Estado de la IA  

En 1995 Jeremy Rifkin publicó El fin del trabajo, que vino a agriar el optimismo de ese entonces por el avance de las nuevas tecnologías. Rifkin sostenía que la automatización avanzada, la computación y la globalización iban a mermar de manera significativa la necesidad de mano de obra humana, provocando un desempleo estructural masivo. Él apuntaba que el capitalismo había entrado a una era posmercado, en donde la productividad no requería de trabajadores tradicionales; al mismo tiempo, la propiedad de bienes físicos perdía peso en favor del acceso: servicios, experiencias y redes. Para Rifkin había un claro desplazamiento tecnológico, donde la tecnología de la información y la inteligencia artificial (IA) reemplazaban empleos en sectores como agricultura, industria y servicios, pero sin que se viera en el horizonte la aparición de nuevos sectores capaces de absorber toda la mano de obra desempleada. Derivado de esta situación, vaticinaba una fuerte polarización social, una división extrema entre una élite tecnócrata y una creciente masa de trabajadores marginados. Lo curioso es que Rifkin creía que los empleos calificados estaban a salvo de la automatización. 

A la luz de lo que hoy sucede con la IA generativa, esa mirada de Rifkin sobre el futuro del empleo era optimista, porque pensar que los empleos calificados —los que requieren educación superior, cognitividad compleja, creatividad o habilidades interpersonales— están protegidos es ingenuo. Sin embargo, los pronósticos de Rifkin son parte de una constante a lo largo de la historia moderna. El movimiento ludista (siglo XIX), fue la primera advertencia del temor colectivo al desempleo generado por las nuevas tecnologías; luego Marx, el original, señaló en El Capital que la sustitución tecnológica recalaba en la aparición del denominado «ejército industrial de reserva» que devenía permanente y producto de la innovación y sustitución tecnológica. Pero fue Norbert Wiener, uno de los padres de la cibernética, quien advirtió con certeza en la Triple revolución (1964) que con la aparición de las máquinas inteligentes los humanos serían desplazados de sus trabajos, y eso no solo alcanzaría a empleos manuales, sino también a los que requerían «alto esfuerzo intelectual» y, por tal motivo, las tareas cognitivas especializadas no eran garantía de empleo. 

Pero lo que Rifkin dijo, ahora lo desmiente el «AI Safety Report 2026», dado a conocer recientemente y que evalúa los riesgos de la IA avanzada, que gracias a la IA generativa tiene efectos enormes en el campo laboral. El estudio de marras en el cual participan un amplio sector de universidades, investigadores, premios nobel e instituciones, acopia múltiples estudios, pruebas de campo y análisis técnicos, para advertir de la situación que prevalece con la IA y lo laboral en la actualidad. 

El reporte identifica sectores profesionales concretos donde la IA ya iguala o supera al rendimiento humano en tareas específicas. Destaquemos algunos casos: en el campo médico, varias IA pueden analizar escenarios clínicos y conducir conversaciones de diagnóstico para ofrecer diagnósticos posibles, y en entornos simulados su precisión puede superar a la de médicos humanos, pero también se indica que no son cien por ciento confiables, por lo que son herramientas de apoyo. Pero para tener una idea del avance de la IA, el mismo diseño de software ya no depende exclusivamente de humanos; los asistentes de programación con IA están ampliamente adoptados, y los programadores cumplen en la actualidad hasta el 30% de sus tareas con la IA. En el campo editorial, las tareas de editor han sido sustituidas por IA, y en el periodismo las áreas de traducción, e incluso de edición, han sido reemplazadas por sistemas de IA. Lo importante, dice el reporte, es que no todo el sector es afectado, pero sí áreas específicas.  

No obstante, lo que no deja de ser paradójico es que la misma IA se devora a la misma programación. Anteriormente, se referían que la llegada de la computación avanzada demandaría una alta cantidad de programadores, pero los que están prácticamente por ser borrados son los programadores de nivel básico, aunque los que saben trabajar con IA son los todavía demandados. La mejora rápida de la IA en razonamiento y ejecución autónoma de tareas tiene implicaciones para los programadores, aunque el reducido sector de profesionales en programación equipados con una formación de matemáticas superiores o de alto nivel tiene asegurado el empleo, lo que apunta a brechas más pronunciadas en este sector profesional.   

El informe advierte que a medida que la IA invade tareas cognitivas anteriormente reservadas al intelecto humano, las economías del mundo se preparan para una disrupción significativa. Aproximadamente el 60% de los empleos en economías avanzadas y el 40% en economías emergentes están expuestas a la influencia de la IA, con la tecnología preparada, como ya referimos, lista para automatizar tareas cognitivas rutinarias como la redacción, la traducción y la programación. El informe cita evidencia empírica de la era posterior a ChatGPT, donde plataformas freelance registraron una caída del 2% en empleos de escritura y una disminución del 5,2% en los ingresos de los escritores. En ingeniería de software, las proyecciones indican que la IA podría completar tareas de varias horas para 2027 y de varios días para 2030, eso si las tendencias actuales se mantienen. De esa manera, la IA sustituye al trabajo humano en campos intensivos en conocimiento, alterando fundamentalmente el valor de habilidades que han respaldado carreras profesionales durante décadas. 

La cuestión es que, si bien la IA se torna en un potencial factor de desplazamiento laboral, lo cierto es que la adopción desigual de la IA agrava las desigualdades globales, generando una brecha entre ganadores y perdedores en la era digital. Las tasas de adopción varían drásticamente: superiores al 50% en naciones tecnológicamente avanzadas como Emiratos Árabes Unidos y Singapur, pero inferiores al 10% en muchas economías de bajos ingresos. Esta disparidad corre el riesgo de ampliar las brechas económicas, al desplazar ingresos hacia los propietarios de capital y beneficiar desproporcionadamente a países de altos ingresos. Aunque el informe ofrece algo de optimismo al indicar que, aunque la IA acelera la obsolescencia de habilidades, también genera nuevas demandas. Por ejemplo, el auge de herramientas de IA ha incrementado la necesidad de curadores de datos y supervisores éticos, roles que combinan juicio humano con eficiencia de las máquinas. No obstante, el informe advierte que sin intervención gubernamental (de políticas públicas), la transición podría ser dolorosa, marcada por desempleo prolongado y disturbios sociales. 

En cuanto a las políticas, el informe —aunque evita proponer medidas explícitas— ofrece una hoja de ruta para que los gobiernos mitiguen estos riesgos. Enfatiza en estrategias de adaptación, aboga por un monitoreo robusto de los efectos laborales de la IA mediante referencias precisas y recopilación de datos posteriores al despliegue de la IA en el empleo, salarios y habilidades. Esta compilación de evidencia es esencial para pronósticos precisos e intervenciones oportunas, permitiendo a los formuladores de políticas anticipar cambios sectoriales en lugar de reaccionar ante crisis. 

En todo caso, y siguiendo más el vaticinio de Wiener que el de Rifkin, lo que se puede resumir de informe de marras que nos ocupa, si bien no desaparecerán todos los oficios, sí  se esfumará la estabilidad. Algoritmos, robótica e IA, significan que ya no solo el humano compite con una interfaz que dialoga y escribe, sino que las máquinas operan en fábricas, en el transporte, la medicina, la educación o servicios, desplazando el trabajo humano. Esto desemboca, por lógica, en desigualdad, ya que cuando el capital sustituye al trabajo, el valor se concentra y se distribuyen migajas. La mayor parte de los beneficios van a manos de quien posee los sistemas o plataformas, por eso a estas alturas la pregunta a hacerse no es qué trabajos desaparecen, sino quién son o serán las propietarias de la IA y las máquinas. 

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Antulio Sánchez