemplo, en San Pedro Garza García, el municipio con el ingreso per cápita más alto de México, el metro cuadrado compite con Ginebra y los apellidos abren más puertas que cualquier título universitario. Las plazas y los puestos políticos se heredan como la vajilla de la abuela y el origen del capital no es tema de sobremesa porque todos en la mesa saben que hay preguntas que no se hacen. La Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) ha señalado al sector inmobiliario del noreste como uno de los de mayor riesgo de lavado de activos del país. Nadie se inmutó. El brunch sampetrino del sábado siguió igual. Porque la diferencia entre el mindunguis que cobra cuota en una carretera de Michoacán y el que cobra comisión en una licitación en San Pedro no es moral. Es de código postal. Uno no termino la primaria y el otro manda sus hijos a Harvard. Pero los dos están cobrando su libra de carne. Y los dos saben perfectamente lo que están haciendo.
El narcoestado mexicano no es un accidente. Es una arquitectura de décadas y el gobierno actual está metido hasta las manitas en su mantenimiento y expansión. Lo más preocupante es que México probablemente no pueda permitirse curar esto de golpe, porque el dinero ilícito está tan integrado en la economía formal que extraerlo sin un plan de sustitución real podría colapsar sectores enteros. Se necesita un plan serio, valiente y quirúrgico. El problema es que la actual presidenta no quiere ejecutarlo, no tiene la capacidad para ejecutarlo, o ambas cosas a la vez. Y mientras eso no cambie, el diagnóstico seguirá siendo el mismo, aunque le cambiemos el nombre al partido que gobierna.
Los tentáculos nos tienen agarrados a todos. Y lo que más duele no es el monstruo. Es que aprendimos a sentarnos a su lado en la mesa, a pasarle la sal sin hacer preguntas, a seguir con el día como si nada.
Mientras México siga siendo un narcoestado, el contrato sigue vigente. Y Shylock, en algún lugar, sigue afilando el cuchillo.


